8/11/21

DEL 11S01 AL 6E21: EL ENEMIGO INTERNO

Este hilo conductor que hemos seguido nos provee una radiografía de los elementos necesarios para llevar a una democracia sólida al límite: la erosión de valores nacionales; la pérdida de confianza en líderes políticos y medios de comunicación; y la polarización de la sociedad para generar un permanente conflicto interno. 


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Por fin llegamos al final de este relato americano que inició en los ataques terroristas del 2001 y nos llevó a la insurrección y toma del Capitolio a inicios del 2021. 

En las dos columnas anteriores seguimos un hilo conductor que nos permitió ver la metamorfosis que sufrió Estados Unidos durante los últimos 20 años. De una nación (auto) considerada “excepcional” por su libertad y democracia, pasamos a un país con el optimismo hecho añicos. Muerta también quedaron la confianza de la sociedad norteamericana hacia sus líderes políticos y los medios de comunicación, dejando en su lugar a una población envenenada por la desconfianza, la xenofobia, el odio, la paranoia y la polarización.

Hoy colocamos la pieza final en esta Tragedia Americana: la guerra interna.

Nuestro capítulo anterior nos colocó en vísperas de la elección presidencial de 2016. Una elección inédita, donde el principal candidato Republicano -Donald Trump-  arrancó su campaña acusando a los migrantes mexicanos de ser peligrosos criminales y violadores. 

Pero el discurso de Trump no surgió de un vacío. Durante años la sociedad americana vivió traumatizada por años de guerra y desmoralizada por la ausencia de victorias, por las mentiras de sus políticos y por la manipulación de los medios. Esto terminó por germinar ideas de venganza hacia cualquier responsable -real o imaginario- de dichos fracasos: el establishment, los musulmanes, los migrantes...

Trump llevaba más de un lustro atizando este fuego de resentimiento. Basta recordar que fue él quien promovió la falsa teoría de que Barack Obama no era ciudadano norteamericano ('birther movement’), que era secretamente un musulman, e incluso lo acusó de ser el fundador del Estado Islámico (ISIS). 

Si bien Trump no inventó este discurso de odio, hay que reconocer que lo explotó con una macabra genialidad antes, durante y después de su campaña presidencial. Ya dentro de la Casa Blanca, su discurso tomó un giro aún más perverso: hacer de todos sus opositores políticos el equivalente a un enemigo de Estados Unidos.



El documental “America After 9/11” lo explica de manera muy clara: estar en contra de Trump era ser un terrorista. Desde las protestas contra la supremacía blanca (Charlottesville, 2013) o Black Lives Matter (2020), la manera en la que Trump se refería a los manifestantes como si hablara del terrorismo islámico: “Quieren destruir nuestro país”, “quieren quemar nuestras ciudades”, “quieren eliminar nuestra cultura”. 

Con esta retórica se profundizó la polarización política e ideológica. Ya no hablamos de tener diferencias políticas, sino de odiar a tus opositores y de crear una realidad paralela con “datos alternativos” y teorías de conspiración. Cuando llega la elección del 2020, el terreno era fértil para la Gran Mentira. A pesar de que Trump perdió por más de 7 millones de votos y 74 votos electorales, la tergiversación de la realidad era tal que dos tercios de los Republicanos siguen creyendo al día de hoy que la elección fue robada. 

Este hilo conductor que hemos seguido nos provee una radiografía de los elementos necesarios para llevar a una democracia sólida al límite: la erosión de valores nacionales; la pérdida de confianza en líderes políticos y medios de comunicación; y la polarización de la sociedad para generar un permanente conflicto interno. 

Si hacemos una rápida comparación con México, veremos que no somos tan distintos a nuestros vecinos. Aquí tenemos también a una sociedad traumatizada por 15 años de conflicto bélico contra el crimen organizado; una profunda falta de confianza hacia partidos políticos y medios de comunicación; y una polarización política no vista en la historia moderna de nuestro país.

El sistema democrático de Estados Unidos logró sobrevivir de milagro. ¿Podemos esperar lo mismo del andamiaje institucional mexicano?