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13/2/22

RECETA PARA COCINAR UNA INVASIÓN À LA PUTIN

Hoy vengo a resolverles la vida y responder la pregunta que los ha mantenido en vela, al borde de un ataque de nervios y hundidos en la más profunda ansiedad:  ¿Sí va a invadir o no va a invadir el compadre Putin?


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Al momento de escribir esto, Vladimir Putin aún no inicia la Tercera Guerra Mundial por haber invadido a Ucrania. Pero si al leer esta columna el planeta ya sufre de un invierno nuclear, primero, lo lamento mucho; y también les deseo la mejor de la suerte en la barbarie post-apocalíptica que se avecina.

Pero bueno, lo importante es que hoy, hoy, hoy no hay guerra; aunque lo que sí existe es mucha tensión y testosterona militar. Seguro ya se han enterado sobre cómo Rusia tiene actualmente a su maquinaria bélica -con más de 100,000 tropas- estacionada en la frontera con Ucrania. Y también que Estados Unidos y sus aliados de la OTAN ya han amenazado, regañado, presionado y negociado con el presidente Putin para evitar una hecatombe en el centro de Europa.

Pero hoy no vengo a hablarles sobre los pormenores de este tablero político. Más bien vengo a resolverles la vida y responder la pregunta que los ha mantenido en vela, al borde de un ataque de nervios y hundidos en la más profunda ansiedad:  ¿Sí va a invadir o no va a invadir el compadre Putin? ¡Vamos a ver qué dicen los expertos!


El periodista Eugene Chausovsky nos indica en Foreign Policy, que la respuesta a esta pregunta de los 64 mil dólares la podemos encontrar en los “imperativos geopolíticos” de Rusia, los cuales enmarcan cualquier toma de decisión para Moscú. Estos imperativos geopolíticos son los siguientes: 1. Consolidación política interna; 2. Protección de amenazas externas (vecinos o superpotencias); 3. Expansión de su influencia a nivel regional (países ex-soviéticos)o lo más amplio que sea posible.

Si consideramos que el culebrón actual se originó con la intención de Ucrania de pertenecer a la OTAN, entonces vemos que el imperativo #2 ya ha sido violado y deja a Rusia con una sensación de inseguridad.

Sobre este punto, Chausovsky apunta que aunque Moscú no pudo detener el avance de la OTAN en Europa Central y el Báltico en los años posteriores al derrumbe de la Unión Soviética, sí estuvo dispuesto a iniciar una guerra contra Georgia en 2008 y Ucrania en 2014 para evitar una expansión aún mayor. Así que ahí algunos antecedentes a considerar para el conflicto actual.

Ahora analicemos el marco estratégico que utiliza Rusia para determinar cuándo sí se decanta por intervenir militarmente en otro país. De acuerdo con Chausovsky, son cinco estos factores: 1. Un detonante; 2. El apoyo de la población local; 3. Una posible represalia militar; 4. Viabilidad técnica; 5. Costos económicos y políticos relativamente bajos.

Considerando lo anterior… ¿Qué encontramos en la situación actual? En primer lugar, que no ha existido un detonante (en contraste con el zafarrancho del Euromaidan en 2014). Tampoco tiene el apoyo de la población ucraniana (excepto en las provincias rebeldes con población rusa). Existe una altísima posibilidad de represalias militares por parte de Europa y Occidente. Y los costos económicos y políticos serían extremadamente altos (sanciones económicas, muerte de soldados, etcétera).

¿Conclusión? Las condiciones para una invasión simplemente no existen en la actualidad, y por lo tanto, es sumamente improbable que veamos una invasión militar en las próximas semanas. De igual manera, los costos parecen ser demasiados altos y las ganancias poco claras para Rusia.

Pero no canten victoria… siempre existe la posibilidad de que el presidente Putin se despierte de mal humor, arrastre por la Plaza Roja todos los imperativos y los marcos estratégicos y decida hacer una rabieta de dios es padre. Y entonces sí…  ¡Valiendosky madrosky!

31/1/22

MANUAL PARA EMIRATIZAR A MÉXICO

¿Están dispuestos a vender su democracia en una apuesta por el desarrollo? ¿Suena tentador?


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

En mi columna anterior les conté sobre mi reciente viaje a los Emiratos Árabes Unidos (EAU) para comparar el enorme éxito que han tenido en los últimos 50 años contra los fracasos de México. 

Para los despistados, una breve recapitulación: mientras aquí despilfarramos la bonanza petrolera, quebramos al país varias veces y ahora estamos hundidos en violencia, pobreza y la polémica por un mentado tren; los Emiratos aprovecharon su petróleo para crear uno de los países más prósperos del mundo, con uno de los mayores PIB per cápita y donde ahora se preocupan por conquistar el espacio exterior.

Quizá más impresionante es que en 1971 México era ya un país moderno, urbanizado y con incontables recursos naturales (incluyendo petróleo), mientras que los EAU eran una colección de reinos sobreviviendo al calor y a las inclementes dunas de arena. 

Ahora la pregunta del millón: ¿Queremos “emiratizar” a México? Si esa es nuestra intención, entonces les dejo este pequeño manual:


1. A la fregada la democracia. En primer lugar, olvídense de votar y de elegir a sus gobernantes. En los EAU todo el poder lo ostentan una colección de familias y ellas son dueñas de prácticamente todo. ¿Partidos políticos? ¡Olvídenlo! ¿Organizaciones de la sociedad civil? ¡Ni soñando! En los Emiratos hay un patrón y todos se cuadran. 

2. Cero prensa independiente. Ya que nos deshicimos de las engorrosas elecciones, tampoco esperen criticar públicamente al régimen. En los Emiratos la prensa está controlada y todas las voces disidentes reciben uno de los tres “ierros” de Gonzalo N. Santos: encierro, destierro o entierro.

3. Eliminemos impuestos. No crean que todo es turbio. Un aspecto fascinante de los EAU es que no existe el ISR ni otros de los impuestos fastidiosos de México. El gobierno también extiende excepciones fiscales a las empresas que se instalan en su territorio durante los primeros años de operación. ¿Pero si nadie paga impuestos, de dónde sacan lana?
 
4. Gobierno empresario. ¡Ah! Pues como ya se mencionó, en los EAU los emires son los patrones del changarro. Esto significa que en todas las áreas de la economía vemos al gobierno involucrado. Por poner un ejemplo, fue a través de una constructora público-privada que se construyeron las maravillas arquitectónicas de Dubai. Y claro, no olvidemos el control del gobierno en la industria petrolera. 

5. Ciudadanos VIP. A diferencia de México la ciudadanía emiratí sólo se otorga bajo el modelo de jus sanguinis; o sea… nadie es ciudadano si no tiene padres originarios de los Emiratos. ¿Qué significa esto? Que de los 10 millones de habitantes en los EAU, sólo el 1 de cada 10 es ciudadano con todos los derechos. ¿Y el resto de la banda? Ellos son considerados simples trabajadores invitados. ¡Pero ojo! Ser ciudadano emiratí significa recibir onerosos apoyos del gobierno, subsidios para tu familia, y otras regalías. O sea, hay que separar a la población entre los VIP y la perrada. 

¿Qué les parece? ¿Están dispuestos a vender su democracia en una apuesta por el desarrollo? ¿Suena tentador?

¡Pues aguas con esos cantos de sirena! Primero porque aquí en México la historia nos demuestra que autoritarismo no significa progreso (feliz centenario, Don Luis Echeverría). Y porque aún cuando la tentación autocrática se perciba como respuesta para nuestros problemas, este modelo significa ceder gran parte de nuestras libertades políticas, cívicas y sociales, las cuales deben considerarse como algo verdaderamente invaluable.

Al final, quizás no tengamos los lujos ni excesos de los Emiratos, pero por lo menos podemos quejarnos de todo eso en público (y en estas páginas) sin recibir alguno de los mencionados “ierros” de Gonzalo N. Santos.

Y como dice aquel comercial: eso no tiene precio.

17/1/22

MOEMNA: MOVIMIENTO DE EMIRATIZACIÓN NACIONAL

¿Qué demonios sucedió? ¿Cómo fue posible que en sólo cinco décadas los Emiratos pasarán de ser pescadores de perlas a lanzar misiones espaciales? 


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Comienzo este 2022 con una absoluta certeza: nuestro país nomás no tiene remedio. Les comento esto porque hace un par de semanas anduve de visita en los mismísimos Emiratos Árabes Unidos (EAU). Y ahora vuelvo a México con esta resignación absoluta. Somos unos taqueros y los emiratíes nos están comiendo el mandado. Les explico…

Mi viaje coincidió con el 50° aniversario de la fundación de los EAU. ¿Recuerdan dónde estaba México en 1970? ¡Oh sí! Éramos un país en ascenso tras dos décadas del  “Desarrollo Estabilizador”; teníamos una clase media urbanizada y una economía industrializada y diversificada. Fuimos anfitriones de los Juegos Olímpicos de 1968 y de la Copa del Mundo de 1970. Sin lugar a dudas, México era ya un país avanzado y en camino hacia el desarrollo.

¿Y los Emiratos? En 1970 los EAU ni siquiera existían. Eran una colección de reinos independientes en medio de un desierto que venían saliendo de un protectorado británico. Su economía era paupérrima, apenas una colección de pueblos regados entre las dunas que dependían de la pesca y la perlicultura (venta de perlas, para los despistados). La industria petrolera sí existía, pero apenas pintaba en su economía. Nótese que fue en 1962 cuando Abu Dhabi (la futura capital de los EUA) exportó su primer barril de petróleo; y Dubai, hoy el segundo emirato más rico, lo hizo hasta 1969.

Así que aquí está nuestro punto de partida: dos países con petróleo a inicios de 1970, pero uno que ya es nación industrializada con incontables recursos naturales contra una bola de reinos miserables y arcaicos en las arenas del Golfo Pérsico. Vamos a dar fast-forward:



En los siguientes 50 años, México vive su mayor boom petrolero, fracasa en “administrar la abundancia”, despilfarra su fortuna, endeuda y quiebra al país, tiene una década perdida, comienza a liberalizar su economía, quiebra al país otra vez en 1994, tiene un crecimiento económico mediocre durante 20 años. El petróleo se nos empieza a acabar. El crimen organizado y la violencia se expanden y son ahora generalizados con más de 30,000 homicidios al año. Hoy México ocupa  a nivel global el lugar 70 en PIB per cápita, la población paga una tercera parte de sus ingresos al gobierno en impuestos y la pobreza se mantiene por encima del 50 por ciento. Hoy nuestra principal preocupación es un aeropuerto regional, una refinería y una consulta sobre la revocación de mandato.

¿Y los Emiratos? En los siguientes 50 años, los EAU utilizaron su riqueza petrolera para financiar proyectos clave para el desarrollo. Realizan una campaña de diversificación para proteger a su economía contra el impredecible mercado petrolero. Ponen énfasis en el comercio y el turismo. Lograr un crecimiento promedio del 13.2% al año. Sus ciudadanos no pagan impuestos y el gobierno garantiza empleo, subsidios y ayuda económica para todos los emiratíes. Hoy los EAU tienen uno de los 10 mayores PIB per cápita en el mundo y debaten sobre sus siguientes misiones espaciales, habiendo lanzado con éxito su primera misión de exploración a Marte en el año 2021. 

¿Qué demonios sucedió? ¿Cómo fue posible que en sólo cinco décadas los Emiratos pasarán de ser pescadores de perlas a lanzar misiones espaciales? 

En mi siguiente columna tomaremos el caso de Dubai para explicar el éxito de los EAU. Un modelo marcado por un vertiginoso crecimiento económico, pero que también esconde un núcleo autoritario y represivo. ¡Y mucho ojo! Porque el mayor peligro es que este modelo radicalmente liberal en lo económico, pero totalmente antiliberal en lo político parece estar funcionando, poniendo en jaque a los modelos democráticos que defendemos en Occidente.

Así que en mi próxima columna: El Manual para Emiratizar a México.

8/11/21

DEL 11S01 AL 6E21: EL ENEMIGO INTERNO

Este hilo conductor que hemos seguido nos provee una radiografía de los elementos necesarios para llevar a una democracia sólida al límite: la erosión de valores nacionales; la pérdida de confianza en líderes políticos y medios de comunicación; y la polarización de la sociedad para generar un permanente conflicto interno. 


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Por fin llegamos al final de este relato americano que inició en los ataques terroristas del 2001 y nos llevó a la insurrección y toma del Capitolio a inicios del 2021. 

En las dos columnas anteriores seguimos un hilo conductor que nos permitió ver la metamorfosis que sufrió Estados Unidos durante los últimos 20 años. De una nación (auto) considerada “excepcional” por su libertad y democracia, pasamos a un país con el optimismo hecho añicos. Muerta también quedaron la confianza de la sociedad norteamericana hacia sus líderes políticos y los medios de comunicación, dejando en su lugar a una población envenenada por la desconfianza, la xenofobia, el odio, la paranoia y la polarización.

Hoy colocamos la pieza final en esta Tragedia Americana: la guerra interna.

Nuestro capítulo anterior nos colocó en vísperas de la elección presidencial de 2016. Una elección inédita, donde el principal candidato Republicano -Donald Trump-  arrancó su campaña acusando a los migrantes mexicanos de ser peligrosos criminales y violadores. 

Pero el discurso de Trump no surgió de un vacío. Durante años la sociedad americana vivió traumatizada por años de guerra y desmoralizada por la ausencia de victorias, por las mentiras de sus políticos y por la manipulación de los medios. Esto terminó por germinar ideas de venganza hacia cualquier responsable -real o imaginario- de dichos fracasos: el establishment, los musulmanes, los migrantes...

Trump llevaba más de un lustro atizando este fuego de resentimiento. Basta recordar que fue él quien promovió la falsa teoría de que Barack Obama no era ciudadano norteamericano ('birther movement’), que era secretamente un musulman, e incluso lo acusó de ser el fundador del Estado Islámico (ISIS). 

Si bien Trump no inventó este discurso de odio, hay que reconocer que lo explotó con una macabra genialidad antes, durante y después de su campaña presidencial. Ya dentro de la Casa Blanca, su discurso tomó un giro aún más perverso: hacer de todos sus opositores políticos el equivalente a un enemigo de Estados Unidos.



El documental “America After 9/11” lo explica de manera muy clara: estar en contra de Trump era ser un terrorista. Desde las protestas contra la supremacía blanca (Charlottesville, 2013) o Black Lives Matter (2020), la manera en la que Trump se refería a los manifestantes como si hablara del terrorismo islámico: “Quieren destruir nuestro país”, “quieren quemar nuestras ciudades”, “quieren eliminar nuestra cultura”. 

Con esta retórica se profundizó la polarización política e ideológica. Ya no hablamos de tener diferencias políticas, sino de odiar a tus opositores y de crear una realidad paralela con “datos alternativos” y teorías de conspiración. Cuando llega la elección del 2020, el terreno era fértil para la Gran Mentira. A pesar de que Trump perdió por más de 7 millones de votos y 74 votos electorales, la tergiversación de la realidad era tal que dos tercios de los Republicanos siguen creyendo al día de hoy que la elección fue robada. 

Este hilo conductor que hemos seguido nos provee una radiografía de los elementos necesarios para llevar a una democracia sólida al límite: la erosión de valores nacionales; la pérdida de confianza en líderes políticos y medios de comunicación; y la polarización de la sociedad para generar un permanente conflicto interno. 

Si hacemos una rápida comparación con México, veremos que no somos tan distintos a nuestros vecinos. Aquí tenemos también a una sociedad traumatizada por 15 años de conflicto bélico contra el crimen organizado; una profunda falta de confianza hacia partidos políticos y medios de comunicación; y una polarización política no vista en la historia moderna de nuestro país.

El sistema democrático de Estados Unidos logró sobrevivir de milagro. ¿Podemos esperar lo mismo del andamiaje institucional mexicano?

25/10/21

DEL 11S01 AL 6E21: IMPERIO DE MENTIRAS

En esta segunda parte de la historia nos centraremos en la erosión y colapso de la confianza hacia la clase política y los medios de comunicación. Factores que gestaron un permanente estado de paranoia y abrieron la puerta al racismo, la xenofobia y toda clase de teorías de conspiración.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

En mi columna anterior iniciamos un recorrido por los últimos 20 años de la historia estadounidense para revelar un hilo conductor que conecta a los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001 con la insurrección del 06 de enero de 2021. Esta historia está basada en el documental de la PBS titulado “America After 9/11”.

En nuestro primer capítulo analizamos el auge y caída del “excepcionalismo americano”, idea que colocaba a Estados Unidos como actor central y líder en la promoción de la democracia y la libertad en todo el mundo. ¿Por qué murió esta visión utópica? Porque la guerra “justa” en Afganistán se transformó en un conflicto global contra el terrorismo, trastornando el mesianismo democrático en una maquinaria bélica de muerte, terror y tortura.

En esta segunda parte de la historia nos centraremos en la erosión y colapso de la confianza hacia la clase política y los medios de comunicación. Factores que gestaron un permanente estado de paranoia y abrieron la puerta al racismo, la xenofobia y toda clase de teorías de conspiración.

El origen de esta erosión de la credibilidad se encuentra en los meses previos a la invasión de Irak. En este periodo de tiempo, prácticamente todos los políticos y todos los medios de comunicación se embriagaron con la idea de que Saddam Hussein poseía armas nucleares, lo cual justificaba una intervención militar en aquel país. 

En aras de este nacionalismo ardiente y ciego, nadie cuestionó la narrativa planteada por la administración de George W. Bush. Los medios de comunicación se autocensuraron y silenciaron a periodistas escépticos; cualquiera que levantara dudas era acusado de traidor o poco patriótico. Incluso los Demócratas más prominentes como Hillary Clinton, John Kerry y Joe Biden se sumaron a la locura. Esta corriente arrastró al Secretario de Estado -el otrora intachable Colin Powell- a mentir frente a la ONU sobre supuestas armas nucleares en Irak.


Ahora sabemos que todo fue una farsa: una farsa que terminaría por causar un descalabro en la credibilidad internacional de Estados Unidos, y que pulverizó la credibilidad en el establishment político y mediático. La pregunta en la mente de todos era: “¿Y ahora en quién puedo confiar?”. Claramente no en los Republicanos, autores de este fiasco. Pero tampoco en los Demócratas, que votaron por la guerra. Y mucho menos en los medios de comunicación, que promovieron esta mentira durante meses.

Este estigma jamás se borraría. Y llevó a que la sociedad creyera que el gobierno mentía sin descaro y que los medios encubren y promueven estas mentiras. Aunado a esta realidad estaba el desastre bélico en Irak. Con decenas de muertes diarias en el campo de batalla, cualquier ilusión que quedaba sobre las “transformaciones democráticas” murió: ahora el mundo islámico era visto como un enemigo que debía ser eliminado pues era imposible de “transformar”. 

En la sociedad germinaron ideas de venganza, racismo y xenofobia. El enemigo no sólo estaba en el Medio Oriente, era cualquier “otro” dentro de Estados Unidos: árabes, musulmanes, extranjeros o inmigrantes... todos potenciales “terroristas”. Estos “otros” podrían ser tus compañeros de trabajo, alguien que te atiende en un restaurante o incluso tus propios vecinos.

Con la confianza destruida en las instituciones y una sociedad traumatizada por el miedo y las horribles escenas de guerra, el tejido social comenzó a rasgarse y envenenarse. Todo esto sería aprovechado magistralmente por Donald Trump para ganar la elección del 2016 y -tras inyectar mayores dosis de paranoia y conspiracionismo- acabaron por polarizar a la sociedad y enfrentarla entre sí misma.

Pero eso será en el tercero y último capítulo de esta historia. ¡Hasta entonces!

11/10/21

DEL 11S01 AL 6E21: EXCEPCIONALISMO AMERICANO


En los primeros años de su “guerra global contra el terrorismo”, Estados Unidos se convirtió en el enemigo que buscaba combatir: un país que causa terror en el mundo.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú


En días recientes me encontré con un documental (PBS: America After 9/11) que propone una hipótesis seductora: que existe un hilo conductor que nos puede guiar directamente desde los ataques del 11 de septiembre del 2001 a la insurrección del 06 de enero del 2021. Una cadena de decisiones políticas que culminó en la creación de una cultura de odio, división y paranoia, y que amenazó al mismo núcleo de la democracia en los Estados Unidos.

Esta es una historia de ideales malogrados, de líderes políticos fracasados; de manipulación mediática; de esperanzas rotas; y de valores quebrantados.

Para comenzar este relato debemos volver al momento histórico que transcurría previo a los ataques: Estados Unidos estaba en la cima de su poder como única potencia global, victorioso de la Guerra Fría, con una profunda creencia en el “excepcionalismo americano”, donde la democracia, la libertad y el libre mercado debían reinar en todo el planeta (guiados por los mismos yanquis, naturalmente).

Los ataques en Nueva York quizá rompieron la ingenuidad de esta Pax Americana. Pero esto -más que sosegar al Imperio- terminó por revolucionar los ideales de este supuesto “excepcionalismo”. Pocas veces en toda la historia estadounidense habíamos visto una unidad en la sociedad y entre las fuerzas políticas. La misión era única y clara: perseguir a los culpables. No había duda, el Imperio estaba en marcha.


El primer error en esta trama surge tras el éxito inicial contra el Talibán. Después de una guerra rápida y con pocas víctimas americanas en Afganistán, la política de George W. Bush se transformó bajo la lógica del “universalismo democrático” para extender su “guerra” contra el terrorismo a todo el mundo. A partir de ese momento, EE.UU. representaría al “bien” y tomaría responsabilidad para propagar la democracia y para derrotar (y derrocar) a “las fuerzas del mal” donde quiera que se encontraran.

El documental hace dos puntos al respecto: el primero es que una guerra localizada en Afganistán contra Al-Qaeda y el Talibán se volvió global, no sólo poniendo en la mira a regímenes como Irak, Irán y Corea del Norte (“El Eje del Mal”), sino  a todos los grupos terroristas presentes ¡y futuros! que pudieran surgir para desafiar al Imperio. Esto abrió la puerta -como efectivamente sucedió- a una campaña bélica sin final, que de hecho sigue vigente tras 20 años.

En segundo lugar, el documental advierte que cuando te defines como el “bueno” en cualquier cruzada, existe el peligro de comenzar a ver a todas sus acciones como nobles, justificando cualquier atrocidad que realices. Para Estados Unidos, esta realidad no tardó en llegar.

A los pocos meses de la caída del Talibán, cientos de ‘prisioneros’ encontraron su nuevo hogar en la base naval de Guantánamo bajo condiciones inhumanas. Sumado a esto, la CIA tomó a pecho las palabras del vicepresidente Dick Cheney (“debemos trabajar desde las sombras”) para establecer cárceles secretas para torturar salvajemente a supuestos terroristas. Y en Irak, las imágenes que surgieron de la prisión de Abu Ghraib causaron asco y furia en el mundo; destruyendo la credibilidad de EE.UU; y erosionando la confianza en la sociedad americana hacia su supuesto proyecto ‘democratizador’.

Bien dice aquella famosa frase: “Cuando te enfrentes a un monstruo, asegúrate que tú no te conviertas en uno”. Y esto fue precisamente lo que sucedió. En los primeros años de su “guerra global contra el terrorismo”, Estados Unidos se convirtió en el enemigo que buscaba combatir: un país que causa terror en el mundo.

Hasta aquí esta primera parte de la historia. En mi siguiente columna continuaré con este relato para contarles como la invasión de Irak inició una irreversible erosión en la confianza de la clase política y los medios, llevando eventualmente a la distorsión misma de la realidad y la verdad.


¡Salud!

27/9/21

LA RABIETA DEL PROFETA

 Si hablamos de respetar los derechos de las mujeres “dentro del islam”, haríamos bien en ir a la fuente original. ¿Qué dice el Corán respecto al tema?

Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

¡Ahora sí! Tras 20 años de guerra, Estados Unidos se retiró oficialmente de Afganistán y el país se encuentra nuevamente en las garras del temible Talibán. La preocupación ahora es conocer la verdadera agenda de este grupo. En público dicen que su movimiento no es igual al que tomó el poder en 1996; pero reportes denuncian ya abusos y crímenes similares a los de hace cinco lustros.

Para mí no hay gran confusión: el Talibán miente. Sus líderes son los mismos que hace 25 años y dejaron claro que no habrá democracia en su país. Un representante comentó a Reuters: “Ni siquiera se discutirá qué tipo de sistema político se aplicará en Afganistán porque es muy claro: es la ley sharía y punto”.

Aún así, una frase emitida por otro vocero quedó ominosamente suspendida en el aire: “Las mujeres estarán contentas de vivir bajo la ley sharía (...) vamos a permitir que trabajen y estudien, pero dentro del marco de la ley islámica”.

Antes de seguir, veamos de qué se trata todo esto de la sharía. La explicación más sencilla es que se trata de un cuerpo de reglas religiosas que guían la vida diaria de los musulmanes, basada en el Corán y en los dichos y enseñanzas del profeta Mahoma.

En el mundo islámico, este sistema se aplica dentro de un amplio espectro, pasando desde lo más laxo hasta lo más autoritario. Esto varía entre sociedades, familias e individuos. La mayoría de los países aplican la sharía para cuestiones civiles (matrimonio, herencias, custodia de niños...) pero otros llegan a basar su código penal en esta tradición. El Talibán, sobra decir, es de los más estrictos y totalitarios.

Durante su reinado del terror se instauró el Ministerio para la Propagación de la Virtud y la Prevención del Vicio que forzaba las medidas más oscuras del Islam: las mujeres debían cubrir su cuerpo con un burka; se les prohibió el estudio, trabajo y salir de casa sin compañía de un familiar varón; se prohibió la música, televisión y deportes; y claro, ejecutaban públicamente a adúlteros, homosexuales y otros ‘indeseables’.

Pero si hablamos de respetar los derechos de las mujeres “dentro del islam”, haríamos bien en ir a la fuente original. ¿Qué dice el Corán respecto al tema? Aquí utilizo la traducción del Dr. Juan Vernet (Ed. Plaza, 1997):


AZORA IV (19 y 20) “Aquellas de vuestras mujeres que cometen fornicación (...) mantenerlas cautivas en las habitaciones hasta que las llame la muerte”.

Azora IV (38) “Los hombres están por encima de las mujeres, porque Dios ha favorecido a unos respecto de otros, y porque ellos gastan parte de su riqueza en favor de las mujeres. Las mujeres piadosas son sumisas a las disposiciones de Dios; son reservadas en ausencia de sus maridos (...) A aquella de quienes temáis la desobediencia, amonestados, mantenerlas separadas en sus habitaciones, golpeadlas”.

Azora IV (175) [Sobre las herencias] “al varón corresponde una parte igual a la de dos hembras”.

Azora XXIV (30) “Di a las creyentes que bajen sus ojos, oculten sus partes y no muestren sus adornos (...) ¡Cubran su seno con el velo!”.

Azora XXXIII (32) “¡Mujeres del profeta! No sois como las otras mujeres (...) ¡Permaneced en vuestras casas!”.

Dejemos aquí este breve compendio de las joyas del Corán. Y para aquellos que aleguen que el Pentateuco o los Evangelios plantean cosas similares, yo les respondo: seguro que sí, pero nadie en su sano juicio piensa basar hoy nuestra Constitución o Código Penal en textos escritos hace 2000 años.

Porque una cosa es muy clara, las sociedades del siglo XXI no pueden ser gobernadas con leyes escritas en la Edad de Hierro o en el siglo VII. Las sociedades son ahora más avanzadas y complejas que los grupos seminómadas que rondaban por la península arábiga hace siglos. Pero más importante aún: que los derechos de las mujeres no son negociables, no importa lo que diga Allah o su profeta.

2/8/21

ASESINAR AL FUTURO

En México estamos petrificados en el ámbar de la historia, enfocados en celebrar nuestro pasado de “resistencia”; celebrando las virtudes de los hidrocarburos; y encumbrando a héroes históricos que nada aportan a nuestro futuro.

Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú


Es muy agradable cuando la realidad te corrige la plana. Confieso que en mi columna anterior (Vértigo 1061: “¿Quién habla por el futuro?”) permití que mi pesimismo se llevará lo mejor de mi texto. Les recuerdo:

Hablando del Future Design, un experimento en política pública iniciado en Japón, concluí que cómo especie humana somos incapaces de sobrepasar nuestro egoísmo y fijación en el corto plazo para preocuparnos por el mundo que dejaremos a las generaciones futuras.

De pronto… ¡Un macanazo de realidad! El 14 de julio, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, publicó un tuit donde resumía la nueva visión de la Unión Europea para los años próximos: “Podemos elegir una forma de vida mejor, más saludable y más próspera. Salvar el clima es nuestra tarea generacional. Debe unirnos y animarnos. Se trata de asegurar el bienestar y la libertad de nuestros hijos. No hay tarea más grande y noble”. ¡Ay goey! ¡Ejemplo loable de mi periodismo adelantador!

Y en efecto, poco antes de ese tuit, la UE había anunciado su revitalizado plan para reducir sus emisiones de carbono y lograr “cero emisiones netas” para el 2050. Al final, alguien sí hizo su tarea y tomó el ejemplo del Japan’s Future Design. ¡Bien por Europa!

Con esto en mente, quiero regresar al texto referido en mi columna anterior (“How to be a Good Ancestor” de Sigal Samuel) para reforzar el aspecto ético y moral que debe ser intrínseco al considerar nuestras acciones presentes y su impacto en el futuro.

Primero dos conceptos básicos para entrarle al tema: la distancia espacial y la distancia temporal.

Entender el primero es muy sencillo. Samuel cita un ejemplo planteado por la filósofa Hilary Greaves de la Universidad de Oxford: si vas caminando y ves a un niño ahogándose en un río, al cual puedes rescatar sin mayor problema, lo moralmente correcto sería que lo hicieras. Todos de acuerdo (¡Espero!). Pero qué sucede si esto ocurre al otro lado del planeta (digamos en China). ¿Esperarías que un adulto que vaya pasando también ayude al niño chino en peligro? Si no eres un monstruo, responderás que ‘sí’. Esto, apunta Samuel, significa que “la distancia espacial es moralmente irrelevante”.

¿Pero qué pasa con la moralidad temporal? Aquí las cosas se ponen interesantes. Samuel cita un ejemplo un poco más extremo del filósofo Roman Krznaric: Si consideras reprobable colocar una bomba en un tren que matará a un montón de niños hoy, también está mal si la bomba va a detonar en 10 minutos o 10 horas o 10 años. En otras palabras, la distancia temporal entre una acción y su consecuencia es también moralmente irrelevante.

Aquí se encuentra el imperativo moral que tenemos hacia las generaciones próximas. Si sabemos que nuestras acciones y actitudes serán una bomba en el futuro, lo moralmente correcto sería “desactivar” este escenario catastrófico y evitar el sufrimiento o muerte de millones de personas que quizás ni siquiera han nacido. No hacerlo sería aumentar la carga de explosivos en ese hipotético tren que -tarde o temprano- sabemos que va a detonar.

Algunos países ya empiezan a tomar esta perspectiva moral. Suecia tiene su “Ministerio del Futuro” dedicado a crear políticas públicas de largo plazo; Gales y los Emiratos Árabes Unidos cuentan con una agencia similar. Algo es algo, pero no es ni siquiera suficiente.

De México mejor ni hablar. Aquí estamos petrificados en el ámbar de la historia, enfocados en celebrar nuestro pasado de “resistencia”; celebrando las virtudes de los hidrocarburos; y encumbrando a héroes históricos que nada aportan a nuestro futuro.

Cada día ponemos una pieza más en la bomba climática que estallará dentro de 20 o 30 años. Pero pueden dormir tranquilos en sus huipiles nacionalistas, sabiendo que gran parte de este mecanismo explosivo será “Made in Mexico”.

19/7/21

¿QUIÉN HABLA POR EL FUTURO?

Problemas como el cambio climático, pandemias y las tecnologías emergentes requieren romper con nuestra fijación en el presente


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú



"¿Por qué debería preocuparme por las generaciones futuras? ¿Cuándo han hecho ellas algo por mí?" 

- Groucho Marx.


¡Se les dijo pero no hicieron caso! Estamos apenas en las primeras semanas del verano y varios récords de temperatura ya han sido superados. Cito a The Washington Post: “El noroeste del Pacífico y Canadá están sufriendo una ola de calor sin precedentes. Las principales ciudades como Portland, Oregon y Seattle rompieron sus récords históricos de días más calurosos por amplios márgenes. Miles se han quedado sin electricidad; las calles se doblan y agrietan por las altas temperaturas del asfalto”.


Vamos a un caso específico: a finales de junio, la temperatura en la localidad de Lytton, en la Columbia Británica, superó los 48 grados Celsius. ¡Un grado más alto que el récord histórico en Las Vegas! Las muertes por esta ola de calor ya comienzan a acumularse, superando al momento de escribir esto los 500 fallecidos en Canadá y Estados Unidos. 


¿Pero qué creen? ¡Que hoy no vamos a hablar del cambio climático! Ni de la niña Greta, ni de informes de la ONU que pronostiquen nuestro (casi seguro) futuro apocalíptico. ¡Insólito para esta columna! ¿Verdad? 


La temática de fondo es otra: que como sociedad y civilización no estamos pensando a largo plazo ni tomando las precauciones sobre el mundo que les dejaremos a nuestra descendencia (propia o ajena). Sí, numerosos países hacen promesas loables de descarbonizar su economía o invertir en energías renovables (claro que no todos, como usted comprenderá). Pero a nivel local, rara vez la sociedad se involucra en el proceso de crear políticas públicas que realmente representen los intereses de las futuras generaciones.


De ahí mi sorpresa de encontrar un texto de la periodista Sigal Samuel en Vox (“How to be a good ancestor”) en el cual describe al Japan's Future Design. Les explico:



En el año 2015, en el pueblo de Yahaba (noreste de Japón), un grupo de ciudadanos se reunieron para formular políticas públicas locales. Sin embargo, este experimento tenía una peculiaridad. La mitad de los asistentes debían vestir de manera normal y abogar por cualquier acción que ellos considerasen apropiada. Pero la segunda mitad debían vestirse en batas ceremoniales especiales y pretender que eran visitantes del futuro, en concreto del año 2060. El enfoque de este segundo grupo era promover políticas públicas enfocadas en el largo plazo; políticas que beneficiaran a la población que viviría en Yahaba dentro de 45 años.


¿Qué fue lo que sucedió? ¡Los “visitantes del futuro” ganaron! Lograron convencer a sus conciudadanos de que las políticas públicas con proyección futura eran ideales y la única forma de salvaguardar la viabilidad de generaciones posteriores. Quizá más importante fue que “lograron actuar en contra de sus intereses inmediatos”, explica Sigal, algo que rara vez ocurre en los gobiernos del mundo.


Queda claro que este experimento tardará en generar tracción a nivel global. Como especie, parecemos incapaces de sobrepasar nuestros asuntos cotidianos para preocuparnos en ser “mejores ancestros” para aquellos que eventualmente nos reemplazarán. Sin embargo, Sigal explica que problemas como el cambio climático, pandemias y las tecnologías emergentes requieren lograr este cambio de paradigma. Pensar más allá de la mera “sustentabilidad” y “romper con nuestra fijación en el presente”. 


Todo esto se los dejo de tarea. Porque basta echar un vistazo a nuestro país para reconocer que la gran mayoría de nuestros gobernantes no están siquiera pensando en el futuro; muchos de ellos están atrapados en el presente o de plano viviendo en el pasado. De seguir así, sólo nos quedará esperar el juicio de la historia y la desolación (y segura decepción) de los mexicanos del 2060.


5/7/21

LOS VENGADORES DEMOCRÁTICOS

La nueva Guerra Fría entre democracias y gobiernos autoritarios, será ganada por los resultados económicos y sociales, pero también por la retórica mediática y el ‘marketing’ político.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú


¡Ahora sí, raza! Después de cuatro años de esquizofrenia, caos, incertidumbre y el nativismo de Donald Trump, el Tío Biden llegó a Europa para juntar de nuevo al equipo de los Vengadores Democráticos (Vaitiare Mateos dixit) y encontrar la manera de salvar al mundo. Fue, en palabras de la periodista Amanda Mars, “el regreso del hijo pródigo”. El enemigo común para el Grupo de los Siete (G7) es -obviamente- China y todas las fuerzas malvadas de los regímenes autoritarios. 

Retomando la seriedad: la principal conclusión que podemos tomar de las reuniones del G7 y la OTAN a mediados de junio fue el reconocimiento de las principales democracias que su bando está siendo apaleado -¡y de qué manera!- por el autoritarismo a nivel global.

Hemos comentado en este espacio varias veces cómo el tablero geopolítico muestra un claro retroceso de las democracias, al tiempo que los regímenes autoritarios siguen ganando terreno. Recapitulando rápidamente: Actualmente, sólo el 8.4% de la población mundial vive en una democracia plena mientras que más del 30% vive en un sistema autoritario (The Economist Intelligence Unit). Por si fuera poco, en el 2020 más de 100 países se han vuelto “menos democráticos” (Freedom House)

Con esas cifras, queda claro que la prioridad de las principales democracias del mundo es recuperar terreno, sumar aliados y contener a las diversas manifestaciones antiliberales. Como bien lo dijo el presidente Joe Biden al concluir el G7: “Estamos en una competencia -no con China, per ser- sino en competencia con autócratas y gobiernos autoritarios en todo el mundo”.

Al día siguiente, en la reunión de la OTAN,  Biden volvió a subrayar este tema. El documento final de esta alianza militar de 30 países también menciona por primera vez a China como un problema para la seguridad global, indicando que representa “un desafío sistémico al orden internacional basado en reglas y normativas”.

Concuerdo con el presidente americano y no dudo que sus intenciones sean loables. Las democracias sí están en retroceso y China representa un reto mayúsculo para las libertades civiles, políticas y económicas de los ciudadanos del mundo.

Sin embargo, debo aceptar que el discurso actual del liberalismo democrático es -por decirlo de una manera- carente de emoción y de inspiración. En múltiples latitudes del mundo, las democracias muestran señales de desgaste y agotamiento, llevando a un descontento, rabia y desilusión generalizados. Como ejemplo, basta ver lo sucedido el 6 de enero en Washington D.C.

Por su parte, China celebró el pasado 1 de julio el centenario de la fundación de su Partido Comunista, y como era de esperarse, tomó la oportunidad para mostrar que su sistema ha permitido un crecimiento económico inigualable en la historia de la humanidad y el supuesto regreso de este país a su lugar histórico en los asuntos globales. Nadie se sorprendió que no se hablara de la opresión, el genocidio de los uigures o la represión a la libertad de expresión en Hong Kong. Pero bueno, era su fiesta y no la nuestra.

Si estamos en el preámbulo de una nueva Guerra Fría entre las democracias y los gobiernos autoritarios, creo que esta batalla en gran parte será ganada por los resultados económicos y sociales que cada sistema logre otorgar a su población, pero también por la retórica mediática y el ‘marketing’ político. El vencedor será el más persuasivo, aquel que logre capturar al mayor número de mentes y corazones a nivel mundial.

Al día de hoy, todo parece indicar que China nos está comiendo el mandado.

21/6/21

¡YO QUIERO CREER!

Vayamos con la pregunta del millón: ¿Aceptará el gobierno la existencia de alienígenas? ¿Aceptará que siempre tuvieron marcianos escondidos en el Área 51? 


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

¡De rodillas, paganos! El 2021 está resultando ser un año cósmico y el tema del momento tiene aires conspiracionista. Eso sí, les juro que es tan serio como cualquier asunto geopolítico. ¿A qué me refiero? Pues a los mismísimos OVNIs.

Antes de que cuestionen cómo una publicación con el prestigio de Vértigo permitiría que se publicara una opinión posiblemente reservado para el mamarracho de “Alienígenas Ancestrales”; quisiera adelantar que no pretendo hablar de marcianos ni seres de otros planetas.

Ahora bien… ¿Por qué tanto alboroto? Porque por primera vez en la historia el gobierno estadounidense se prepara para emitir un reporte donde acepta que realmente existen objetos extraños en el cielo que simplemente no tienen una explicación. Estos “fenómenos aéreos no identificados”, como se les conocen ahora en la jerga gubernamental, son reales y su entendimiento desafía a la ortodoxia científica y aeronáutica.

El origen de esta controversia comienza hace un par de años, cuando The New York Times publicó un par de videos grabados por cámaras de aviones militares donde se mostraban objetos extraños en el aire y el audio de pilotos sorprendidos por lo que observaban. Tiempo después el Pentágono confirmaría su autenticidad. 

Esto rompe con décadas de secretismo por parte del gobierno. Como explica Gideon Lewis-Kraus en su excelente artículo en The New Yorker (How the Pentagon Started Taking U.F.O.s Seriously), el comienzo de la Guerra Fría a mediados del siglo pasado marcó un cambio en la mentalidad del gobierno estadounidense hacia los reportes de fenómenos voladores no identificados.

Si previamente el Ejército se interesaba por los reportes de sus pilotos sobre objetos inexplicables en el cielo; con la amenaza nuclear de la Unión Soviética, las ramas militares de EE.UU. no podían continuar aceptando en público que objetos extraños estuvieran entrando en su espacio aéreo y que su Fuerza Aérea fuera incapaz de reaccionar con efectividad. La lógica es que esto demostraría debilidad e incompetencia frente a los rusos, algo imperdonable en un momento de alto riesgo geopolítico.

La segunda razón para ignorar estos avistamientos era que llegaban tantos los reportes que el Pentágono temía que entre todo este “ruido” se perdiera alguna señal de peligros reales (digamos, un avión ruso o un misil). Por lo tanto, desde la década de 1960, el gobierno de Estados Unidos decidió ridiculizar cualquier reporte de OVNIs, y desprestigiar a quienes afirmaban haber visto algo.

Pero ya no estamos en la Guerra Fría, y ahora altos mandos del gobierno civil y militar de EE.UU. consideran a estos fenómenos como un peligro directo para su seguridad nacional. Es por esto que a finales del 2020, dentro del paquete de créditos valuado en 2.3 billones impulsado por Donald Trump, ciertos congresistas incluyeron una cláusula donde pedían al Secretario de Defensa y al Director de Inteligencia Nacional la presentación de un informe (desclasificado) sobre todo lo que el gobierno sabe de los OVNIs. ¿La fecha de publicación de dicho reporte? ¡El 25 de junio! ¡Esta misma semana! 

Vayamos con la pregunta del millón: ¿Aceptará el gobierno la existencia de alienígenas? ¿Aceptará que siempre tuvieron marcianos escondidos en el Área 51? Por desgracia, no.

The New York Times ya recibió información exclusiva de los involucrados en la redacción del reporte, quienes indican que el gobierno sí aceptará que existen objetos voladores sin explicación, pero que no puede confirmar ni negar que sean seres fuera de este planeta.

Esto es un paso importantísimo para alumbrar un tema que ha causado fascinación por más de 80 años. Así que por lo pronto…¡Sigan mirando al cielo! 


7/6/21

DICTADORES À LA MODE

Aquí se encuentra el mayor peligro de las nuevas dictaduras: ¡Se han vuelto más aburridas!


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú


Hace tiempo escribí en estas páginas (“La Secta Democrática”; Vértigo 1041) sobre la decadencia de la democracia liberal a nivel global. Recapitulo rápidamente: The Economist Intelligence Unit, que revisa y califica el estado de la democracia en 167 países, reveló que durante el 2020 sólo el 8.4% de la población mundial vivía en una “democracia plena”. Por su parte, Freedom House concluyó que tres cuartas partes de la humanidad vive en un país donde la libertad está en declive, agregando que en los últimos cuatro años, más de 100 países se han vuelto “menos democráticos” incluyendo a Canadá, Estados Unidos y la mayoría de Europa Occidental. ¡Pácatelas! ¡Ni hablar!

No quisiera aparentar cinismo, pero nada de esto es sorpresa. A donde sea que miremos, observamos cómo gobiernos erosionan diariamente los andamiajes democráticos, práctica que se amplió y profundizó con la pandemia de la covid-19 y las medidas draconianas implementadas en numerosas latitudes.

Lo interesante aquí es analizar cómo en una era de apertura económica, integración comercial, y libre circulación de información, tantos países se estén volviendo más nacionalistas, iliberales y dominados por hombres fuertes. En plena globalización, los gobiernos autoritarios están teniendo un día de campo. ¿Cuál es el secreto de su éxito? 

De acuerdo con un análisis de Max Fisher y Amanda Taub en The New York Times, la razón es que los gobiernos autoritarios están evolucionando para adaptarse a la nueva realidad social y política. Atrás quedaron los líderes revolucionarios mesiánicos, las dictaduras totalitarias genocidas o las juntas militares (claro, todavía hay algunas por ahí, pero muy pocas). Ahora, los hombres fuertes se presentan como civiles, realizan elecciones con fachada democrática, y se han vuelto más astutos para contrarrestar cualquier protesta en su contra. Si antes un dictador asesinaba a quienes se rebelaban, ahora “no imponen su voluntad por la fuerza o aterrorizan a sus ciudadanos para someterlos; más bien buscan superarlos con astucia”, apuntan los autores.

Tomemos en concreto el caso de la represión violenta. Fisher y Taub indican que al analizar el golpe de estado en Myanmar en febrero del 2021 (el cual ha dejado más de 800 muertos) supusieron que este tipo de actos represivos serían comunes en el mundo. ¡Pues no! 

Tomando la información de Uppsala Conflict Data Program, una base de datos que muestra todos los actos de violencia en el mundo, descubrieron que en la década de 1990, hubo 23 casos donde un gobierno asesinó a 500 o más de sus propios ciudadanos; en la década de los 2000, hubo siete casos; y en la década de 2010, sólo seis.

“Bueno”, dirán algunos, “seguro los gobiernos matan a menos personas pero en más ocasiones”. ¡Tampoco! Al revisar los eventos de violencia gubernamental que causaron 100 muertes, se encontraron 80 casos en la década de 1990, 46 en la de 2000 y 31 en la de década  2010. Episodios con más de 1,000 muertos: 14 en la década de 1990, cinco en la de 2000 y cuatro en la de 2010.

Estos números demuestran que la represión violenta en contra de ciudadanos va a la baja, aún cuando el número de gobiernos autoritarios va a la alza. Y aquí se encuentra el mayor peligro de las nuevas dictaduras: ¡Se han vuelto más aburridas! Si antes un gobierno autoritario podía generar indignación internacional después de una masacre (pensemos en Tiananmen) ahora los dictadores son menos dramáticos y escandalosos, pero no necesariamente menos peligrosos. 

Pero no nos engañemos. Todos los días miles de millones de personas viven en países que reprimen sus derechos y libertades: lo malo es que esa realidad no es ni escandalosa ni dramática. ¿Y quién quisiera ver un programa así de aburrido en la televisión?


24/5/21

LA RELIGIÓN NO SE DESTRUYE, SÓLO SE TRANSFORMA

El peligro ahora es que los debates políticos comienzan a transformarse en discusiones metafísicas; algo letal para las democracias liberales.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú


Les confieso algo: durante gran parte de mi adolescencia creí firmemente que la religión debía desaparecer para que la sociedad pudiera avanzar hacia una nueva era de racionalidad e ilustración. Esta cruzada secular fue un fracaso. No logré convencer a nadie.

Para mi fortuna, no era necesaria mi participación. La religión ha ido retrocediendo en gran parte de Occidente, incluso en nuestro México, por numerosas y muy diversas causas que no vale la pena discutir ahora.

Tomemos el caso de Estados Unidos. De acuerdo con Gallup, durante gran parte del siglo XX el 70% de las personas en promedio asistían a alguna iglesia de manera periódica. Pero en su medición del 2020, esta participación tuvo una caída brutal, terminando en un alarmante 47 por ciento.

En México las cosas son algo similares. El censo del 2010 mostraba a poco más de 84 millones de católicos y 10 millones de “otras” religiones. Los no creyentes apenas sumaban 4.6 millones de personas. Para el censo del 2020, se contaban 9.1 millones de no creyentes (un incremento de 96%); mientras que los feligreses subieron sus números de manera más marginal, 7%  para católicos y 59% para otras religiones.

Estas cifras debieron alegrar al ateo beligerante que aún vive dentro de mí. Sin embargo, el académico Shadi Hamid avanza una hipótesis que complica este panorama. La pérdida de religión -argumenta- no genera una sociedad racional y científica, sino que engendra un mundo de polarización, radicalismo y división. Les explico. 



En su artículo publicado en The Atlantic (America Without God), Hamid alude al académico Samuel Goldman y su “ley de la conservación de la religión”. Esta teoría indica que en toda sociedad “existe una oferta relativamente constante y finita de convicción religiosa” y que lo único que varía “es cómo y dónde se expresa esta convicción”. Esto significa que entre más se diluye la religiosidad en una sociedad, más incrementa la intensidad ideológica; porque el fervor que antes se canalizaba hacia la religión ahora se expresa en pasiones políticas. En otras palabras, la religión no se destruye, sólo se transforma.

Las expresiones polarizantes en EE.UU. son muy claras. En la derecha, la religión ha dado pie a un movimiento mesiánico centrado en Donald Trump y el etnonacionalismo. En la izquierda, la cultura “woke” ha reimaginado el concepto de pecado, penitencia y excomunión para aquellos que transgreden sus normativas culturales o discursivas.

Lo preocupante es que las convicciones religiosas y políticas no comparten la misma esencia. Las religiones tienden a crear una realidad externa compartida por la sociedad (un nomos, diría Peter Berger), pero las ideologías políticas tienden a fragmentarse rápidamente. Por su naturaleza mundana la política genera división y antipatía entre los ciudadanos. “A nadie sorprende que las ideologías ascendentes en Estados Unidos, teniendo que llenar el vacío dejado por la religión, sean tan divisivas. Están destinadas a ser divisivas”, argumenta Hamid.

El retroceso del cristianismo ha comenzado a erosionar el terreno común donde la sociedad norteamericana podía coincidir y respaldarse. El peligro ahora, argumenta Hamid, es que los debates políticos comienzan a transformarse en discusiones metafísicas; algo letal para las democracias liberales, que toma las diferencias públicas como negociables, pero nunca como dogmas intransigentes.

En México este proceso avanza de manera más lenta, pero gradualmente vemos nuevos niveles de polarización al tiempo que retrocede la religiosidad. ¿Estaremos también frente a una radicalización política ante la ausencia de creencias religiosas? 

Ante esta posibilidad, sólo basta recordar la máxima de los teólogos antiguos: ¡Que Dios nos agarre confesados!


10/5/21

HAY TRANSFORMACIONES MÁS IGUALES QUE OTRAS

Al final, queda claro que tanto nosotros como los gringos estamos pasando por una Cuarta Transformación. La de ellos es una Cuarta Transformación tecnológica. La de nosotros es simplemente... una transformación de cuarta. 


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú


Hay que decir las cosas claras: ¡Hay de transformaciones a transformaciones!

A diferencia de las chabacanerías tropicales que nos recetan a diario en este país, nuestros vecinos del norte se dejaron de ocurrencias y propusieron una revolución sin precedentes en la historia de la humanidad: una absoluta transformación tecnológica, económica y social para salvar al mundo de un cataclismo ecológico. 

¿Qué fue lo que ocurrió? El 22 de abril, en el marco de una Cumbre Climática Virtual, el presidente Joe Biden anunció los nuevos compromisos que asumirá Estados Unidos en la reducción de gases de efecto invernadero. Su objetivo: reducir en un 50% las emisiones para el final de la década (comparado con niveles del 2005); casi el doble de lo propuesto por Brack Obama en 2015.

Semejante tarea hercúlea generará enorme escepticismo. ¡Y nadie podría culpar a los incrédulos! De hecho, podríamos decir que a partir de ahora, todas las acciones que tome la administración de Biden deberán estar enfocadas a cumplir este objetivo. Una cosa que falle, y todo el proyecto se descarrila.

Pero estos enormes y agresivos retos no eliminan la urgencia y trascendencia de este compromiso. “Esto es un imperativo moral, un imperativo económico, un momento de peligros pero también de posibilidades extraordinarias”, apuntó Biden al inaugurar la Cumbre. 

¿Qué tienen que hacer para lograr todo esto? De entrada, invertir billones de dólares en infraestructura; reestructurar las reglas del capitalismo; asegurar que miles de industrias y trabajadores puedan transitar a la economía del futuro; transformar la manera en la que millones de estadounidenses se alimentan, se transportan y consumen energía eléctrica. Poca cosa, como pueden ver.

Pero bien indican Coral Davenport, Lisa Friedman y Jim Tankersley en The New York Times, que si Biden logra orquestar esta transición, las ganancias serían inmensas: un menor riesgo de sufrir una catástrofe climática, un renovado liderazgo global para las industrias estadounidenses en los sectores clave que definirán al siglo XXI; y un torrente de nuevos nuevos y mejores empleos para la clase media. The Rhodium Group, una consultora en temas de energía, indicó que el plan Biden podría crear 600,000 nuevos empleos al año en promedio durante el período 2022-2031. ¡Ahí nomás!

Mientras todo esto se debate en el Imperio Yanqui, en nuestro México Mágico las cosas son diametralmente opuestas. Aquí nuestra participación en la Cumbre Climática se trató de nuevos yacimientos petroleros y de cómo fortalecer el mercado interno de gasolinas. Lo equivalente a llegar con un pomo de Bacardí a una reunión de Alcohólicos Anónimos. 

Esta no es la primera vez que nuestros gobernantes prefieren promover ideología a costa de la ciencia. Pero es precisamente esta mentalidad “anticlimática” (en ambos sentidos de la palabra) la que nos dejará fuera de la verdadera transformación que se avecina en los siguientes 10 años: inteligencia artificial, computación cuántica, nanotecnología, el internet de las cosas, biotecnología, realidad virtual, robótica, tecnología espacial, materiales inteligentes. 

Esta Cuarta Transformación Industrial requerirá de enormes apoyos e incentivos gubernamentales para lograrse, pero terminará por generar millones de empleos y muchos más millones de dólares. Estados Unidos ha entendido esto. Aquí no tenemos siquiera un plan para aprovecharla, mucho menos para liderarla.

Al final, queda claro que tanto nosotros como los gringos estamos pasando por una Cuarta Transformación. La de ellos es una Cuarta Transformación tecnológica. La de nosotros es simplemente... una transformación de cuarta. 

Bien dijeron los sabios de la antigüedad: todas las transformaciones son iguales, pero algunas son más iguales que otras.