Una rosa por cualquier otro nombre

Para muchas personas, la vida parece ser muy cruda para describirla de manera directa; por lo tanto, se inventan un lenguaje destilado y descafeinado, para así maquillar a la realidad.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

LA GUERRA ES LA PAZ
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA
George Orwell, 1984

Existe una perversa tendencia social que se ha venido desarrollando sutilmente en los últimos años. De forma gradual, algunas palabras que todos conocíamos y aceptábamos fueron suplantadas por conceptos cada vez más complejos, ambiguos, y -según sus promotores- socialmente aceptables. Para los defensores de esta neolengua, parecería que la vida es simplemente muy cruda para describirla de manera directa; y por lo tanto, se necesita enfrentarla con un lenguaje destilado y descafeinado, para así maquillarla y embellecerla.

Si lo piensa por un momento, se podrá dar cuenta que en el México contemporáneo hemos dejado de tener ancianos o viejos, y en su lugar convivimos con “personas de la tercera edad”. Todos los ciegos se han convertido en gente “con impedimentos visuales”; los diabéticos, en “personas que viven con diabetes”; y los sordos, en “personas con discapacidad auditiva”. Al voltear a nuestro alrededor, nos percatamos también que vivimos en un país sin pobres, pues ahora México tiene “miembros de las clases sociales desfavorecidas”. Los vagabundos se fueron de la ciudad, y ahora quedan “personas en situación de calle”. Y ni hablar de los paralíticos, ellos también huyeron del país, dejando en su lugar a “personas con capacidades especiales”. Los ejemplos son innumerables.


Algunos dirán que este nuevo lenguaje busca evitar la discriminación y la exclusión hacia ciertas minorías o “grupos especiales” (otro ejemplo más). Pero esto no tiene sentido, porque los conceptos por sí mismos no cargan con un peso o un juicio moral: son el uso y el contexto los que llenan de significado a las palabras. Ahora bien, me queda claro que existen palabras que son utilizadas exclusivamente para violentar y agredir; y que hay todo un lenguaje que fue creado con la única intensión de humillar, discriminar u ofender. Pero aquí no estamos hablando de eso.

Aquí estamos hablando de palabras neutrales, descriptivas y en lo absoluto discriminatorias. Incluso en la misma Biblia, ese libro que es fuente de (dudosa) moralidad para millones, se menciona que Jesús va por toda la antigua Palestina curando a ciegos y paralíticos. Sí… a ciegos y paralíticos. No va curando milagrosamente a gente con “capacidades motrices especiales” o a personas “con impedimentos visuales”. ¡No señor! Ciegos y paralíticos. Así de simple: palabras directas, honestas y claras.

Al final, creo que nuestro idioma no debería sufrir por culpa de consciencias fácilmente escandalizadas. La simple verdad es que cambiar el lenguaje no cambia la realidad o la condición de las personas. Cambiar el lenguaje sólo confunde lo real y termina por enturbiar nuestro entendimiento de las cosas. Porque seamos realistas, aquel que quiere discriminar o ser racista, lo hará con las palabras que le pongas en frente.

Las nuevas generaciones dirán que al claudicar al significado de las palabras están evitando ofender a terceros. Pero si se fijan bien, este camino nos puede dejar incluso peor que antes, y pasar de ser una sociedad con ciegos y viejos a una con cieguitos y viejitos.

¡Faltaba más!



Una versión de este texto se publicó originalmente en Vértigo.

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