Alta Suciedad

El mayor peligro de las palabras es su capacidad para engañarnos; confundirnos cuando aparecen como mensajes vacíos, pero que la mente interpreta como correctos.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

¿No les parece extraño el poder de las palabras? Cómo algo tan etéreo como la combinación particular de vocales y consonantes puede terminar por ofendernos o inspirarnos.

El escritor Toño Malpica calificó a las palabras como “la noche más oscura, la más profunda tiniebla, el mayor terror de todos”; y antes que él, el premio Nobel de literatura, Rudyard Kipling, habló de las palabras como “la droga más poderosa de la humanidad”. Porque claro, fuimos nosotros quienes las inventamos, pero de pronto, parece que nos convertimos en esclavos de nuestras propias creaciones: capaces de aterrorizarnos o narcotizarnos.

Más allá de esto, creo que el mayor peligro de las palabras es su capacidad para engañarnos; confundirnos cuando aparecen como mensajes vacíos, pero que la mente interpreta como correctos y profundos. 

Este particular rasgo apareció recientemente en dos ocasiones, cada una con su diverso grado de perversidad. 

Por el lado lúdico-perverso está el reciente estudio "Acerca de la recepción y detección de la charlatanería pseudoprofunda", donde se demostró que una cuarta parte de las 280 personas analizadas calificaron como “profundas” ciertas frases que no tenían sentido alguno. Por ejemplo: “la naturaleza es un ecosistema auto-regulado de conciencia” o “la totalidad aquieta fenómenos infinitos”. Absolutas tonterías que fueron generadas digitalmente por un programa que apunta a los resultados desde su nombre: “The New Age Bullshit Generator”.

Ahora bien, ¿qué sucede cuando el mensaje que recibimos tiene consecuencias graves? Pues es aquí donde entramos al lado más perverso de las palabras: cuando la droga que nos administran nos transforma en seres agresivos. 



Entra al escenario Donald Trump, un gran charlatán que ha hecho de las palabras la base de su campaña por la Casa Blanca. Como bien lo indica The New York Times, es a través del “poder oscuro” de sus palabras que Trump ha cautivado a audiencias enteras. El problema es que gran parte de su mensaje es basura tóxica.

¿Cómo lo sabemos? Pues la amable gente del Times se dio a la tarea de analizar cada comentario que Trump pronunció en público durante la primera semana de diciembre –un total de 95,000 palabras- y descubrió un turbio laberinto digno de los demagogos del siglo XX.

El discurso de Trump se basa en la repetición de frases divisorias, palabras burdas e imágenes violentas. Tiene un hábito de usar el “tú” y el “nosotros” cuando denuncia a “ellos” y a los “otros”, que representan peligros reales o imaginarios. Utiliza su retórica para erosionar la confianza en datos y números; insulta y ataca a sus contrincantes: todo esto mientras se muestra a sí mismo como víctima de los medios. Y mientras los otros candidatos apuntan al patriotismo o las pasiones compartidas, Trump crea vínculos con la ansiedad y los miedos del electorado. Al final, no ofrece estrategias reales para solucionar las cosas, sólo exige la confianza absoluta en su proyecto y en su personalidad.

Queda claro que las palabras pueden ser peligrosas: pero una cosa es dejarnos engañar por tonterías pseudocientíficas y otra es caer en el estupor del opio de la demagogia. Pues es aquí, en el discurso de la división y el odio, cuando nos adentramos en la noche más oscura, en la más profunda tiniebla. 

¡Aguas, compañeros!

Este texto se publicó originalmente en Vértigo.

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