2/5/22

FEAR AND LOATHING IN BEIJING - PARTE 3

Aquí nos encontramos hoy: en el inicio de esta batalla entre democracias y autocracias que definirá lo que resta de este siglo. ¿Quién saldrá victoriosa? 


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

En las dos primeras partes de esta trilogía establecimos un par de asuntos: 1) Que estamos viendo surgir un nuevo orden internacional, basado -como todos los anteriores- en el miedo. 2) Que si en la segunda mitad del Siglo XX el enemigo común del liberalismo fue la Unión Soviética, ahora será China; 3) Que éste no será un orden basado en el neoliberalismo económico, pues éste fortalece a los proyectos expansionistas de Beijing; 4) Que algunas viejas alianzas (OTAN) deberán complementarse con nuevos arreglos comerciales y militares (QUAD, AUKUS) que deberán poner énfasis en los derechos humanos, los derechos laborales y los derechos ecológicos. 5) Que la batalla entre las autocracias y las democracias será el conflicto que definirá al Siglo XXI.

Mi texto anterior terminó con un mensaje ominoso: más allá de que estas alianzas pudieran fracasar por tensiones o contradicciones internas, quizá el mayor peligro es que China también tiene amigos, y podría crear su propio orden global dominado por autocracias y gobiernos antiliberales.

Y esto tiene lógica: ante un nuevo orden liderado por Estados Unidos, Beijing querrá aliarse con regímenes afines y crear un orden contrario. Parte de esta temática es explorada a profundidad por la periodista Anne Applebaum en The Atlantic (“The Bad Guys Are Winning”), donde apunta que las dictaduras de hoy -a diferencia de épocas anteriores- parecen haber formado una especie de “club” para apoyarse y beneficiarse mutuamente.

De acuerdo con Applebaum, la ideología de estas dictaduras es lo menos importante, ya que uno encuentra en esta asociación a comunistas, nacionalistas e incluso teocracias. En principio, los integrantes de esta mafia autoritaria buscan aumentar su poder y la riqueza personal de sus líderes. Esto sucede de varias maneras: las empresas corruptas de un país hacen negocios con las de otro tirano; la policía de un país entrena y equipa a los cuerpos policiacos de su compadre. Las agencias de propaganda comparten estrategias y recursos (granjas de trolls, etcétera) para promover a otro régimen. Y cuando Estados Unidos o la Unión Europea salen a imponerles sanciones, estos países saltan al rescate del imputado para limitar los efectos de este boicot.

Un ejemplo reciente de este comportamiento mafioso ocurrió con Bielorrusia, quien tras su elección fraudulenta de 2020 se convirtió en paria internacional. Rápidamente llegó el aislamiento económico y las sanciones por parte de gringos y europeos. Sin embargo, el tirano Alexander Lukashenko fue cobijado por sus amigos autoritarios; y tanto Rusia como China, Cuba e Irán llegaron a salvarlo. 



Lo mismo sucede ahora con Vladimir Putin, quien acorralado por Occidente ha logrado mantener una línea de crédito abierta con China y ha recibido el apoyo de los gobiernos antes mencionados más otros como Venezuela y Nicaragua.

Applebaum indica que actualmente esta mafia de tiranos funciona como una organización suelta, sin verdadera cohesión formal y sin tener a un líder que funcione como capo di tutti capi. 

Sin embargo, considero que la debacle de Rusia en Ucrania, sumado al poderío económico y militar limitado de estos países hampones, colocarían al régimen de Beijing como líder natural e indiscutible de esta mafia autocrática. De suceder esto, la posibilidad de impulsar un “orden autoritario” formalizado -con tratados y acuerdos de asistencia y protección mutua- no sería descabellado.

Para evitar este futuro sombrío, la primera prioridad del naciente orden internacional será evitar a toda costa una unión entre Rusia y China, las dos autocracias con poderío nuclear más fuertes del mundo, muy al estilo de lo realizado por Nixon y Kissinger en 1972. De no lograrlo, esta unión sería la piedra angular de un bloque neoautoritario que girará en torno a Beijing. 

Aquí nos encontramos hoy: en el inicio de esta batalla entre democracias y autocracias que definirá lo que resta de este siglo. ¿Quién saldrá victoriosa? 

Ahora sí… ¡Hagan sus apuestas, señores!