15/3/21

EL REGRESO DE IL DUCE

La pregunta relevante ahora es: ¿Qué forma tomará el movimiento de Donald Trump en el corto o mediano plazo?

Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú


El domingo 28 de febrero, tras un periodo que los historiadores recordarán como “El Breve Silencio”, Il Duce en el exilio regresó triunfante.

Saliendo de un pantano (Mar-a-Lago) para arribar a otro (Orlando), Donald Trump se volvió a coronar con laureles de miedo y odio durante su participación en la Conservative Political Action Conference (CPAC). Ahí, el ogro naranja subrayó que el camino que inició hace cuatro años “está muy lejos de terminar”. Su discurso inició y terminó entre aplausos y vítores, eliminando cualquier sospecha sobre su muerte política.

No les diré más de su discurso, en parte porque no quiero aburrirlos y en parte porque no se dijo nada nuevo. Fue una colección de los ‘grandes éxitos’ que vimos durante sus dos campañas electorales y su presidencia; melodías como “seguiremos ganando”, “luchar contra el radicalismo de los Demócratas”, “derrotar al establecimiento político”, y otras tantas. Sorprendió, eso sí, por una confesión: “No comenzaré ningún partido político nuevo, [pero no hay necesidad] ya tenemos al Partido Republicano”.

¡Así las cosas, señores! No duramos ni dos meses y ahora el monstruo aparece de nuevo para amenazar otra vez al mundo. Les recuerdo que no llega solo: detrás de él hay un partido político secuestrado y millones de seguidores fanáticos.

La pregunta relevante ahora es: ¿Qué forma tomará el movimiento de Donald Trump en el corto o mediano plazo? Para esto, quisiera compartirles las opciones que nos señala la periodista Yasmeen Serhan en The Atlantic:

1. El caso Berlusconi: Silvio Berlusconi fue “el Trump antes que Trump”. Un empresario multimillonario, estrella de la TV, populista en contra del “establishment” y mujeriego irredento. Al igual que Trump, su carrera política se definió por escándalos, juicios e investigaciones judiciales, algo que nunca le quitó sus altísimos niveles de aprobación. Esta popularidad le permitió tener varios regresos triunfales al escenario político de Italia. ¿Logrará Trump emular a su compadre italiano? ¿Mantendrá ese culto de personalidad que también tuvo Silvio? ¿Mantendrá el control del Partido Republicano como Silvio dominó a Forza Italia? Sea como sea, una  gran diferencia entre ambos es que Berlusconi siempre reconoció sus derrotas electorales sin grandes incidentes.

2. El Caso Perón: El arquetipo de todo populista contemporáneo, Juan Domingo Perón creó en la década de 1940 una fuerza política que traspasó fronteras y sobrevivió incluso a su muerte. ¿Cuál fue su secreto? Que al haber sido derrocado y exiliado en un golpe de estado, Perón pudo crearse una “narrativa de victimización”. Un sentimiento de agravio similar ya permea a los seguidores de Trump, quienes insisten en que la elección del 2020 fue robada. Incluso si Trump no compite en el 2024, la ideología del “trumpismo” (como la del “peronismo” en Argentina) seguramente definirá a los candidatos que surjan del bando Republicano.

3. El Caso Fujimori: Otro tipo de populismo que sobrevivió la pérdida de su líder. Al igual que el peronismo en Argentina, la ideología del expresidente Alberto Fujimori sigue siendo una fuerza política dominante en Perú. ¿La principal diferencia? Que el fujimorismo se mantuvo dentro de la familia del fundador; y hoy los hijos de Fujimori, Keiko y Kenji, lideran facciones rivales del movimiento. Algo muy similar ocurre con el trumpismo, donde Don Jr. e Ivanka han tomado banderas divergentes, aunque ambos buscan ser los herederos del trono que dejó su padre.

Queda claro que el trumpismo actual muestra características de todos estos modelos. Aunque bien indica Serhan que el movimiento de Trump seguramente será más similar al fujimorismo que al peronismo. Eso sí, sea cual sea el estilo que adopte, una cosa es totalmente segura: el trumpismo llegó para quedarse.


1/3/21

LA SECTA DEMOCRÁTICA

Hoy quiero referirme a una secta de creyentes que -contra toda evidencia- continúan pregonando la invencibilidad de la democracia liberal en el mundo. Llamémoslos, por decir algo, “La Iglesia del Liberalismo Triunfante”


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú


Si algo he entendido en mi breve investigación sobre cultos, es que la participación en uno de ellos nunca fue exclusiva de personas delirantes o con tendencias milenaristas. 

Como expliqué en mi columna anterior [“El Síndrome de Estrumpcolmo”, Vértigo #1039], incluso cuando las creencias de un grupo sean ilógicas o disparatadas, la mayoría de los seguidores suelen ser personas funcionales, con educación, y provenientes de familias estables. Esto lo hemos visto en las últimas décadas, desde individuos que pertenecen a QAnon, NXIVM, o Heaven's Gate.

Con esto en mente, quisiera expandir un poco mi muestra de análisis para buscar tendencias cultistas en otros sectores de la sociedad que generalmente suelen ser considerados ilustrados y racionales. En particular, explorar las manías que subsisten en los círculos más altos de la academia y de la filosofía política. Por esto, hoy quiero referirme a una secta de creyentes que -contra toda evidencia- continúan pregonando la invencibilidad de la democracia liberal en el mundo. Llamémoslos, por decir algo, “La Iglesia del Liberalismo Triunfante”.

El credo central de su catecismo es la idea de que la globalización llevará invariablemente a un mundo más democrático y con mayor respeto a las libertades políticas, económicas y sociales. Que frente al incremento en el intercambio comercial y cultural, el liberalismo terminaría por permear a las naciones de todos los continentes; culminando con la destrucción de todas las barreras autoritarias y dictatoriales.

¿Les suena muy familiar, verdad? ¡Y cómo nos gustaría que todo esto fuera cierto! Por desgracia, toda la evidencia apunta en contra de esta gran ficción. Lo peligroso del asunto es que, de no abandonar nuestra ceguera religiosa, quizá un día despertemos y ya sea demasiado tarde para salvaguardar algo del naufragio democrático.

Veamos la evidencia: Por un lado, The Economist Intelligence Unit, que revisa y califica el estado de la democracia en 167 países, reveló que el año pasado sólo el 8.4% de la población mundial vivía en una “democracia plena”; mientras que más de un tercio de la humanidad vivía bajo un régimen autoritario. En su puntaje sobre salud democrática, el promedio mundial obtuvo una calificación de 5.37 de 10, el más bajo desde que The Economist comenzó sus mediciones en 2006. 

También están las mediciones de Freedom House, que en su último informe concluyó que el estado de la democracia y los derechos humanos había empeorado en 80 países desde que inició la pandemia del covid-19. De acuerdo con Freedom House, en los últimos cuatro años, más de 100 países se han vuelto “menos democráticos” incluyendo a Canadá, Estados Unidos y la mayoría de Europa Occidental. ¡Terribles noticias!

Esto debería ser la alarma que despierte a todos que deseamos un mundo regido por los principios de una democracia liberal. Que algo quede claro: el liberalismo no goza de buena salud, está perdiendo la batalla en todo el mundo y revertir esta tendencia no será nada sencillo.

¿Qué podemos hacer? Lo primero sería reconocer que estamos en graves problemas. Lo segundo, dejar de pensar que la democracia es inevitable en un mundo globalizado. ¡Nunca lo fue! Lo tercero es comprender que toda acción anti-liberal que tome un gobierno -por más pequeña que sea- ayuda a erosionar la estructura democrática de un país; algo evidente con las numerosas medidas iliberales tomadas durante la pandemia del covid-19.

Es momento de escapar de La Iglesia del Liberalismo Triunfante y defender las últimas libertades que nos quedan. La luz al final del túnel no parece ser el paraíso prometido, sino un tren acercándose a toda velocidad.