10/5/20

LA NORMALIDAD EXTRAVIADA

¿Realmente podemos hablar de “normalidad” en la era post-Covid? No lo sé, pues todo indica que el mundo de hace apenas unas semanas no estará esperándonos cuando salgamos de casa.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Para aligerar estos estériles días, empecemos con una frase de nuestro amigo Voltaire: “Todos buscamos la felicidad, sin saber dónde encontrarla, como los borrachos buscan su casa sabiendo que tienen una”.

Así me imagino a millones de personas que deben estar enredadas en espesas telarañas tras mes y medio de encierro. “¿Existirá la felicidad?”, quizás se pregunten en la oscuridad. “Sí…” -responden murmurando- “sólo que está perdida, como esas casas de los borrachos” (y borrachas, no discriminemos).

Pero si la felicidad está extraviada, el futuro también parece estarlo. Nadie puede planear su porvenir en medio de tanta incertidumbre; sin saber cuándo terminará esta pesadilla ni cuándo seremos libres de nuestras propias paredes.

Por fortuna, ya existe algo de claridad frente a estas dudas: la normalidad -dicen los que saben- regresará en un par de meses.

¿Normalidad? ¿Realmente podemos hablar de “normalidad” en la era post-Covid? No lo sé, pues todo indica que el mundo de hace apenas unas semanas no estará esperándonos cuando salgamos de casa.


Primero la economía. En pocas semanas, millones de personas regresarán a las calles para… quedarse en las calles. Jonathan Heath, subgobernador del Banxico, comentó que la tasa de desempleo en México puede superar el 10.7% por la crisis que se avecina. Sumen a esto el cierre de miles de empresas, una estrepitosa recesión económica y que Pemex tendrá que ser regalado a esas personas que piden fierro viejo.

A nivel global, hablé en otra columna sobre el nuevo auge de las fuerzas autoritarias. Dictadorzuelos que utilizan la crisis para promover medidas de represión política y control social. Esto se complementa con la capacidad que tienen los gobiernos para espiarnos a través de nuestros propios celulares (ahora bajo la excusa de monitorear a los enfermos) que pronto podrían ser abusada con intenciones más perversas y Orwellianas.

El proceso de la globalización también se verá afectado, particularmente con la caída del comercio internacional (-32% para finales del año). A esto agreguen la visión de algunos países como EUA que ahora ven al proteccionismo económico, al cierre de fronteras y al fin de la inmigración como respuestas y modelos a seguir.

“¡Pero eso no importa” -dirá algún cándido, “lo importante son los cambios personales que lograremos en la cuarentena”.

Y claro, hoy es común encontrar en las redes sociales a soñadores melosos expresando cómo el encierro los enseñó a valorar a los amigos nuevamente; a meditar su relación con la naturaleza; a repensar su alimentación y su consumismo.

¿Será esta la felicidad extraviada? ¿Una especie de “transformación” humanista? ¡Ni lo crean! Porque si algo difícilmente cambiará será nuestro comportamiento como civilización.

Bien indicó el filósofo Fernando Savater, que a pesar de la actitud moralizante que vemos en muchas personas, al final absolutamente nada cambiará tras la pandemia. “Estaremos encantados cuando esto acabe y simplemente querremos recuperar nuestra vida anterior”.

Porque las epidemias han existido durante milenios y nunca han cambiado nuestra actitud como especie. Tal como sentencia Savater: “los individuos seguían siendo iguales. Y ahora pasará lo mismo. ¡Todos volveremos a ser una panda de individualistas!”

¿Entonces cuál es la moraleja? Pues quizás el error sea creer que hay una lección en esta pandemia. Si acaso, el mundo cambiará pero nosotros seguiremos siendo exactamente iguales.

Y puede ser que ante esta “normalidad” nos podamos librar de esa angustia por el futuro y en una de esas… hasta encontremos un poco de felicidad y consuelo.

Publicado originalmente en Vértigo

26/4/20

MAMÁ… EL COVID-19 TAMBIÉN INFECTÓ A MI FURIA

¿Se acuerdan de las grandes protestas globales del año pasado? ¿De la marcha feminista de hace apenas dos meses? Pues el COVID-19 acabó con todo esto y nos volvió obedientes y dóciles ante el gobierno.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

¿Cómo va ese aislamiento? ¿Bien? ¿Más o menos? Pues falta mucho, así que... ¡Arriba y adelante!, como dijo Echeverría.

Volviendo a la paupérrima realidad, quizás recuerden que en mi columna anterior les conté cómo el COVID-19 ya destruyó a la economía mundial y al orden democrático global. Poca cosa… Aún así, hoy quiero pedirles nuevamente que agreguen a su lista de preocupaciones otro detallito: la destrucción de nuestro espíritu de protesta.

Quizás tras largas semanas de aislamiento su memoria los confunda. Pero el año pasado estuvo marcado por un extraordinario torbellino de furor popular: una explosión de rabia y hartazgo contra la desigualdad económica, de género, y el abuso de poder de todo tipo.

Les despejo su memoria: tan sólo en 2019 vimos movilizaciones masivas en Chile, Ecuador, Líbano, Argentina, Uruguay, Haití, España, Irak, y Hong Kong. Tanto en Bolivia como en Sudán, la población incluso derrocó a sus líderes cleptocráticos en busca de modelos gubernamentales más representativos.

¡No se vayan tan lejos! Piensen en el inicio de este glorioso año, donde incluso yo realicé una predicción (ahora desafortunada): que en temas de protestas el 2020 sería igual o más intenso que el anterior. Y mi pronóstico parecía cumplirse: en Chile las protestas semanales continuaban, presionando por una reducción a los aplastantes costos para mantener una vida digna básica.

¡Y cómo olvidar el tsunami de las féminas! ¡La energía de las marchas para defender los derechos de la mujer! ¡La República Femenina en marcha! ¡Hace apenas mes y medio!

Pero hoy... silencio: un silencio sepulcral, virulento y contagioso.

Porque no sólo las protestas se han detenido, sino que ahora cientos de millones de personas se encierran en sus casas de manera dócil y obediente. En todo el mundo, el COVID-19 parece haber congelado los sueños de cambio social y la lucha por la igualdad económica y de género.

“¡Pronto volveremos a las calles!”, dirá un activista trasnochado. Pues no lo creo… Ya las autoridades gubernamentales -a quien tanto caso hacen ahora- advierten que la crisis sanitaria terminará durando meses. Y los chinos dicen que ya esperan una segunda oleada del COVID-19 para noviembre. Aislamiento eterno. El cuento de nunca acabar…


Lo peor -para variar- se lo llevan las mujeres. Porque si algo nos dejará esta cuarentena es un serio retroceso para el movimiento feminista contemporáneo. No sólo las mujeres son las primeras en perder sus empleos (los datos me respaldan), sino que estamos viendo un auge macabro de violencia doméstica. La Red Nacional de Refugios indicó que en lo que llevamos de aislamiento, las llamadas por violencia de género aumentaron un 60%. Lo mismo en España, Francia, Estados Unidos...

¿Qué hacer entonces?

No hay una respuesta sencilla, pero sí existen acciones que podemos realizar hoy mismo: recuperar inmediatamente esa chispa de rabia que movió al mundo hace apenas unos meses. Dejar de estar aletargados por el encierro. Recordar la multitud de problemas que son peores y más importantes que un virus de baja letalidad (feminicidios, cambio climático). Exigir el regreso a nuestra vida productiva. Dejar de ser dóciles y de aceptar sin chistar las medidas draconianas que son pan de cada día; todo mientras la economía se desmorona, los trabajos desaparecen, la violencia doméstica incrementa y la pobreza se multiplica.

¿Quieren ser antisistema? Ser antisistema hoy implica dejar de temer a un virus poco mortal; dejar de creer ciegamente en las “recomendaciones” del gobierno; rescatar la individualidad.

O también se pueden quedar encerrados y nos vemos en el 2021.


Publicado originalmente en Vértigo

13/4/20

MAMÁ… EL COVID-19 INFECTÓ A MI DEMOCRACIA

Numerosos analistas han apuntado que la historia está llena de momentos oscuros donde la población aterrada corre a buscar el manto protector del Estado. Para los gobernantes, estas crisis llegan “como anillo al dedo” y utilizan la oportunidad  para aumentar su poder y eliminar las libertades políticas de una ciudadanía temerosa.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Ahora que están encerrados en cuarentena, les voy a pedir que sumen a su lista de preocupaciones un artículo más: ¿Se acuerdan que el COVID-19 ya destruyó a la economía global? Bueno… pues agréguenle a eso la destrucción del orden democrático en el mundo.

Numerosos analistas han apuntado que la historia está llena de momentos oscuros donde la población aterrada corre a buscar el manto protector del Estado. Para los gobernantes, estas crisis llegan “como anillo al dedo” y utilizan la oportunidad  para aumentar su poder y eliminar las libertades políticas de una ciudadanía temerosa.

Pues la crisis actual no es excepción a la regla. Alrededor del mundo, numerosos gobiernos han utilizado al virus como catalizador para centralizar el poder, reprimir derechos humanos y avanzar en el camino del autoritarismo.


Poco menos podríamos esperar de gobiernos que ya mostraban inclinaciones para el autoritarismo. Sea Hong Kong, India, Rusia, Turquía, Tailandia o diversas monarquías árabes, los gobiernos de estos lugares han tomado a la epidemia como excusa perfecta para arrestar disidentes, reprimir a periodistas, prohibir grandes reuniones públicas, o decretar nuevas leyes para reprimir cualquier intento de protesta social.

Pero esto también se manifiesta en regímenes considerados democráticos. En Bolivia, el gobierno interino de Jeanine Áñez ha decidido posponer las elecciones presidenciales programadas para mayo. Áñez llegó al poder tras el fraude electoral y exilio de Evo Morales, y ahora todo indica que su intención real es permanecer en el poder y usar al coronavirus como pretexto para torcer las reglas democráticas y perseguir a la oposición.

Otro caso delicado es Israel. Por décadas una democracia vibrante, en los últimos años ha caído en las garras chauvinistas del primer ministro Benjamin “Bibi” Netanyahu. Bibi ahora está acusado de corrupción, pero aprovechó la pandemia para aplazar su juicio penal y retrasar la formación de un gobierno funcional, impidiendo así que el parlamento recién electo pueda aprobar una ley que evitaría -qué casualidad- que un político acusado de corrupción -como Netanyahu- pueda ser primer ministro.

Nadie ha mostrado mayor cinismo por las reglas democráticas como Hungría. Ahí, el tiranillo Viktor Orbán utilizó la turbulencia del COVID-19 para pasar una serie de reformas constitucionales que le otorgan poderes dictatoriales y la capacidad para gobernar por decreto. Con las nuevas reglas, Orbán puede ignorar las leyes a voluntad y ha penalizado con cinco años de cárcel la difusión de información falsa (dejando a discreción personal qué es verdad y qué es fake news). Lo peor es que su extensión de poderes no tiene fecha de caducidad. Sin temor a equivocarme, puedo decir que estamos presenciando el nacimiento de una verdadera dictadura en el corazón de la Unión Europea. 

En México apenas iniciamos con las medidas de emergencia, las cuales nos han dicho se tomarán con respeto a los derechos humanos. Lo que sigue es asegurarnos que esto suceda al pie de la letra. No podemos permitir que el pánico destruya nuestra frágil democracia. Toda acción gubernamental debe tener límites claros y temporalidades fijas.

No es que debamos desconfiar del gobierno, sino que debemos desconfiar todavía más de una ciudadanía temerosa, dispuesta a intercambiar libertades por seguridad. Lo importante es que al final de esta crisis nuestra democracia siga en pie, ya que muchos países no tendrán la misma suerte. 

Una cosa es despertar y saber que el dinosaurio sigue ahí… otra muy distinta es encontrarnos a un gigantesco Leviatán.

¡Aguas!

Publicado originalmente en Vértigo

30/3/20

EL DECAMERÓN REGIÓN 4

Es vital y fundamental no caer en pánico con el COVID-19 y confiar en nuestro sistema inmunológico para sortear esta crisis. Recuerda: ¡Sólo tú puedes evitar el apocalipsis!


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú
@DelgadoCantu


¡Llegó el imperio del COVID-19! Pero ya que estamos en cuarentena, emulemos mejor a Giovanni Boccaccio y contemos historias de amor, fortuna y epidemias. Yo empiezo.

Hace dos meses me enfermé de una fiebre que me zarandeó durante una semana (no era coronavirus, que conste). Quizá fue mi edad o quizás los excesos y vicios, pero pocas veces había pasado más de cinco días en calidad de pantufla vieja. Si de algo puedo jactarme, es de tener un sistema inmunológico entrenado por la Mossad: entra un bicho a mi cuerpo y mis células blancas lo hacen pedazos.

El gran drama vino después: Mi novia se enteró de mi padecimiento y entró en cólera, acusándome de “inconsiderado”, “necio” y “patán” por rehusarme a visitar a un médico. Como hombre sensato, hice una retirada táctica y decidí acudir con un doctor al día siguiente. Su veredicto: “Tienes fiebre y la garganta inflamada, toma estos antibióticos y antigripales”.

Sin decirle a mi mujer, decidí ignorar la parte de los antibióticos. Dormí 12 horas dopado con paracetamol y amanecí como nuevo al día siguiente. Mi novia se enteró de todo y aún me recrimina por los antibióticos.

¿Cuál es la moraleja? Hay dos: No discutan con su mujer por tonterías; y nunca jamás tomen antibióticos si no tienen un diagnóstico grave.

Ahora que vivimos bajo la sombra de una epidemia global, este tema vuelve a ser apremiante. ¡La gente se está medicando en exceso! Esto no sólo debilita nuestros sistemas inmunológicos, sino que permite el surgimiento de superbacterias que resisten a los fármacos y amenazan con destruir a la civilización.


Ahí les van un par de cifras, cortesía de la CDC y la OMS:
1. Cada 15 minutos, una persona en EE.UU muere por una infección que no pudo ser tratada con antibióticos. Esto suma 35,000 muertes al año.

2. Más de 700,000 personas mueren al año en todo el mundo por enfermedades que resistieron a los medicamentos.

3. Si no hacemos cambios radicales, podríamos sumar 10 millones de muertes a causa de resistencia antibiótica en el 2050.

La periodista Sigal Samuel explica en VOX: “La resistencia a los medicamentos sucede cuando usamos antibióticos en exceso en humanos, animales y cultivos. Un nuevo antibiótico puede tener excelentes resultados, pero las bacterias se adaptan. Poco a poco el antibiótico se vuelve menos efectivo y nos queda una enfermedad que no sabemos cómo tratar”. Un culpable son doctores que recetan antibióticos para casos que no los requieren y ni se benefician de ellos, como resfriados y gripes.

Hoy nuestro enemigo número 1 es el COVID-19 (un virus). Pero si algo sabemos de este bicho es que tiene una tasa de letalidad baja, donde incluso el 95% de los infectados son asintomáticos (80%) o tienen reacciones moderadas (15%). Esto quiere decir que no existe ninguna razón para caer en delirios fatalistas.

¿Qué les intento decir? Que es vital y fundamental no caer en pánico con el mentado virus y confiar en nuestro sistema inmunológico para sortear esta crisis. Imaginen que es cualquier gripe que hayan sufrido en el pasado: si te sientes poco enfermo, no te auto-mediques, quédate en casa, toma electrolitos y duerme 12 horas. Ojo: si tus síntomas son graves, por bondad, vista al médico.

Pero crear pánico, cerrar la economía y dañar al 95% que no está en riesgo es absurdo. La racionalidad es lo único que nos va a salvar de esta crisis. Y al final esto aplica igual con los antibióticos: sólo siendo inteligentes y evitando el pánico evitará que nos mediquemos como idiotas, previniendo en el proceso la aparición de las superbacterias que acabarán (quizás) con el mundo.

Recuerda: ¡Sólo tú puedes evitar el apocalipsis!


Publicado originalmente en Vértigo

16/3/20

LA FAMILIA TERMONUCLEAR

El período en que floreció la familia nuclear no fue normal. Fue un momento histórico extraño cuando toda la sociedad conspiró para ocultar su fragilidad esencial.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Escribo esta columna el 9 de marzo, pero no caeré en las marismas de la marcha del 8M y el paro del 9M. Acepto que la violencia contra las mujeres es la temática más relevante del momento -¡y con justa razón! Pero presiento que cualquier cosa que diga será usada en mi contra. Así que me recuso del tema por considerarlo fuera de mi jurisdicción. Si de algo sirve, estoy a favor de la incipiente República Femenina.

¿De qué hablar entonces en estos tiempos aciagos y turbulentos? Ahí les va una propuesta: hablemos de la familia. Esperen… ¡No se vayan! Les juro que no voy a ponerme moralino.

Mi preocupación viene de un artículo de David Brooks publicado en The Atlantic titulado: “La familia nuclear ha sido un error”. Ahí, Brooks hace una radiografía de las familias gringas y emite un veredicto fulminante: la familia nuclear va en contra de toda organización histórica de la humanidad y debe caer para permitir nuevas y mejores organizaciones sociales.

Nadie cuestiona que durante un brevísimo periodo del siglo XX (los 50s y 60s) la familia nuclear tuvo su momento de gloria. Pero según Brooks, es un modelo insostenible y lo estamos viendo desmoronarse frente a nuestro ojos. “El período en que floreció la familia nuclear no fue normal. Fue un momento histórico extraño cuando toda la sociedad conspiró para ocultar su fragilidad esencial”, indica.

La familia nuclear se está destruyendo por numerosas razones. En lo institucional, por la transformación de la estructura socio-económica que proveía de estabilidad a largo plazo. En lo económico por la caída de los sueldos y la entrada de las mujeres a la fuerza laboral. En lo cultural, porque la sociedad es más individualista y valora su privacidad y autonomía. 


En México aún no vemos este colapso, pero ya comenzamos a ver grietas. De acuerdo con el INEGI, en 1970 el 80.7% de las familias eran nucleares, cifra que bajó a 64.2% en 2010. Por su parte, las familias no nucleares (que involucran a personas más allá de los padres) incrementó del 19.3% al 36.1%. Los hogares biparentales cayeron 3% durante los últimos 4 años, pasando del 57% en 2014 a 53.8% en el 2017.

A esto hay que sumar una disminución en la tasa de fecundidad (2.4 hijos a 1.7 en los últimos 20 años), un crecimiento de mujeres al frente de la familia (24.6% en 2010 a 29% en 2015); y un incremento en hogares no familiares (6.2% en 1995 a 9.3% en 2010).

Antes de que se alebresten, subrayo que no insinúo que estos cambios sean negativos por sí mismos. Sólo quiero apuntar que las familias en México también están pasando por una transformación y que mantener a la familia nuclear como estándar es una batalla perdida. 

¿Qué hacer entonces? La respuesta de Brooks es muy clara. Debemos repensar el concepto de familia y eliminar a la familia nuclear como arquetipo ideal que aún persiste en el imaginario colectivo, y que termina por generar aislamiento,, soledad y una permanente estigmatización para quien no lo cumple.

Queda claro que es imposible volver a las familias extendidas (modelo dominante durante milenios) porque somos una sociedad que valora demasiado la privacidad y el individualismo. Pero sí podemos comenzar a crear “familias forjadas”, donde personas con intereses mutuos (amigos, vecinos) se unen para apoyarse y sostenerse unos a los otros. Recordemos que en el fondo, las familias son simples redes de protección para superar los momentos más difíciles de la vida.

Mi propuesta: compren una botella de vino e inviten a un amigo querido. Quizás sea momento de comenzar a tejer esa solidaridad y cercanía que tanto parece hacernos falta.

¡Salud!

Publicado originalmente en Vértigo

2/3/20

EL DICTADOR NO TIENE QUIEN LO CURE

Mientras una dictadura facilita la acumulación de información, también es característica distintiva de los sistemas autoritarios la dificultad de admitir errores y autocorregirse.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Terminamos la columna anterior con ánimos elevados: ¡El coronavirus es un aliado para frenar las ambiciones globales de China!

¿Por qué es importante esto? Porque el ascenso del Imperio Chino representa la mayor amenaza a la democracia liberal en el mundo; y lo que ocurra en esta primera mitad del siglo XXI determinará si Beijing dominará la geopolítica global en el mediano plazo. Que nadie los engañe: estamos en una nueva Guerra Fría y la libertad de todos está en juego.

Hace un par de días acudí a una charla organizada por Kybernus en el COLMEX sobre “Libertad y Liderazgo: Desafíos en el Siglo XXI”. Ahí, el exEmbajador de México ante la ONU, Enrique Berruga, resumió de manera impecable el embrollo: “La libertad cada día se ve más coartada, y el mundo tendrá que elegir entre el modelo centralizado de China o el modelo caótico de las democracias”.

¿Y quién va ganando? Hasta hace poco, el viento de la historia parecía soplar a favor de Beijing, en parte porque los defensores del liberalismo brillan por su ausencia: Europa sigue en espirales tras el Brexit y EUA sufre de delirio esquizofrénico.

Aprovechando la turbulencia, los chinos van a la ofensiva: avanzan de manera vertiginosa en la implementación del Sistema de Crédito Social (espionaje masivo a través de apps); en el uso de tecnología de reconocimiento facial y mantienen un archipiélago de gulags en la provincia de Xinjiang para encarcelar a millones de disidentes. A esto sumemos su inquebrantable crecimiento económico y su red global de aliados con la Nueva Ruta de la Seda.

Lo anterior son seductores cantos de sirena para los indecisos. ¿Qué tan malo puede ser un sistema autoritario si a los chinos les va de maravilla?

Incluso autores como Yuval Noah Harari advertían que las dictaduras están mejor equipadas para navegar en el mundo moderno, ya que con la Inteligencia Artificial pueden crear un autoritarismo digital inteligente, donde los gobiernos son cada día más eficientes para reprimir, controlar y castigar a sus ciudadanos.

¿Y entonces? ¿Se perdió la guerra?



¡Pues no! Entra de nuevo en escena el mentado coronavirus para sacudir su poca fe en el liberalismo y disipar los espejismos de las dictaduras “¿Cómo el coronavirus?”, preguntarán sorprendidos. Pues sí… el coronavirus es hoy el detonante de la mayor crisis que afecta a la maquinaria totalitaria de Xi Jinping.

Richard Hass (presidente del Council on Foreign Relations) nos ilumina diciendo que la legitimidad política en China se basa en gran medida en su desempeño económico; y los ciudadanos han aceptado restricciones a sus libertades a cambio de un mejor nivel de vida. En este tema, el coronavirus ya causa estragos, “lo que significa que una situación menos que ideal está empeorando rápidamente”, dice Hass.

Sumado a esto, su sistema centralizado evitó que las autoridades pudieran detener al virus cuando primero se detectó a finales de 2019. Esto debido a la parálisis gubernamental que ha surgido como consecuencia de la consolidación masiva de poder en torno a Xi, lo que deja a los funcionarios provinciales incapaces -o temerosos- de actuar sin la bendición del jefe central.

Así que mientras una dictadura facilita la acumulación de información, también “es característica distintiva de los sistemas autoritarios la dificultad de admitir errores y autocorregirse”, indica Hass. 

Todavía falta mucho para saber quién ganará la Guerra Fría del siglo XXI. Pero algo ha quedado claro: un sistema centralizado parecerá bueno para muchas cosas, pero hoy demuestra que no puede ni detener un simple catarro.

¡Salud!

Publicado originalmente en Vértigo

17/2/20

UN VIRUS CONTRA LA DICTADURA

Frente a este panorama, se vuelve urgente analizar las consecuencias que la crisis del COVID-19 tendrá en la imagen, la estabilidad política y el crecimiento de China.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú


¡Ahora sí se armó la gorda! Para todos los Panglossianos que decían que todo saldría bien, la realidad se les desbordó y ahora nos amenaza con visiones dantescas. Es un hecho: ¡Tenemos una emergencia de salud pública global! 

A final de cuentas, el mentado coronavirus salió más cabrón que bonito y la OMS tuvo que salir a decirnos que las cosas van muy mal. ¿Qué tan mal? Pues esta emergencia de salud es 1 de las 6 que la OMS ha emitido en su historia. ¡Un despapaye!

Al momento de escribir esto, las cifras oficiales son: 40,536 casos confirmados en China con 910 muertes; más de 25,000 sospechas de infecciones; y más de 25 países que han confirmado la presencia de la enfermedad. ¿Lo peor? Seguimos sin ningún medicamento efectivo.

Frente a este panorama, se vuelve urgente analizar las consecuencias más allá de la salud pública. Principalmente, ver cómo la crisis afectará la imagen, la estabilidad política y el crecimiento de China. Pero vámonos lento porque vamos lejos.



Reputación: Primero hablemos del impacto reputacional que está recibiendo China por su cochinero. No sólo hemos visto brotes de xenofobia alrededor del mundo, donde los chinos son vistos como focos de infección; también el Departamento de Estado de EUA emitió una alerta de viaje, pidiendo que nadie visite al país asiático; a esto se suman varias aerolíneas que han decidido dejar de volar hacia China. Por si fuera poco, el gobierno de Xi Jinping prohibió a 50 millones de ciudadanos salir de la provincia de Hubei, el epicentro de la enfermedad. Y si la epidemia llegara a afectar a las Olimpiadas en Tokio, todo el mundo culpará a China. ¡Terrible óptica y publicidad para una potencia emergente!

Economía: Una mala imagen suele traducirse en mala economía, y el crecimiento de 6% que China había previsto en su PIB para el 2020 tendrá que recortarse. Si a esto sumamos las caídas en la Bolsa de Valores, las pérdidas en comercios e industria, y la disrupción en las cadenas de producción, tenemos un problemón gordo. Nada tonto, el secretario de Comercio de EUA, Wilbur Ross, salió en Fox News a decir que esta situación “ayudará a acelerar el regreso de trabajos a América del Norte”. ¡Muy abusado el viejito!

Legitimidad: Otro reto mayúsculo para el Partido Comunista Chino (PCC) es mantener su legitimidad frente a esta crisis. Taisu Zhang, profesor en la Yale Law School indica que a diferencia de otros problemas políticos cuestionables (reforma del 2018 que permite la reelección indefinida, la crisis de Hong Kong, etcétera), “la situación actual constituye un problema mucho más severo para la legitimidad política” del PCC. Mientras los problemas anteriores eran censurados por la policía cibernética, el coronavirus afecta de manera directa a la ciudadanía, lo que se traduce en muestras de odio y frustración rara vez vistas en un país caracterizado por su opresiva censura. Es un hecho que la población está sumamente molesta por la ineptitud del gobierno central, lo que obligó a Xi Jinping a relajar su postura dictatorial, permitiendo por momentos críticas en Internet, la prensa escrita e incluso en los medios oficiales del partido.

Eso sí... en estos tiempos inciertos no podemos olvidar el costo humano que conlleva una crisis epidemiológica. Pero para aquellos que ven con recelo el auge de una China totalitaria como potencia mundial, la aparición del coronavirus resulta benéfica en términos geopolíticos, pues erosiona (por lo menos un poco) el poder de Xi y sus secuaces.

En esta batalla contra las fuerzas totalitarias, todos los aliados cuentan, incluso los microscópicos.

Texto publicado originalmente en Vértigo

3/2/20

EL ATAQUE DEL CORONAVIRUS ATÓMICO

La fantasía de una Guerra Mundial es horrible, pero nos remite a un tiempo cuando había más simplicidad, o al menos una sensación de mayor simplicidad, y existía una percepción clara entre el bien y el mal.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

¿Alguien me puede explicar qué fregados sucede? Porque quizás ni se enteraron, pero desde que inició el 2020 hemos tenidos dos acercamientos con el fin del mundo. Lo peor es que en vez de reaccionar con prudencia y seriedad ante el posible Armagedón, la raza prefiere volcarse a las redes sociales para señalar que la potencial hecatombe les importa tres kilos de chorizo toluqueño.

El primer jinete del Apocalipsis se asomó tras el asesinato del general iraní Qasem Soleimani, el cual fue tomado por muchos como el inicio de un conflicto bélico entre Irán y EE.UU., que podría desbordarse para incluir a Rusia y de ahí -¿por qué no?- acabar en guerra termonuclear.

Ahora el segundo caballero negro llega como un extraño virus de China que ha infectado a numerosos países (¡incluyendo a México!). ¿Pero alguien se preocupa? ¡Faltaba más! La gente manda memes y espera una pandemia global. En serio… parecen niños salvajes de la obra de Golding: “¡Córtale el cuello, mata al cerdo, derrama su sangre!”

Mi enorme consternación frente todo esto hace que mi memoria regrese a una antiquísima columna que publiqué en estas páginas. ¡La segunda para ser exactos! (Vértigo #753, “Apocalipsis Ahora”) 

En ese momento yo juzgaba a las religiones organizadas como las principales culpables de nuestra fijación con el Día del Juicio Final. Pelen los ojos y lean mi aguerrida retórica: “desde el Zoroastrismo en Persia hasta las corrientes judeo-cristianas ahora globalizadas, la mayoría de las religiones han tenido una fascinación por el fin de los tiempos; por llegar a esa culminación cósmica donde la luz destruye a la oscuridad; donde la cizaña es lanzada al fuego; donde los elegidos son salvados por un Mesías que regresa a impartir justicia divina”. ¡Papaya de Celaya! ¿Cómo ven mi flamante pluma de joven escritor jacobino?

Pero no estaba tan perdido en aquellos años. Basta revisar una encuesta del Pew Research Center (2019) para saber que el 20% de los cristianos gringos, cree que la Segunda Venida de Jesucristo (no empiecen) ocurrirá durante su vida. Por si no están actualizados con su Catecismo, el regreso de Yisus es señal inequívoca del Apocalipsis y, por ende, del fin de los tiempos.


Pero no me dejaré cegar por mi ateísmo otra vez. Así que busquemos una nueva explicación para entender lo que ocurre.

Hasta ahora, la única respuesta coherente que encontré es la de Ian Bogost, profesor del Georgia Tech y escritor en The Atlantic. ¿Qué propone él? Pues que al menos en el caso de Irán, la reacción en redes sociales no son necesariamente una señal de ignorancia, sino una búsqueda de confort frente a la incertidumbre en el caótico mundo contemporáneo.

Explica Bogost: “La fantasía de una Guerra Mundial es horrible, pero nos remite a un tiempo cuando había más simplicidad, o al menos una sensación de mayor simplicidad, y existía una percepción clara entre el bien y el mal”.

Esto significa que para tener sanidad mental necesitamos siempre de un enemigo claro, que imponga un orden psicológico al separar al mundo entre “buenos” y “malos”. De ahí también nuestra atracción a las películas apocalípticas (aliens, asteroides, epidemias zombies), donde toda la humanidad debe unirse y combatir a un invasor o enemigo común.

¿Mi respuesta? ¡Ya ni la amuelan! Y que con su pan se coman su incertidumbre. Porque si para calmar su ansiedad están queriendo la destrucción de la Tierra, nomás no cuenten conmigo.

Así que más vale que el Congreso pronto establezca el Instituto Mexicano del Cannabis, porque como dice aquella canción: “Johnny, la gente está muy loca”.

Publicado originalmente en Vértigo

20/1/20

AHORA SÍ NOS CAYÓ EL VEINTE

Siguiendo el ejemplo de Walter Mercado, les daré claridad sobre el porvenir. Aquí les digo lo que sucederá en el año 2020. ¡Avancemos sin miedo!

Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú


"Las predicciones", dice un viejo proverbio danés, "son peligrosas, especialmente cuando se tratan sobre el futuro”. 

Pero sería un columnista mediano y cobarde si no me pusiera mi gorro de nigromante y les dijera que conozco perfectamente lo que acontecerá en el futuro. 

Así que hoy dejarán de ser huérfanos, pues siguiendo el ejemplo de Walter Mercado, les daré claridad sobre el porvenir. Aquí les digo lo que sucederá en el año 2020. ¡Avancemos sin miedo!

1. Aguas con las elecciones gringas: ¡Oh sí! Todo el año seremos testigos del mayor espectáculo del mundo. Frente a las elecciones gringas, esos pelados del Cirque du Soleil o Hamilton son unos taqueros. El 03 de noviembre será el gran final: la elección que definirá el futuro de EUA y del mundo. ¿Quién será el campeón Demócrata? ¿Qué pasará si vuelve a ganar Trump? ¿O si pierde? ¿Se irá sin chistar de la Casa Blanca? ¿Habrá otra guerra civil? ¡Tantas preguntas exquisitas! ¡Agárrense!

2. El mentado Brexit: Si están ávidos de polémica y no quieren esperar a noviembre, basta con decirles que a finales de este mes veremos la calamitosa salida del Reino Unido del club europeo. La fecha fatídica es el 31 de enero. ¿Y luego qué pasa? Pues como bien dijo Cantinflas: “Ahí está el detalle, chatos”

3. Más mota legal: El año comenzó de maravilla para los amantes de la libertad y enemigos de la intervención gubernamental en la vida privada. El 01 de enero, se volvió legal comprar y fumar marihuana en el estado de Illinois (donde está Chicago). Esto eleva a 11 el número de estados donde la marihuana recreativa es permitida. Por si fuera poco, el gober de Nueva York anunció que durante el 2020 harán lo mismo en su estado. ¿Y aquí en México? Pues el Congreso tiene poco tiempo para regularizar la mota, aunque seguimos sin saber si será sólo para uso medicinal o si también tendremos uso lúdico. ¿Me canso ganso?

4. El Medio Oriente seguirá siendo un congal: Apenas habíamos salido de la cruda de Año Nuevo cuando nos enteramos que EUA asesinó a Qasem Soleimani, líder de las fuerzas Quds en Irán. Irán respondió lanzando misiles y hasta destruyó de manera accidental un avión comercial. Ahorita los ánimos están medio tranquilos, pero las oscuras nubes en el horizonte no presagian nada bueno. ¿Habrá una nueva guerra en el Medio Oriente? La realidad es que la guerra nunca terminó... ¡Misericordia, Allah!

5. Siguen las protestas globales: Si algo marcó al 2019 fueron las protestas masivas en todo el mundo, lideradas por ciudadanos encabritados por la corrupción, el nepotismo y las políticas económicas de austeridad. ¿Sucederá lo mismo en el 2020? Hasta ahora no hay señales de que sucederá algo radicalmente distinto en materia económica a nivel global. Sumado a esto, habrá que estar alertas por la elección general en Bolivia (mayo); Puerto Rico (noviembre); y elecciones parlamentarias en Venezuela (diciembre). ¡Puro despapaye!

Pero ahora reflexionemos: ¿Comenzamos mejor, igual o peor el 2020? Aquí cedo la palabra al genial Steven Pinker. Dice nuestro estimado intelectual: “El progreso es un hecho histórico. Los números muestran que en las últimas siete décadas los humanos han logrado (en promedio) una vida más larga, más saludable, más segura, más rica, más libre, más justa, más feliz e inteligente. Aún así,  el progreso no es una fuerza natural y las leyes del universo son indiferentes a nuestro bienestar, considerando que muchas más cosas pueden salir mal que bien”. 

¿Qué significa esto? Pues que si queremos mejorar solo hay un camino: ¡Hay que chingarle!

¡Ánimo!

Publicado originalmente en Vértigo

6/1/20

EN BUSCA DE LA DÉCADA PERDIDA

¿Cómo llegamos a la presente polarización y desesperanza? ¿Cómo arribamos a esta misantropía en un mundo desgarrado por turbulencia? Para descubrir esto y más, debemos hacer un viaje al pasado y revisitar los eventos más relevantes de la historia reciente. ¡Avancemos!


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú


¿Ya se dieron cuenta? ¡Estamos en la tercera década de siglo XXI! Momento perfecto para reflexionar sobre el tiempo pasado y perdido, porque... ¡qué congal armamos en los últimos 10 años!

¿Se acuerdan del inicio de la década anterior? Éramos solo unos niños saliendo de una burbuja rosa de ilusión y esperanza. Barack Obama se estrenaba como presidente y creímos que habría armonía racial en EUA (sí, como no); Xi Jinping era otro chino anónimo entre los 1,200 millones de aquel país; la raza presumía su Iphone 3 y Steve Jobs seguía vivo; y en México sufrimos los estragos de la misteriosa AH1N1 (AHLNL, para la maestra Gordillo). ¡Días de inocencia ahora perdida!

¿Qué pasó entonces? ¿Cómo llegamos a la presente polarización y desesperanza? ¿Cómo arribamos a esta misantropía en un mundo desgarrado por turbulencia?

Para descubrir esto y más, debemos hacer un viaje al pasado y revisitar los eventos más relevantes de la historia reciente. ¡Avancemos!



1. ¡Es la economía, estúpido! Imposible separar a la última década de los efectos globales que causó la crisis económica del 2008. Los Millennials fueron los más afectados, y probablemente se revierta la promesa del siglo XX, donde cada generación vivía mejor que la anterior. Hoy, la economía de mercado tiene una crisis de identidad y de marca, y con esto se erosionan también las bases de la democracia liberal. ¡Aguas!

2. ¡Y también el cambio climático! Junto con la crisis del capitalismo se exacerbó la del medio ambiente. Ya sabíamos que las cosas iban mal con el calentamiento global, pero nos hicimos güeyes y no actuamos. En los últimos años, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) y otros organismos de prestigio global dejaron claro que si no reaccionamos ahora -o más bien, ayer- veremos serios problemas para el 2030. ¡El tiempo está corriendo!

3. ¡Ave Imperator! También tuvimos una clara señal de un cambio de guardia en la geopolítica global. El momento fue en marzo del 2018, cuando el Partido Popular de China decidió permitir la reelección infinita del presidente Xi Jinping. Como emperador vitalicio de la segunda potencia económica, podemos esperar mayor confrontación entre China y el orden liberal de Occidente.

4. ¡Power to the women! Quién sabe en qué oleada andemos del feminismo, pero en los últimos 10 años vimos un tsunami de indignación, rabia y furia de las mujeres a nivel global. Sin importar el motivo de su ira, tienen toda la razón para estar encabritadas. ¡Fuerza, damas!

5. El fin de la privacidad. En una palabra: Facebook. Porque igual y no recuerdan, pero en 2009 Facebook era todavía una empresa algo desconocida, con poco más de 300 millones de usuarios. Hoy controla Whatsapp, Instagram y un montón de aplicaciones de uso diario. Pero la bronca de la privacidad sobrepasa a Facebook. La evolución tecnológica nos superó en los últimos 10 años, y nos deja huérfanos para entender las ramificaciones de estar conectados 24 horas al día al Internet. ¡Y viene peor!

Todo lo anterior explica parte del desastre en el que estamos metidos. Pero yo quiero proponer una hipótesis más simple: la estupidez. Porque desde que Troya dejó entrar al sospechoso caballo a su ciudad, la humanidad ha tomado terribles decisiones que acaban en catástrofe. Ayer fueron caballos de madera y hoy son la destrucción del medio ambiente y la elección de Trump y Boris. 

Frente a esto, vale mantener cerca la frase atribuida a Einstein en esta nueva década: “Sólo dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana. Y no estoy tan seguro de la primera”.

¡Feliz 2020!

Publicado originalmente en Vértigo