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31/1/22

MANUAL PARA EMIRATIZAR A MÉXICO

¿Están dispuestos a vender su democracia en una apuesta por el desarrollo? ¿Suena tentador?


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

En mi columna anterior les conté sobre mi reciente viaje a los Emiratos Árabes Unidos (EAU) para comparar el enorme éxito que han tenido en los últimos 50 años contra los fracasos de México. 

Para los despistados, una breve recapitulación: mientras aquí despilfarramos la bonanza petrolera, quebramos al país varias veces y ahora estamos hundidos en violencia, pobreza y la polémica por un mentado tren; los Emiratos aprovecharon su petróleo para crear uno de los países más prósperos del mundo, con uno de los mayores PIB per cápita y donde ahora se preocupan por conquistar el espacio exterior.

Quizá más impresionante es que en 1971 México era ya un país moderno, urbanizado y con incontables recursos naturales (incluyendo petróleo), mientras que los EAU eran una colección de reinos sobreviviendo al calor y a las inclementes dunas de arena. 

Ahora la pregunta del millón: ¿Queremos “emiratizar” a México? Si esa es nuestra intención, entonces les dejo este pequeño manual:


1. A la fregada la democracia. En primer lugar, olvídense de votar y de elegir a sus gobernantes. En los EAU todo el poder lo ostentan una colección de familias y ellas son dueñas de prácticamente todo. ¿Partidos políticos? ¡Olvídenlo! ¿Organizaciones de la sociedad civil? ¡Ni soñando! En los Emiratos hay un patrón y todos se cuadran. 

2. Cero prensa independiente. Ya que nos deshicimos de las engorrosas elecciones, tampoco esperen criticar públicamente al régimen. En los Emiratos la prensa está controlada y todas las voces disidentes reciben uno de los tres “ierros” de Gonzalo N. Santos: encierro, destierro o entierro.

3. Eliminemos impuestos. No crean que todo es turbio. Un aspecto fascinante de los EAU es que no existe el ISR ni otros de los impuestos fastidiosos de México. El gobierno también extiende excepciones fiscales a las empresas que se instalan en su territorio durante los primeros años de operación. ¿Pero si nadie paga impuestos, de dónde sacan lana?
 
4. Gobierno empresario. ¡Ah! Pues como ya se mencionó, en los EAU los emires son los patrones del changarro. Esto significa que en todas las áreas de la economía vemos al gobierno involucrado. Por poner un ejemplo, fue a través de una constructora público-privada que se construyeron las maravillas arquitectónicas de Dubai. Y claro, no olvidemos el control del gobierno en la industria petrolera. 

5. Ciudadanos VIP. A diferencia de México la ciudadanía emiratí sólo se otorga bajo el modelo de jus sanguinis; o sea… nadie es ciudadano si no tiene padres originarios de los Emiratos. ¿Qué significa esto? Que de los 10 millones de habitantes en los EAU, sólo el 1 de cada 10 es ciudadano con todos los derechos. ¿Y el resto de la banda? Ellos son considerados simples trabajadores invitados. ¡Pero ojo! Ser ciudadano emiratí significa recibir onerosos apoyos del gobierno, subsidios para tu familia, y otras regalías. O sea, hay que separar a la población entre los VIP y la perrada. 

¿Qué les parece? ¿Están dispuestos a vender su democracia en una apuesta por el desarrollo? ¿Suena tentador?

¡Pues aguas con esos cantos de sirena! Primero porque aquí en México la historia nos demuestra que autoritarismo no significa progreso (feliz centenario, Don Luis Echeverría). Y porque aún cuando la tentación autocrática se perciba como respuesta para nuestros problemas, este modelo significa ceder gran parte de nuestras libertades políticas, cívicas y sociales, las cuales deben considerarse como algo verdaderamente invaluable.

Al final, quizás no tengamos los lujos ni excesos de los Emiratos, pero por lo menos podemos quejarnos de todo eso en público (y en estas páginas) sin recibir alguno de los mencionados “ierros” de Gonzalo N. Santos.

Y como dice aquel comercial: eso no tiene precio.

17/1/22

MOEMNA: MOVIMIENTO DE EMIRATIZACIÓN NACIONAL

¿Qué demonios sucedió? ¿Cómo fue posible que en sólo cinco décadas los Emiratos pasarán de ser pescadores de perlas a lanzar misiones espaciales? 


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Comienzo este 2022 con una absoluta certeza: nuestro país nomás no tiene remedio. Les comento esto porque hace un par de semanas anduve de visita en los mismísimos Emiratos Árabes Unidos (EAU). Y ahora vuelvo a México con esta resignación absoluta. Somos unos taqueros y los emiratíes nos están comiendo el mandado. Les explico…

Mi viaje coincidió con el 50° aniversario de la fundación de los EAU. ¿Recuerdan dónde estaba México en 1970? ¡Oh sí! Éramos un país en ascenso tras dos décadas del  “Desarrollo Estabilizador”; teníamos una clase media urbanizada y una economía industrializada y diversificada. Fuimos anfitriones de los Juegos Olímpicos de 1968 y de la Copa del Mundo de 1970. Sin lugar a dudas, México era ya un país avanzado y en camino hacia el desarrollo.

¿Y los Emiratos? En 1970 los EAU ni siquiera existían. Eran una colección de reinos independientes en medio de un desierto que venían saliendo de un protectorado británico. Su economía era paupérrima, apenas una colección de pueblos regados entre las dunas que dependían de la pesca y la perlicultura (venta de perlas, para los despistados). La industria petrolera sí existía, pero apenas pintaba en su economía. Nótese que fue en 1962 cuando Abu Dhabi (la futura capital de los EUA) exportó su primer barril de petróleo; y Dubai, hoy el segundo emirato más rico, lo hizo hasta 1969.

Así que aquí está nuestro punto de partida: dos países con petróleo a inicios de 1970, pero uno que ya es nación industrializada con incontables recursos naturales contra una bola de reinos miserables y arcaicos en las arenas del Golfo Pérsico. Vamos a dar fast-forward:



En los siguientes 50 años, México vive su mayor boom petrolero, fracasa en “administrar la abundancia”, despilfarra su fortuna, endeuda y quiebra al país, tiene una década perdida, comienza a liberalizar su economía, quiebra al país otra vez en 1994, tiene un crecimiento económico mediocre durante 20 años. El petróleo se nos empieza a acabar. El crimen organizado y la violencia se expanden y son ahora generalizados con más de 30,000 homicidios al año. Hoy México ocupa  a nivel global el lugar 70 en PIB per cápita, la población paga una tercera parte de sus ingresos al gobierno en impuestos y la pobreza se mantiene por encima del 50 por ciento. Hoy nuestra principal preocupación es un aeropuerto regional, una refinería y una consulta sobre la revocación de mandato.

¿Y los Emiratos? En los siguientes 50 años, los EAU utilizaron su riqueza petrolera para financiar proyectos clave para el desarrollo. Realizan una campaña de diversificación para proteger a su economía contra el impredecible mercado petrolero. Ponen énfasis en el comercio y el turismo. Lograr un crecimiento promedio del 13.2% al año. Sus ciudadanos no pagan impuestos y el gobierno garantiza empleo, subsidios y ayuda económica para todos los emiratíes. Hoy los EAU tienen uno de los 10 mayores PIB per cápita en el mundo y debaten sobre sus siguientes misiones espaciales, habiendo lanzado con éxito su primera misión de exploración a Marte en el año 2021. 

¿Qué demonios sucedió? ¿Cómo fue posible que en sólo cinco décadas los Emiratos pasarán de ser pescadores de perlas a lanzar misiones espaciales? 

En mi siguiente columna tomaremos el caso de Dubai para explicar el éxito de los EAU. Un modelo marcado por un vertiginoso crecimiento económico, pero que también esconde un núcleo autoritario y represivo. ¡Y mucho ojo! Porque el mayor peligro es que este modelo radicalmente liberal en lo económico, pero totalmente antiliberal en lo político parece estar funcionando, poniendo en jaque a los modelos democráticos que defendemos en Occidente.

Así que en mi próxima columna: El Manual para Emiratizar a México.

2/8/21

ASESINAR AL FUTURO

En México estamos petrificados en el ámbar de la historia, enfocados en celebrar nuestro pasado de “resistencia”; celebrando las virtudes de los hidrocarburos; y encumbrando a héroes históricos que nada aportan a nuestro futuro.

Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú


Es muy agradable cuando la realidad te corrige la plana. Confieso que en mi columna anterior (Vértigo 1061: “¿Quién habla por el futuro?”) permití que mi pesimismo se llevará lo mejor de mi texto. Les recuerdo:

Hablando del Future Design, un experimento en política pública iniciado en Japón, concluí que cómo especie humana somos incapaces de sobrepasar nuestro egoísmo y fijación en el corto plazo para preocuparnos por el mundo que dejaremos a las generaciones futuras.

De pronto… ¡Un macanazo de realidad! El 14 de julio, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, publicó un tuit donde resumía la nueva visión de la Unión Europea para los años próximos: “Podemos elegir una forma de vida mejor, más saludable y más próspera. Salvar el clima es nuestra tarea generacional. Debe unirnos y animarnos. Se trata de asegurar el bienestar y la libertad de nuestros hijos. No hay tarea más grande y noble”. ¡Ay goey! ¡Ejemplo loable de mi periodismo adelantador!

Y en efecto, poco antes de ese tuit, la UE había anunciado su revitalizado plan para reducir sus emisiones de carbono y lograr “cero emisiones netas” para el 2050. Al final, alguien sí hizo su tarea y tomó el ejemplo del Japan’s Future Design. ¡Bien por Europa!

Con esto en mente, quiero regresar al texto referido en mi columna anterior (“How to be a Good Ancestor” de Sigal Samuel) para reforzar el aspecto ético y moral que debe ser intrínseco al considerar nuestras acciones presentes y su impacto en el futuro.

Primero dos conceptos básicos para entrarle al tema: la distancia espacial y la distancia temporal.

Entender el primero es muy sencillo. Samuel cita un ejemplo planteado por la filósofa Hilary Greaves de la Universidad de Oxford: si vas caminando y ves a un niño ahogándose en un río, al cual puedes rescatar sin mayor problema, lo moralmente correcto sería que lo hicieras. Todos de acuerdo (¡Espero!). Pero qué sucede si esto ocurre al otro lado del planeta (digamos en China). ¿Esperarías que un adulto que vaya pasando también ayude al niño chino en peligro? Si no eres un monstruo, responderás que ‘sí’. Esto, apunta Samuel, significa que “la distancia espacial es moralmente irrelevante”.

¿Pero qué pasa con la moralidad temporal? Aquí las cosas se ponen interesantes. Samuel cita un ejemplo un poco más extremo del filósofo Roman Krznaric: Si consideras reprobable colocar una bomba en un tren que matará a un montón de niños hoy, también está mal si la bomba va a detonar en 10 minutos o 10 horas o 10 años. En otras palabras, la distancia temporal entre una acción y su consecuencia es también moralmente irrelevante.

Aquí se encuentra el imperativo moral que tenemos hacia las generaciones próximas. Si sabemos que nuestras acciones y actitudes serán una bomba en el futuro, lo moralmente correcto sería “desactivar” este escenario catastrófico y evitar el sufrimiento o muerte de millones de personas que quizás ni siquiera han nacido. No hacerlo sería aumentar la carga de explosivos en ese hipotético tren que -tarde o temprano- sabemos que va a detonar.

Algunos países ya empiezan a tomar esta perspectiva moral. Suecia tiene su “Ministerio del Futuro” dedicado a crear políticas públicas de largo plazo; Gales y los Emiratos Árabes Unidos cuentan con una agencia similar. Algo es algo, pero no es ni siquiera suficiente.

De México mejor ni hablar. Aquí estamos petrificados en el ámbar de la historia, enfocados en celebrar nuestro pasado de “resistencia”; celebrando las virtudes de los hidrocarburos; y encumbrando a héroes históricos que nada aportan a nuestro futuro.

Cada día ponemos una pieza más en la bomba climática que estallará dentro de 20 o 30 años. Pero pueden dormir tranquilos en sus huipiles nacionalistas, sabiendo que gran parte de este mecanismo explosivo será “Made in Mexico”.

19/7/21

¿QUIÉN HABLA POR EL FUTURO?

Problemas como el cambio climático, pandemias y las tecnologías emergentes requieren romper con nuestra fijación en el presente


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú



"¿Por qué debería preocuparme por las generaciones futuras? ¿Cuándo han hecho ellas algo por mí?" 

- Groucho Marx.


¡Se les dijo pero no hicieron caso! Estamos apenas en las primeras semanas del verano y varios récords de temperatura ya han sido superados. Cito a The Washington Post: “El noroeste del Pacífico y Canadá están sufriendo una ola de calor sin precedentes. Las principales ciudades como Portland, Oregon y Seattle rompieron sus récords históricos de días más calurosos por amplios márgenes. Miles se han quedado sin electricidad; las calles se doblan y agrietan por las altas temperaturas del asfalto”.


Vamos a un caso específico: a finales de junio, la temperatura en la localidad de Lytton, en la Columbia Británica, superó los 48 grados Celsius. ¡Un grado más alto que el récord histórico en Las Vegas! Las muertes por esta ola de calor ya comienzan a acumularse, superando al momento de escribir esto los 500 fallecidos en Canadá y Estados Unidos. 


¿Pero qué creen? ¡Que hoy no vamos a hablar del cambio climático! Ni de la niña Greta, ni de informes de la ONU que pronostiquen nuestro (casi seguro) futuro apocalíptico. ¡Insólito para esta columna! ¿Verdad? 


La temática de fondo es otra: que como sociedad y civilización no estamos pensando a largo plazo ni tomando las precauciones sobre el mundo que les dejaremos a nuestra descendencia (propia o ajena). Sí, numerosos países hacen promesas loables de descarbonizar su economía o invertir en energías renovables (claro que no todos, como usted comprenderá). Pero a nivel local, rara vez la sociedad se involucra en el proceso de crear políticas públicas que realmente representen los intereses de las futuras generaciones.


De ahí mi sorpresa de encontrar un texto de la periodista Sigal Samuel en Vox (“How to be a good ancestor”) en el cual describe al Japan's Future Design. Les explico:



En el año 2015, en el pueblo de Yahaba (noreste de Japón), un grupo de ciudadanos se reunieron para formular políticas públicas locales. Sin embargo, este experimento tenía una peculiaridad. La mitad de los asistentes debían vestir de manera normal y abogar por cualquier acción que ellos considerasen apropiada. Pero la segunda mitad debían vestirse en batas ceremoniales especiales y pretender que eran visitantes del futuro, en concreto del año 2060. El enfoque de este segundo grupo era promover políticas públicas enfocadas en el largo plazo; políticas que beneficiaran a la población que viviría en Yahaba dentro de 45 años.


¿Qué fue lo que sucedió? ¡Los “visitantes del futuro” ganaron! Lograron convencer a sus conciudadanos de que las políticas públicas con proyección futura eran ideales y la única forma de salvaguardar la viabilidad de generaciones posteriores. Quizá más importante fue que “lograron actuar en contra de sus intereses inmediatos”, explica Sigal, algo que rara vez ocurre en los gobiernos del mundo.


Queda claro que este experimento tardará en generar tracción a nivel global. Como especie, parecemos incapaces de sobrepasar nuestros asuntos cotidianos para preocuparnos en ser “mejores ancestros” para aquellos que eventualmente nos reemplazarán. Sin embargo, Sigal explica que problemas como el cambio climático, pandemias y las tecnologías emergentes requieren lograr este cambio de paradigma. Pensar más allá de la mera “sustentabilidad” y “romper con nuestra fijación en el presente”. 


Todo esto se los dejo de tarea. Porque basta echar un vistazo a nuestro país para reconocer que la gran mayoría de nuestros gobernantes no están siquiera pensando en el futuro; muchos de ellos están atrapados en el presente o de plano viviendo en el pasado. De seguir así, sólo nos quedará esperar el juicio de la historia y la desolación (y segura decepción) de los mexicanos del 2060.


24/5/21

LA RELIGIÓN NO SE DESTRUYE, SÓLO SE TRANSFORMA

El peligro ahora es que los debates políticos comienzan a transformarse en discusiones metafísicas; algo letal para las democracias liberales.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú


Les confieso algo: durante gran parte de mi adolescencia creí firmemente que la religión debía desaparecer para que la sociedad pudiera avanzar hacia una nueva era de racionalidad e ilustración. Esta cruzada secular fue un fracaso. No logré convencer a nadie.

Para mi fortuna, no era necesaria mi participación. La religión ha ido retrocediendo en gran parte de Occidente, incluso en nuestro México, por numerosas y muy diversas causas que no vale la pena discutir ahora.

Tomemos el caso de Estados Unidos. De acuerdo con Gallup, durante gran parte del siglo XX el 70% de las personas en promedio asistían a alguna iglesia de manera periódica. Pero en su medición del 2020, esta participación tuvo una caída brutal, terminando en un alarmante 47 por ciento.

En México las cosas son algo similares. El censo del 2010 mostraba a poco más de 84 millones de católicos y 10 millones de “otras” religiones. Los no creyentes apenas sumaban 4.6 millones de personas. Para el censo del 2020, se contaban 9.1 millones de no creyentes (un incremento de 96%); mientras que los feligreses subieron sus números de manera más marginal, 7%  para católicos y 59% para otras religiones.

Estas cifras debieron alegrar al ateo beligerante que aún vive dentro de mí. Sin embargo, el académico Shadi Hamid avanza una hipótesis que complica este panorama. La pérdida de religión -argumenta- no genera una sociedad racional y científica, sino que engendra un mundo de polarización, radicalismo y división. Les explico. 



En su artículo publicado en The Atlantic (America Without God), Hamid alude al académico Samuel Goldman y su “ley de la conservación de la religión”. Esta teoría indica que en toda sociedad “existe una oferta relativamente constante y finita de convicción religiosa” y que lo único que varía “es cómo y dónde se expresa esta convicción”. Esto significa que entre más se diluye la religiosidad en una sociedad, más incrementa la intensidad ideológica; porque el fervor que antes se canalizaba hacia la religión ahora se expresa en pasiones políticas. En otras palabras, la religión no se destruye, sólo se transforma.

Las expresiones polarizantes en EE.UU. son muy claras. En la derecha, la religión ha dado pie a un movimiento mesiánico centrado en Donald Trump y el etnonacionalismo. En la izquierda, la cultura “woke” ha reimaginado el concepto de pecado, penitencia y excomunión para aquellos que transgreden sus normativas culturales o discursivas.

Lo preocupante es que las convicciones religiosas y políticas no comparten la misma esencia. Las religiones tienden a crear una realidad externa compartida por la sociedad (un nomos, diría Peter Berger), pero las ideologías políticas tienden a fragmentarse rápidamente. Por su naturaleza mundana la política genera división y antipatía entre los ciudadanos. “A nadie sorprende que las ideologías ascendentes en Estados Unidos, teniendo que llenar el vacío dejado por la religión, sean tan divisivas. Están destinadas a ser divisivas”, argumenta Hamid.

El retroceso del cristianismo ha comenzado a erosionar el terreno común donde la sociedad norteamericana podía coincidir y respaldarse. El peligro ahora, argumenta Hamid, es que los debates políticos comienzan a transformarse en discusiones metafísicas; algo letal para las democracias liberales, que toma las diferencias públicas como negociables, pero nunca como dogmas intransigentes.

En México este proceso avanza de manera más lenta, pero gradualmente vemos nuevos niveles de polarización al tiempo que retrocede la religiosidad. ¿Estaremos también frente a una radicalización política ante la ausencia de creencias religiosas? 

Ante esta posibilidad, sólo basta recordar la máxima de los teólogos antiguos: ¡Que Dios nos agarre confesados!


26/4/21

CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA

El problema del neoliberalismo es global. A donde sea que volteemos, el viejo paradigma se percibe malherido y desahuciado, dando tumbos y retrocediendo. Cuatro largas décadas de teoría y acción económica se desmoronan frente a nuestros ojos. ¡De rodillas, paganos!


Texto: Juan Pablo Delgado Cantú

No me importa sonar hiperbólico: estamos viviendo los tiempos finales del neoliberalismo. 

El responsable de esto no es  -naturalmente- el presidente de México. Porque aunque todas las mañanas arroje burlas, escarnios e insultos contra el espectro neoliberal, al final esto es -si acaso- un espectáculo parroquial que no genera eco más allá de nuestras fronteras.

El problema del neoliberalismo es global. A donde sea que volteemos, el viejo paradigma se percibe malherido y desahuciado, dando tumbos y retrocediendo. Cuatro largas décadas de teoría y acción económica se desmoronan frente a nuestros ojos. ¡De rodillas, paganos!

Quizá esto era inevitable. Desde hace años existe una gran inconformidad ante un sistema que muchos perciben como cruel, poco regulado, e incapaz de contrarrestar las grandes desigualdades que se han generado en las sociedades. 

Si la crisis del 2008 abrió las primeras grietas, el golpe mortal vino con la pandemia del Sars-CoV-2, donde el doble shock (de oferta y de demanda) causado por los cierres económicos dejó expuesta la absoluta incapacidad de este modelo para contener los peores efectos del desempleo, la quiebra de negocios y el aumento de la pobreza. 

Ahora bien, si el neoliberalismo muere, ¿qué es lo sigue? De acuerdo con numerosos analistas, estamos frente a una nueva época donde el Estado tendrá un papel más preponderante en la conducción de la economía. 

Desde mediados del 2020 ya doblaban las campanas por la muerte del neoliberalismo. En abril, el consejo editorial del diario británico The Financial Times -nunca conocido como amigo del estatismo- escribió que debido a la pandemia serían necesarias “reformas radicales” que revirtieran “la dirección política predominante de las últimas cuatro décadas”, las cuales deberán de promover “un papel más activo en la economía” por parte de los gobiernos para invertir en servicios públicos y proteger el mercado laboral.

También el Fondo Monetario Internacional (FMI) -paladín excepcional del neoliberalismo- dejó atrás su ortodoxia y desde el año pasado recomendó a los países incrementar su gasto público e incluso endeudarse (con “responsabilidad”) para aminorar los efectos de la crisis.

A comienzos de abril del 2021, el reporte “Fiscal Monitor” del FMI reconoció que la pandemia había exacerbado las desigualdades en educación, salud y otras esferas, lo que podría causar que las brechas de ingresos persistan por varias generaciones en el futuro. Ante esto, recomendó a las economías avanzadas impuestos más progresivos sobre la renta, las herencias, la propiedad; e incluso a incrementar impuestos sobre las ganancias corporativas "excedentes" para ayudar a reducir estas desigualdades. ¡Válgame dios!

Por su parte, el gobierno de Joe Biden, sin haber cumplido siquiera 100 días en el poder, ha trastocado la ortodoxia económica que definió a Estados Unidos por 40 años. Su administración ya gastó 1.9 billones de dólares en cheques para millones de ciudadanos (algo que inició Trump); y ahora, Biden busca incrementar los impuestos corporativos (del 21% al 28%) para recaudar $2.5 billones en los próximos 15 años y gastarlos en infraestructura. 

Por si fuera poco, su secretaria del Tesoro, Janet Yellen, propuso un impuesto mínimo global para las corporaciones, para detener la "carrera hacia el fondo", donde los países bajan sus tarifas para competir por empresas, permitiendo a las multinacionales trasladar ganancias y evitar pagar impuestos en su país de origen. Por lo pronto, Francia, Alemania y Jeff Bezos (Amazon) ya anunciaron su apoyo a Yellen.

¿Debemos lamentar la muerte del neoliberalismo? Yo creo que no merece ni una sola lágrima. El detalle ahora es construir un nuevo paradigma que realmente sea más justo, incluyente y responsable.

15/2/21

EL SÍNDROME DE ESTRUMPCOLMO

Uno esperaría que cuando algo tan calamitoso sucede en un culto, los seguidores escapan en desbandada humillados o en shock. Pero esto no es necesariamente lo que está sucediendo. 


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú


Va una pregunta: ¿Qué clase de persona se vuelve parte de un culto? Seguramente pienses que sólo los imbéciles, los altamente manipulables o los perdedores podrían renunciar a la cordura para formar parte de un grupo de lunáticos.

De entrada, esto es incorrecto. La socióloga Janja Lalich indica que no existe una personalidad arquetípica susceptible a caer en estos espirales, apuntando que “las personas que se unen a un culto tienen en lo general un alto grado de educación, provienen de buenas familias y no tienen problemas psicológicos previos”.

Lo anterior importa porque estamos viendo en tiempo real un profundo cisma en el mayor culto de las últimas décadas, donde millones de personas que han sido manipuladas y engañadas por un charlatán ahora enfrentan la cruda realidad. ¿A quién me refiero? Naturalmente a la pseudorreligión conocida como QAnon.

QAnon es una teoría de conspiración/culto que cree que Donald Trump era el héroe esperado para derrotar a un sórdido grupo de liberales pedófilos y caníbales. “Q” -un dizque insider con información privilegiada- se comunicaba de manera anónima (de ahí el “Anon”) en foros como Reddit y 4chan, revelando pistas sobre el plan maestro de Trump. 

Primero lo obvio: todo esto es una retorcida fantasía sin sustento en la realidad. Pero esto no evitó que millones siguieran religiosamente a “Q” y que surgieran apóstoles para descifrar sus enigmáticos comunicados. Tal fue el arrastre que para 2019 los fanáticos aparecían en mítines de Trump portando parafernalia de Q. Hoy incluso tienen a una representante en el Congreso (Marjorie Taylor Greene, de Georgia).

Todo esto viene al caso porque -evidentemente- todas las predicciones fallaron. Q había prometido que Joe Biden jamás sería inaugurado. Que Donald Trump declararía Ley Marcial para permanecer en el poder. Que Joe Biden sería arrestado. Que habría un “Gran Amanecer” cuando se revelara al grupo satánico que operaba tras las sombras. Al final… Biden es presidente; no hubo pedófilos caníbales; y Trump es un perdedor viviendo en Florida.

¿Y ahora? ¿Qué sucede con estos individuos tras una ruptura tan grave en sus creencias? Uno esperaría que cuando algo tan calamitoso sucede en un culto, los seguidores escapan en desbandada humillados o en shock. Pero esto no es necesariamente lo que está sucediendo. 

De acuerdo con el neuropsicólogo Vaughan Bell, mientras algunos abandonarán un culto, -generalmente los adherentes más nuevos o menos comprometidos- “la gran mayoría experimenta poca disonancia cognitiva y sólo hace pequeños ajustes en sus creencias. Seguirán hacia adelante, generalmente sintiéndose espiritualmente más enriquecidos”.

Por ejemplo, algunos seguidores de QAnon están recurriendo a grupos de apoyo en línea e incluso a terapia para ayudarlos a salir adelante. Algunos entrevistados por The Associated Press dicen que el proceso de dejar QAnon es similar a dejar una adicción de drogas.

Pero los fanáticos persisten, como lo revela The Atlantic. Un seguidor aferrado dice: “Yo creo con cada gramo de mi cuerpo que el presidente Trump ganó la elección; pero el ‘pantano’ es mucho más profundo, más amenazante, más corrupto y malicioso de lo que imaginamos”. ¡Típico! La profecía no falló, simplemente las fuerzas enemigas eran más fuertes de lo que creíamos.

Todo esto es análogo para México. Aquí, millones de ciudadanos creen fervientemente en la retórica que emana de Palacio Nacional. Creen en una transformación histórica de la vida pública. Creen en la misión divina de un presidente. Creen en su mítica batalla contra las fuerzas oscuras de la corrupción y el neoliberalismo. ¿Qué sucederá con ellos si -o cuando- sus expectativas no sean cumplidas?

(Publicado originalmente en Vértigo)

31/1/21

IMMORTAN JOE Y LA NUEVA DÉCADA

Según los puristas y los dueños del tiempo, la llegada del 2021 marca oficialmente el inicio de la tercera década del siglo XXI. Así que analicemos algunas de las temáticas más turbulentas que marcarán el futuro próximo.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú


Según los puristas y los dueños del tiempo, la llegada del 2021 marca oficialmente el inicio de la tercera década del siglo XXI. Y como bien dice el pueblo sabio: década nueva, suegra nueva, presidencia nueva. 

Porque cuando lean esto, la pesadilla de Donald Trump (mas no del Trumpismo) habrá llegado a su patético final. Pero ni la nueva década, ni el estreno de la Era de Biden nos traerán un respiro. Recuerden siempre esta máxima: “¡No hay tregua, raza!”

Así que analicemos algunas de las temáticas más turbulentas que marcarán el futuro próximo, cortesía de The Washington Post:

1. Cambios demográficos. De acuerdo con la ONU, para el 2030 se espera que la población global ascienda a 8,500 millones de personas; un incremento del 15% en tan sólo 15 años. Para entonces, la India habrá sobrepasado a China como la nación más poblada; África subsahariana será hogar de las poblaciones más jóvenes; y más de 1,000 millones de personas tendrán más de 65 años, causando graves estragos en los programas de seguridad social en Europa, Asia, y ahora, América Latina.

2. Cambio climático. El año 2030 representa el punto de no retorno en temas del cambio climático. La mayoría de los estudios (incluyendo el del IPCC de la ONU) indican que esta década será crucial para saber si lograremos mitigar los efectos del calentamiento global (y evitar que la temperatura planetaria ascienda más de 1.5 grados); o si -por el contrario- dejaremos a la humanidad al borde de un desastre de proporciones jamás vistas. 

3. Ingobernabilidad global. La salida de Trump nos deja un terrible legado: el soft power de Estados Unidos se encuentra en bancarrota. Si antes la democracia liberal era cuestionada por algunos, la nueva década presagia una rebelión en la granja, donde el populismo y el ultra-nacionalismo conservador cobrarán aún más fuerza. Se presagia el regreso de la competencia entre grandes potencias, donde China buscará ser el sucesor y heredero del Imperio Yankee. Los campos de batalla serán la tecnología y, principalmente, la inteligencia artificial, un área que se prevé que sume 16 billones de dólares a la economía mundial para 2030. "Quien sea líder en inteligencia artificial en 2030 gobernará al mundo hasta 2100", indica la Brookings Institution.

¿Y entonces, podemos ser optimistas? Mi respuesta: Más o menos y depende de las decisiones que tomemos.

1. En el tema del tsunami demográfico, ya sabemos que causará enormes estragos para economías de nivel medio como México. De hecho, ya cargamos con una bomba de tiempo en nuestro sistema de pensiones; y la crisis del covid-19 demostró que nuestro sistema de salud sobrevive de puro milagro.

2. En cuestiones del cambio climático, la administración de Biden volvió ya al Acuerdo de París y tiene una ambiciosa agenda climática. China -el mayor emisor de CO2 y otros gases de efecto invernadero- dijo el mes pasado que bajará su huella de carbón en un 65% para el 2030. Pero no podemos ignorar que una clase media ascendente a nivel global se convertirá en un factor altamente destructivo: entre más dinero tengan, millones de personas cambiarán sus patrones de consumo, transporte y alimentación.

3. En cuestiones de gobernabilidad global, las tensiones entre China y EUA apenas inician y podrían convertirse en una nueva Guerra Fría en esta nueva década. Aquí, México tendrá que decidir si nos mantenemos como espectadores irrelevantes o si seremos aliados cercanos de nuestro vecino del norte.

Sea como sea, por ahora amárrense sus cinturones, agárrense bien de sus asientos y déjense llevar en este Magical Mystery Tour. Porque viendo cómo inicia el 2021, podemos imaginar lo que nos deparan los próximos 10 años.



9/11/20

UN FINAL DE PELÍCULA

Quedé gratamente sorprendido al encontrarme en The Washington Post un ejercicio imaginativo particular, donde la periodista Maura Judkis entrevista a guionistas reconocidos de la televisión para que aconsejen y orienten al estúpido “escritor” que escribió el guión del 2020


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

No sé cómo fregados le hicimos, pero llegamos (casi todos) a noviembre. Para estas alturas, la mayoría estamos en modo avión... catatónicos, delirantes y esperando que el Cosmos nos otorgue una breve tregua en la recta final del 2020.

Suena trillado, pero me vale: este año parece una mala película de Hollywood. ¡Oh sí! ¡Una pinche tragicomedia de enredos sin pies ni cabeza!

Iniciamos con incendios en Australia; luego la amenaza de guerra entre EUA e Irán; luego el impeachment de Trump; después el Brexit; luego la llegada de las avispas asesinas; una explosión en Líbano; el inicio de la pandemia; las protestas en Hong Kong; el eterno aislamiento; la carrera presidencial del Imperio Yanqui; un sismo de 7.5 grados en Oaxaca y la CDMX (seguro ni se acuerdan); la peor crisis económica en décadas; el precio de petróleo en negativos; las Olimpiadas canceladas; la llegada de Lozoya; los picos falsos de Gatell; incendios en California; la rifa del avión presidencial (sin avión); la captura de Cienfuegos; récord de tormentas en el Atlántico; la elección en EUA…

Por todo esto, quedé gratamente sorprendido al encontrarme en The Washington Post un ejercicio imaginativo muy particular, donde la periodista Maura Judkis entrevista a guionistas reconocidos de la televisión para que aconsejen y orienten al estúpido “escritor” que escribió el guión del 2020.

Aquí algunas de sus respuestas:

Bruce Miller (The Handmaid’s Tale): Con todas las locuras que están sucediendo no tendría idea de qué género sería esta serie. Podría ser una comedia, tragedia, thriller distópico, drama político, drama de hospital, ficción apocalíptica, horror o sátira, o quizás todos mezclados en uno mismo. Lo que tenemos es una trama completamente demencial. 

Eli Attie (The West Wing): Yo le diría al guionista: ‘Whoa, dale despacio'. Muéstranos quiénes son las personas, quita cosas de la trama y deja que la historia respire. En un buen guión debes dar a las personas el tiempo para procesar algo complicado. Pero en el 2020 tenemos tantas tramas complejas que es muy difícil entender cualquier cosa.

Angela Kang (The Walking Dead): Suceden demasiadas cosas y luego simplemente desaparecen y no hay seguimiento.

Dan Schofield (The Good Place): No creo que este sea el tipo de narrativa que podríamos esperar en la TV… es demasiada acción. De hecho, el 2020 es incluso peor que un programa malo: por lo menos la mala televisión te ofrece algún tipo de resolución.

Para no quedarnos con puras opiniones de los gringos, hablé con Luli Monsalvo, mexicana reconocida por su producción en la película “Deseo, deseo” (Amazon) y “Conversaciones”, ahora en cines.

Su opinión para el guionista del 2020 es la siguiente: ¿Qué carajos está sucediendo? Drama, comedia, terror, acción y una gran dosis de cine contemplativo. ¡Pausa! Hay innumerables personajes, uno más sacrificable que el siguiente, y aún no se resuelve una importante pregunta: ¿Quién chingados es el héroe? ¿Hay siquiera un héroe? ¡Ojalá sí! ¿Dónde está La Roca cuando lo necesitamos?”

Yo no soy experto en guiones, pero aún así quisiera proponer un final que considero decente para amarrar esta mala serie: Suena la alarma y despiertas. ¿Fue todo un sueño? ¡Sí! ¡Fue un sueño! -Risa nerviosa- Mientras preparas el café, notas a una avispa enorme que choca contra el vidrio de la ventana. El primer trago de café te sabe a papel ‘Ah chinga… ¿Perdí el sentido del olfato y el gusto?’ Prendes las noticias y Trump está siendo inaugurado por segunda vez. ¿Un sueño dentro de un sueño? ¡No! ¡Una pesadilla dentro de una pesadilla! Una avispa gigante entra a la casa. Corte a negro.

27/9/20

MÉXICO: UNA PANDEMIA EN SEIS PALABRAS

A continuación les presento el resultado de mi convocatoria para entender la vida mexicana durante la pandemia: una reducida colección de vidas que han buscando expresar el tedio, la tristeza, la tragicomedia y la esperanza en breves enunciados. Con ustedes: Una pandemia mexicana en seis palabras.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú


¿Qué más se puede decir sobre esta pandemia? ¿Qué recovecos siguen sin explorarse en los kilómetros y kilómetros de enunciados escritos sobre infecciones, hospitales, respiradores, muertes, tragedias…?

Quizá en este vasto océano de información nos falte encontrar alguna isla que nos remita a la esencia humana; un pedazo de tierra firme que nos revele la experiencia íntima que han vivido -durante meses- millones de personas sumergidas en el aislamiento, distanciamiento, temor y angustia de esta cuarentena aparententemente interminable. 

Surgen entonces algunas preguntas: Si queremos echar luz a la mente de tantas personas... ¿Cómo lograr esto de la mejor manera? ¿Qué método utilizar para capturar estas fotografías íntimas? ¿Cómo penetrar en la privacidad de tantos individuos? 

Una manera de hacerlo es seguir el ejemplo de Larry Page, creador de “Six Words Memoirs”; un portal donde cientos de miles de personas han plasmado la esencia de su vida utilizando -como bien indica el título- únicamente seis palabras.

Quizás algunos conocedores recordarán que esta idea surgió originalmente con Ernest Hemingway, quien de forma legendaria ganó una apuesta a un amigo que lo retó a escribir un cuento de seis palabras. El resultado fue conmovedor: “FOR SALE. BABY SHOES. NEVER WORN” (“Vendo zapatos de bebé, sin usar”).

Ahora que vivimos en los Tiempos del Covid, Larry Page decidió enfocar su atención en la vida humana de la pandemia, publicando una breve colección de micro-biografías en The New York Times. Naturalmente, me pareció una idea digna de ser emulada en este espacio.

Así que a continuación les presento el resultado de mi veloz convocatoria para entender la vida mexicana durante la pandemia: una reducida colección de vidas que han buscando expresar el tedio, la tristeza, la tragicomedia y la esperanza en breves enunciados. Con ustedes: Una pandemia mexicana en seis palabras.

“Tuve un hijo, nadie lo vio” - Mónica Vite

“Descubrí que llevaba varios años encerrada” - Elma Cantú

"Información infinita... y nadie sabe nada." - Daniel Morales

“Me convertí en maestra de repente” - Elisa Ramírez

“Mundo de posibilidades; empatía y solidaridad”. - Déborah Martínez

“Chinga’os, ahora veo a Laura Bozzo” - Arturo Maldonado

“Puro Netflix pero sin maldito chill” - Catherine Piquet

“Todavía tengo la vida en cajas” - Fernanda Kuri

“YO YA ESTOY HASTA LA MADRE” - Chiris Jiménez

“Simplificar la vida de manera forzada” - Javier Delgado

“Todos los pinches días intento sobrevivir” - Camila Cantú

“¿Qué es un fin de semana?” - Arturo Borjas

“...y los platos no se acaban” - Ana Laura Herrera

“Ver calendarios todo el (pinche) tiempo”. - David García

“Olvidé los tuppers en la oficina” - Andrés Durán

“La felicidad es estar bien solo” - Fernando Castilla Jr

“Qué bueno que nos casamos antes” - Roby Calderón

“¿Es lunes o martes?... es sábado” - Rolando Sepúlveda

“Las maestras ganan muy poco dinero” - Marisa Treviño

“Aprende a abrazar los cambios inesperados” - Majo Nava

“Sin cheve; hijo nuevo; siempre gordo” - Carlos Pedroza

“Selección natural… y nosotros de aferrados” - Luli Monsalvo

“Fue tormenta, pero duele el naufragio”. - Alejandro Huitrón

“Lo que no mata te fortalece” - Claudia Chávez

“Llaves, celular, cartera... chingada el cubrebocas!!!” - Alex Hernández

“Adiós al beso, hola espacio personal” - Nora Cayfer

“Excelente momento para no tener hijos” - Julie Piquet

Y como gran final, les dejo mi aportación a esta breve colección literaria, inspirado en la historia trágica de Hemingway: “Cambio pantalón: talla 34 por 36”

Así las cosas...


14/9/20

LA EDUCACIÓN EN EL ESPEJO NEGRO

¡Pinche año de Leona Vicario! ¡Nomás no hay tregua! Y no conforme con los violentos torbellinos de este annus horribilis, ahora el 2020 les propicia un nuevo madrazo a millones de mexicanos: educar a sus hijos a través de las pantallas.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú


Me robo esta frase de un prestigioso columnista: “¡Pinche año de Leona Vicario!”. ¡Nomás no hay tregua! Y no conforme con los violentos torbellinos de este annus horribilis, ahora el 2020 les propicia un nuevo madrazo a millones de mexicanos: educar a sus hijos a través de las pantallas.

Les adelanto que yo no tengo hijos ni por ustedes los tendré. Pero ignorando mi aversión hacia los infantes, creo que puedo empatizar con los padres de familia que tras meses de encierro con sus criaturas, ahora reciben un ciclo escolar como extensión a su condena.

Primero lo obvio: es innegable que para los chamacos la educación a distancia es la antítesis del ideal deseado. Entre su naturaleza por echar desmadre, su corta capacidad de atención, y la sensación de aislamiento y encierro, los pequeños se enfrentan a una bronca monumental.

A esto sumen la desigualdad tecnológica. El UNICEF indica que son 1,200 millones de niños afectados por los cierres de escuelas en el mundo, y apunta que no todos tienen los mismos recursos para adaptarse a este mundo posmoderno, apuntando que “las desigualdades inherentes en el acceso a las herramientas y a la tecnología podrían agravar la crisis mundial del aprendizaje”. ¡Obviamente!

Pero como bien dicen los clásicos: “¡Es lo que hay!” Así que en vez de quejarnos, veamos cómo podemos mejorar esta situación.

Para desenmarañar este asunto me remito a quien quizás sea el mayor experto de la educación a distancia: Salman Khan. Si no lo conocen, Khan es el creador de la “Khan Academy”, una plataforma que desde hace 12 años promueve la educación en línea a través de cientos de cursos digitales. Khan considera a este modelo como el futuro del aprendizaje, pero acepta que los modelos aplicados apresuradamente por las escuelas presentan serias broncas.

Los siguientes consejos los extraigo de una entrevista con la periodista Heather Kelly en The Washington Post. ¡Pongan atención!

1. Más descanso: La primera observación de Khan es que si los adultos no pueden pasar todo el día viendo pantallas, mucho menos los niños. Por eso recomienda sesiones más cortas de aprendizaje (30 minutos máximo), con más tiempos de descanso. Pero hablamos de descansos reales, como jugar, comer un canapé, etcétera. No se trata de darle medio minuto al chamaco para que vaya al baño.

2. Menos cursos y menos niños: Esto es obvio. Cualquier programa educativo en línea no puede hacer todo lo que hace una escuela física. Khan considera que si de por sí enseñar 6 o 7 clases de 60 minutos durante un día es ridículo, mucho más es querer lograr esto con 30 huercos a través de Zoom. Así que debemos reducir el número de cursos diarios y reducir el número de estudiantes por clase (10 idealmente). Como indica Khan: “Esto es un ganar-ganar. Menos fatiga de pantallas y más atención”.

3. ¡Primero lo básico!: Khan dice que es absurdo querer trasplantar todo el currículum educativo a formato digital. Por eso recomiendo enfocarse en lo básico: lectura, escritura y matemáticas. Si los niños logran progresar aquí, o mínimo no se atrofian, podrán compensar en el futuro todo lo que no aprendieron en otras materias. Pero advierte que si degradan sus conocimientos en estas materias básicas, entonces todo su aprendizaje comenzará a sufrir. “Hay que hacer menos y hacerlo mejor”, aconseja.

Sumado a esto, Khan nos recuerda que si la escuela de tus hijos no aplica estos consejos, sería conveniente negociar cambios al currículum con los directores.

Analizando este despapaye histórico, yo quisiera agregar un último comentario para los padres de familia: ¡Que diosito se apiade de ustedes!


16/8/20

LA DICHOSA VACUNA

Esa versión hollywoodense donde una cura acaba de golpe con una pandemia es imposible que suceda. La vacuna contra el Covid-19 será sólo el final del principio. Si bien nos va, será el principio del final. Pero de ninguna manera se trata del último capítulo en este culebrón.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú


Hablemos en serio: esta pandemia no terminará pronto, ni siquiera cuando tengamos una vacuna. 

Porque quizás ustedes sean de los soñadores que esperan ansiosos la aparición de una vacuna para que todo regrese a la normalidad. Puede que se digan en su soledad: “Si tan solo sobrevivo este aislamiento, llegará por fin la cura y el Cosmos retomará su estructura original”.

¡Ah claro! ¡La dichosa vacuna! Un deux ex machina que nos salvará de la infección y del eterno tedio. 

Pues lamento ser el portador de malas noticias: esa versión hollywoodense donde una cura acaba de golpe con la pandemia es imposible que suceda. La vacuna será sólo el final del principio. Si bien nos va, será el principio del final. Pero de ninguna manera se trata del último capítulo en este culebrón.


Les explico tres puntos importantes:

1. El tiempo es dinero. Consideren primero que es imposible saber si una vacuna estará lista para finales de año o inicios del 2021. Hay buenos prospectos y la velocidad del progreso hasta ahora ha sido histórico. Pero dejen les pregunto: ¿Cuántas de las predicciones felices sobre el Covid-19 se han cumplido? A estas alturas del juego ya deberíamos saber que los escenarios optimistas jamás suceden con este pinche virus.

2. Distribución. Pero supongamos que sí obtenemos una vacuna pronto. ¿Y ahora qué? Como indica Carolyn Johnson en The Washington Post: distribuir una vacuna en todo el mundo “tomará meses, o muy probablemente años”. Sumen a esto la enorme presión que caerá sobre las cadenas de distribución y producción en plena crisis económica; agreguen la poca confianza que habrá en amplios sectores de la sociedad; y que esta labor requiere de enorme cooperación global en estos tiempos de ultranacionalismos. ¡Ta’ muy complicado! 

3. ¿Y la efectividad, apá? Supongamos ahora que los astros se alinean y que sí tenemos una vacuna y la logramos distribuir sin sobresaltos. ¡Falta considerar la efectividad! ¿A poco la primera vacuna será la mejor de todas? ¡Poco probable! ¿O que afectará igual a toda la población del planeta? ¡Menos probable!

Michael Kinch, de la Washington University de St. Louis lo deja claro: “Si tuviera que adivinar diría que la primera generación de vacunas será muy mediocre”. El Dr. Anthony Fauci -asesor de la Casa Blanca- comentó también que “no es muy probable” tener una vacuna con efectividad cercana al 100%, y que si bien nos va, nos conformemos con una que tenga un 50% o 60% de efectividad. O sea, servirá sólo en la mitad de los casos. ¡Hazme el refavor cabrón! 

¿Y entonces? ¿Acaso no hay esperanza? ¿Estamos condenados a una existencia miserable? La respuesta sencilla es “sí y no”. 

Es innegable que aún con la dichosa vacuna seguirán las medidas de salud pública durante meses o años; más aún si consideramos que pronto el Covid-19 unirá fuerzas con la influenza estacionaria. Bajo este enfoque el panorama es terrible y ominoso.

¡Pero no te aflijas, temeroso lector! Porque conociendo e internalizando esta realidad puedes comenzar a tomar decisiones correctas. ¿Quieres seguir encerrado en tu casa? ¡Adelante! Estás en tu derecho; aunque ahora sabrás que tu esfuerzo será en vano o durará una eternidad. 

Yo tengo una mejor solución: acepto que nos tocaron muy malas cartas en esta partida de poker y que nada podemos hacer para cambiar esto. Pero sí puedo mejorar mi circunstancia. Así que seguiré apostando en este juego idiota, pero rodeado de la gente que amo y estimo; tomando un buen vino tinto en alguna terraza; buscando disfrutar cada momento.

Nos tocó la Ley de Herodes. Así que ustedes decidan: ¿O se chingan o se joden?


Publicado originalmente en Vértigo

22/6/20

SIGUE LA BOLA...

El mundo rompió su encierro para exigir una transformación profunda en el pacto social. Nosotros nos inventamos una lucha de clases para hacer desmadre y vandalizar.



Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú


Iniciamos con una máxima de los antiguos poetas: “¡Nos salieron más cabrones que bonitos!”.

Mientras pensaba en un tema para esta columna, mi primer instinto –cual eterno optimista– era presentar un panorama desolador del mundo. Me preocupaba que la pandemia nos había convertido en una sociedad dócil y obediente; y que los gobiernos empoderados por nuestro miedo aprovecharían esto para imponer aún más restricciones durante la “nueva normalidad”. El resultado –creía yo– sería una una distopía donde nuestras libertades de pensamiento, asociación, traslado y diversión se verían más limitadas, mientras el Estado, cual ogro benefactor, diría que esta nueva esclavitud era “por nuestro bien”.

Así iban las cosas, cuando de pronto… ¡CATAPLUM! ¡Que se arma la marabunta! La sociedad estalló, perdió miedo al virus, abandonó su encierro y volvió a las calles con venganza.

El detonante fue el asesinato de George Floyd a manos de la policía de Minneapolis. A partir de entonces, las manifestaciones masivas se extendieron por cientos de ciudades en EE.UU. y luego a nivel internacional: todas buscando eliminar la brutalidad policiaca y el racismo estructural que impera al momento de aplicar la ley.

En México también vimos nuestra serie de protestas, pero con sus agravantes idiosincráticos.

El alboroto comenzó con la muerte de Giovanni López, quien aparentemente fue asesinado por policías en el municipio de Ixtlahuacán de los Membrillos, Jalisco.

Como suele suceder en nuestro país, las cosas rápidamente se desdibujaron. En vez de protestar como el resto del mundo para reparar a nuestras corporaciones policiacas, la gente decidió politizar el asunto y pidió la renuncia del gobernador Enrique Alfaro.

Esto es incoherente. En primer lugar, Alfaro no es responsable de la policía municipal. En segundo lugar, su renuncia no resuelve nada. Y que quede claro, no busco defender al gobernador, porque en realidad ese sujeto me tiene sin cuidado.

Mi punto es que nuevamente estamos perdiendo una oportunidad irrepetible para pedir una verdadera transformación en nuestro sistema de impartición de justicia. Nadie puede negarlo: las policías municipales de México son un verdadero desastre.


Van algunas cifras del INEGI: en el 2018 hubo 24.7 millones de víctimas de algún delito del fuero común. Pero la población tiene tan poca confianza en sus policías locales que no reportó el 93.2% de estos delitos, citando como principales causas que “sería una pérdida de tiempo” o que “no tiene confianza en las autoridades”. De los crímenes reportados ante el Ministerio Público, en el 51.1% de los casos “no pasó nada” o se detuvo la investigación. A nivel nacional, el 67.2% de la población considera a la inseguridad como el problema que más afecta sus vidas.

¿Por qué diablos no protestamos contra esto? ¿Por qué no armar un verdadero congal contra esta cotidianidad dantesca? ¿Por qué no salir a la calle para pedir el final de la opacidad, de la corrupción, de las mordidas, del abuso policial? Vivimos diariamente al borde del abismo; a merced de la barbarie y el crimen. ¿No es algo que merezca una protesta de proporciones bíblicas?

Pero no… mejor será vandalizar un palacio de gobierno estatal o destruir comercios en el Centro Histórico de la capital. En esto acabó nuestro gran movimiento. Aquí las miserias de nuestros ideales. ¡Viva la revolución!

El mundo rompió su encierro para exigir una transformación profunda en el pacto social. Nosotros nos inventamos una lucha de clases para hacer desmadre y vandalizar.

Ellos salieron más cabrones que bonitos. Nosotros simplemente primitivos.

Publicado originalmente en Vértigo

25/5/20

ES EL COVID LA FLOR DE LA PEREZA

El COVID se ha convertido en el opio del pueblo. ¿Acaso olvidamos que existe una mundo más allá del virus. ¿Olvidamos que existen otros temas de igual o mayor importancia? ¿Que hay historias que incluso ofrecen mayor morbo o polémica? 



Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Seré sincero: ya estoy hasta la fregada del COVID-19. Pude usar otra palabra para describir mi estado de ánimo, pero esta revista tiene que un prestigio que cuidar y jamás publicaría semejante lenguaje. 

Seamos serios… ¿No están ustedes en la misma situación? Porque desde que inició esta pandemia, no podemos pasar una hora sin escuchar algo sobre el mentado coronavirus: que si la curva aplanada; que si los respiradores; que si las vacunas; que si la hidroxicloroquina sirve; que si más bien te mata; que si la catástrofe económica; que si el desempleo; que si  López Gatell y sus cifras fraudulentas. ¡Basta!

Esta situación es patética y aterradora: todos caímos en una espiral informativa de la cual no podemos escapar. Porque incluso cuando ya no existen actualizaciones relevantes sobre el tema, pedimos migajas cual Oliver Twist: «Por favor, señor, quiero un poco más». Esta trampa afecta también a los medios de comunicación, que ante la insaciable demanda de noticias sobre el COVID, su oferta se volvió también monotemática. Si la audiencia pide coronavirus, le damos su coronavirus. 

En resumen, el COVID se ha convertido en el opio del pueblo.

¿Acaso olvidamos que existe una mundo más allá del virus. ¿Olvidamos que existen otros temas de igual o mayor importancia? ¿Que hay historias que incluso ofrecen mayor morbo o polémica? 



Hace poco parecía que la fortuna nos ofrecía una tregua. Las redes sociales vibraron ante la posible de muerte del dictador Kim Jong-un. ¡Ah! Pero la fortuna es caprichosa, y el miserable coreano panzón seguía vivo y listo para torturar un día más a los norcoreanos.

De pronto, otros dos eventos con el potencial de sacarnos de nuestro letargo traspasaron el ruido de la pandemia, aunque al final -como todo hoy en día- fueron sepultadas por el virus.

1. Vespa mandarinia. Lo que nos faltaba, la aparición de los Avispones Gigantes Asiáticos, a.k.a “las Avispas Asesinas”. Más allá de que su físico sea una colección de pesadillas, lo peor de su llegada a territorio americano no es su gigantesco aguijón (media pulgada) sino que su única misión es decapitar y comerse a las abejas mieleras. De acuerdo con expertos, unas 20 avispas asiáticas pueden destruir a una colonia de 40,000 abejas en pocas horas. Si no detenemos su invasión podríamos ver el exterminio de nuestras abejas; y si se van ellas, se va la polinización y toda la agricultura. Olviden al COVID-19, ésta sí es una plaga infernal.

2. Bahía de Cochinos Venezolanos. Una historia más sorprendente que los OVNIs de Maussan fue la invasión fallida para derrocar a Nicolás Maduro y terminar con su régimen maníaco. Organizada por una empresa de mercenarios gringos y apoyada por el gobierno de Juan Guaidó, la invasión fue una tragedia de tres pistas. Los soldados no lograron ni desembarcar cuando ya estaban capturados. Al final, Venezuela sigue viviendo una catástrofe económica, política y humanitaria. ¿A alguien le importó? ¡Nah!

El peligro frente a nosotros es que estemos perdiendo perspectiva sobre la realidad por estar profundamente dopados por del COVID. Eventos que afectan nuestro futuro de manera directa hoy nos pasan desapercibidos. ¿Alguien se acuerda que EE.UU. está en plena campaña para sacar a Trump de la Casa Blanca? ¿Alguien puso atención a la cancelación de energías renovables por parte del gobierno federal en México? ¡Para nada! 

Como adictos al opio, sólo queremos disfrutar los efectos de la adormidera: si no es COVID, nada nos interesa. Y así se derriten los días, entre el desinterés, la apatía y la indiferencia. Mientras tanto, las avispas asesinas se acercan y Maduro sigue su reino del terror.

¡Dulces sueños!
Publicado originalmente en Vértigo Político

10/5/20

LA NORMALIDAD EXTRAVIADA

¿Realmente podemos hablar de “normalidad” en la era post-Covid? No lo sé, pues todo indica que el mundo de hace apenas unas semanas no estará esperándonos cuando salgamos de casa.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Para aligerar estos estériles días, empecemos con una frase de nuestro amigo Voltaire: “Todos buscamos la felicidad, sin saber dónde encontrarla, como los borrachos buscan su casa sabiendo que tienen una”.

Así me imagino a millones de personas que deben estar enredadas en espesas telarañas tras mes y medio de encierro. “¿Existirá la felicidad?”, quizás se pregunten en la oscuridad. “Sí…” -responden murmurando- “sólo que está perdida, como esas casas de los borrachos” (y borrachas, no discriminemos).

Pero si la felicidad está extraviada, el futuro también parece estarlo. Nadie puede planear su porvenir en medio de tanta incertidumbre; sin saber cuándo terminará esta pesadilla ni cuándo seremos libres de nuestras propias paredes.

Por fortuna, ya existe algo de claridad frente a estas dudas: la normalidad -dicen los que saben- regresará en un par de meses.

¿Normalidad? ¿Realmente podemos hablar de “normalidad” en la era post-Covid? No lo sé, pues todo indica que el mundo de hace apenas unas semanas no estará esperándonos cuando salgamos de casa.


Primero la economía. En pocas semanas, millones de personas regresarán a las calles para… quedarse en las calles. Jonathan Heath, subgobernador del Banxico, comentó que la tasa de desempleo en México puede superar el 10.7% por la crisis que se avecina. Sumen a esto el cierre de miles de empresas, una estrepitosa recesión económica y que Pemex tendrá que ser regalado a esas personas que piden fierro viejo.

A nivel global, hablé en otra columna sobre el nuevo auge de las fuerzas autoritarias. Dictadorzuelos que utilizan la crisis para promover medidas de represión política y control social. Esto se complementa con la capacidad que tienen los gobiernos para espiarnos a través de nuestros propios celulares (ahora bajo la excusa de monitorear a los enfermos) que pronto podrían ser abusada con intenciones más perversas y Orwellianas.

El proceso de la globalización también se verá afectado, particularmente con la caída del comercio internacional (-32% para finales del año). A esto agreguen la visión de algunos países como EUA que ahora ven al proteccionismo económico, al cierre de fronteras y al fin de la inmigración como respuestas y modelos a seguir.

“¡Pero eso no importa” -dirá algún cándido, “lo importante son los cambios personales que lograremos en la cuarentena”.

Y claro, hoy es común encontrar en las redes sociales a soñadores melosos expresando cómo el encierro los enseñó a valorar a los amigos nuevamente; a meditar su relación con la naturaleza; a repensar su alimentación y su consumismo.

¿Será esta la felicidad extraviada? ¿Una especie de “transformación” humanista? ¡Ni lo crean! Porque si algo difícilmente cambiará será nuestro comportamiento como civilización.

Bien indicó el filósofo Fernando Savater, que a pesar de la actitud moralizante que vemos en muchas personas, al final absolutamente nada cambiará tras la pandemia. “Estaremos encantados cuando esto acabe y simplemente querremos recuperar nuestra vida anterior”.

Porque las epidemias han existido durante milenios y nunca han cambiado nuestra actitud como especie. Tal como sentencia Savater: “los individuos seguían siendo iguales. Y ahora pasará lo mismo. ¡Todos volveremos a ser una panda de individualistas!”

¿Entonces cuál es la moraleja? Pues quizás el error sea creer que hay una lección en esta pandemia. Si acaso, el mundo cambiará pero nosotros seguiremos siendo exactamente iguales.

Y puede ser que ante esta “normalidad” nos podamos librar de esa angustia por el futuro y en una de esas… hasta encontremos un poco de felicidad y consuelo.

Publicado originalmente en Vértigo

26/4/20

MAMÁ… EL COVID-19 TAMBIÉN INFECTÓ A MI FURIA

¿Se acuerdan de las grandes protestas globales del año pasado? ¿De la marcha feminista de hace apenas dos meses? Pues el COVID-19 acabó con todo esto y nos volvió obedientes y dóciles ante el gobierno.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

¿Cómo va ese aislamiento? ¿Bien? ¿Más o menos? Pues falta mucho, así que... ¡Arriba y adelante!, como dijo Echeverría.

Volviendo a la paupérrima realidad, quizás recuerden que en mi columna anterior les conté cómo el COVID-19 ya destruyó a la economía mundial y al orden democrático global. Poca cosa… Aún así, hoy quiero pedirles nuevamente que agreguen a su lista de preocupaciones otro detallito: la destrucción de nuestro espíritu de protesta.

Quizás tras largas semanas de aislamiento su memoria los confunda. Pero el año pasado estuvo marcado por un extraordinario torbellino de furor popular: una explosión de rabia y hartazgo contra la desigualdad económica, de género, y el abuso de poder de todo tipo.

Les despejo su memoria: tan sólo en 2019 vimos movilizaciones masivas en Chile, Ecuador, Líbano, Argentina, Uruguay, Haití, España, Irak, y Hong Kong. Tanto en Bolivia como en Sudán, la población incluso derrocó a sus líderes cleptocráticos en busca de modelos gubernamentales más representativos.

¡No se vayan tan lejos! Piensen en el inicio de este glorioso año, donde incluso yo realicé una predicción (ahora desafortunada): que en temas de protestas el 2020 sería igual o más intenso que el anterior. Y mi pronóstico parecía cumplirse: en Chile las protestas semanales continuaban, presionando por una reducción a los aplastantes costos para mantener una vida digna básica.

¡Y cómo olvidar el tsunami de las féminas! ¡La energía de las marchas para defender los derechos de la mujer! ¡La República Femenina en marcha! ¡Hace apenas mes y medio!

Pero hoy... silencio: un silencio sepulcral, virulento y contagioso.

Porque no sólo las protestas se han detenido, sino que ahora cientos de millones de personas se encierran en sus casas de manera dócil y obediente. En todo el mundo, el COVID-19 parece haber congelado los sueños de cambio social y la lucha por la igualdad económica y de género.

“¡Pronto volveremos a las calles!”, dirá un activista trasnochado. Pues no lo creo… Ya las autoridades gubernamentales -a quien tanto caso hacen ahora- advierten que la crisis sanitaria terminará durando meses. Y los chinos dicen que ya esperan una segunda oleada del COVID-19 para noviembre. Aislamiento eterno. El cuento de nunca acabar…


Lo peor -para variar- se lo llevan las mujeres. Porque si algo nos dejará esta cuarentena es un serio retroceso para el movimiento feminista contemporáneo. No sólo las mujeres son las primeras en perder sus empleos (los datos me respaldan), sino que estamos viendo un auge macabro de violencia doméstica. La Red Nacional de Refugios indicó que en lo que llevamos de aislamiento, las llamadas por violencia de género aumentaron un 60%. Lo mismo en España, Francia, Estados Unidos...

¿Qué hacer entonces?

No hay una respuesta sencilla, pero sí existen acciones que podemos realizar hoy mismo: recuperar inmediatamente esa chispa de rabia que movió al mundo hace apenas unos meses. Dejar de estar aletargados por el encierro. Recordar la multitud de problemas que son peores y más importantes que un virus de baja letalidad (feminicidios, cambio climático). Exigir el regreso a nuestra vida productiva. Dejar de ser dóciles y de aceptar sin chistar las medidas draconianas que son pan de cada día; todo mientras la economía se desmorona, los trabajos desaparecen, la violencia doméstica incrementa y la pobreza se multiplica.

¿Quieren ser antisistema? Ser antisistema hoy implica dejar de temer a un virus poco mortal; dejar de creer ciegamente en las “recomendaciones” del gobierno; rescatar la individualidad.

O también se pueden quedar encerrados y nos vemos en el 2021.


Publicado originalmente en Vértigo

13/4/20

MAMÁ… EL COVID-19 INFECTÓ A MI DEMOCRACIA

Numerosos analistas han apuntado que la historia está llena de momentos oscuros donde la población aterrada corre a buscar el manto protector del Estado. Para los gobernantes, estas crisis llegan “como anillo al dedo” y utilizan la oportunidad  para aumentar su poder y eliminar las libertades políticas de una ciudadanía temerosa.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Ahora que están encerrados en cuarentena, les voy a pedir que sumen a su lista de preocupaciones un artículo más: ¿Se acuerdan que el COVID-19 ya destruyó a la economía global? Bueno… pues agréguenle a eso la destrucción del orden democrático en el mundo.

Numerosos analistas han apuntado que la historia está llena de momentos oscuros donde la población aterrada corre a buscar el manto protector del Estado. Para los gobernantes, estas crisis llegan “como anillo al dedo” y utilizan la oportunidad  para aumentar su poder y eliminar las libertades políticas de una ciudadanía temerosa.

Pues la crisis actual no es excepción a la regla. Alrededor del mundo, numerosos gobiernos han utilizado al virus como catalizador para centralizar el poder, reprimir derechos humanos y avanzar en el camino del autoritarismo.


Poco menos podríamos esperar de gobiernos que ya mostraban inclinaciones para el autoritarismo. Sea Hong Kong, India, Rusia, Turquía, Tailandia o diversas monarquías árabes, los gobiernos de estos lugares han tomado a la epidemia como excusa perfecta para arrestar disidentes, reprimir a periodistas, prohibir grandes reuniones públicas, o decretar nuevas leyes para reprimir cualquier intento de protesta social.

Pero esto también se manifiesta en regímenes considerados democráticos. En Bolivia, el gobierno interino de Jeanine Áñez ha decidido posponer las elecciones presidenciales programadas para mayo. Áñez llegó al poder tras el fraude electoral y exilio de Evo Morales, y ahora todo indica que su intención real es permanecer en el poder y usar al coronavirus como pretexto para torcer las reglas democráticas y perseguir a la oposición.

Otro caso delicado es Israel. Por décadas una democracia vibrante, en los últimos años ha caído en las garras chauvinistas del primer ministro Benjamin “Bibi” Netanyahu. Bibi ahora está acusado de corrupción, pero aprovechó la pandemia para aplazar su juicio penal y retrasar la formación de un gobierno funcional, impidiendo así que el parlamento recién electo pueda aprobar una ley que evitaría -qué casualidad- que un político acusado de corrupción -como Netanyahu- pueda ser primer ministro.

Nadie ha mostrado mayor cinismo por las reglas democráticas como Hungría. Ahí, el tiranillo Viktor Orbán utilizó la turbulencia del COVID-19 para pasar una serie de reformas constitucionales que le otorgan poderes dictatoriales y la capacidad para gobernar por decreto. Con las nuevas reglas, Orbán puede ignorar las leyes a voluntad y ha penalizado con cinco años de cárcel la difusión de información falsa (dejando a discreción personal qué es verdad y qué es fake news). Lo peor es que su extensión de poderes no tiene fecha de caducidad. Sin temor a equivocarme, puedo decir que estamos presenciando el nacimiento de una verdadera dictadura en el corazón de la Unión Europea. 

En México apenas iniciamos con las medidas de emergencia, las cuales nos han dicho se tomarán con respeto a los derechos humanos. Lo que sigue es asegurarnos que esto suceda al pie de la letra. No podemos permitir que el pánico destruya nuestra frágil democracia. Toda acción gubernamental debe tener límites claros y temporalidades fijas.

No es que debamos desconfiar del gobierno, sino que debemos desconfiar todavía más de una ciudadanía temerosa, dispuesta a intercambiar libertades por seguridad. Lo importante es que al final de esta crisis nuestra democracia siga en pie, ya que muchos países no tendrán la misma suerte. 

Una cosa es despertar y saber que el dinosaurio sigue ahí… otra muy distinta es encontrarnos a un gigantesco Leviatán.

¡Aguas!

Publicado originalmente en Vértigo