Una mentada de madre

La Madre Teresa era una monja corrupta, fanática y reaccionaria. Que nos quieran ahora vender la idea de que era una mujer santa... bueno, eso sí que es una mentada de madre.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Resulta siempre entretenido observar cuando uno de los grandes ídolos populares cae de su pedestal para hundirse en la desgracia y la ignominia. Esto rara vez tiene consecuencias graves: si una figura pública es balconeada como un fraude, a lo mucho dejará corazones rotos o ilusiones astilladas.

Problemas serios surgen cuando la admiración se transforma en idolatría; pues la veneración hacia una persona hace que la sociedad se ciegue ante sus errores o crímenes. Pocos ejemplos más aterradores que Marcial Maciel, un espécimen que murió rodeado con aura de santidad, sólo para revelarse que gustaba pasar sus días en decadentes espirales de pederastia, fornicación y adulterio.

Después del caso Maciel parecería absurdo que sigamos confiando ciegamente en las personas que admiramos; mucho menos si aseguran recibir mensajes directos de Dios. Pero incluso hoy, algunas personas todavía escapan del escrutinio público por tener una membrecía en el reino de lo sagrado.

No hay que buscar más lejos que Anjezë Bojaxhiu, una monja de Albania que saltó a la fama mundial bajo el nombre de Teresa. Porque incluso después de 18 años de su muerte (conmemorada cada 5 de septiembre), la opinión pública se ha visto muy lenta en revelar las bajezas que cometió esta mujer al frente de las Misioneras de la Caridad.


La Madre Teresa, -lejos de ser esa anciana risueña que amaba a los pobres-, dejó un legado de corrupción sazonado con su fetichismo por el sufrimiento. Más que cuidar a los pobres en los hospitales que fundó, esta señora pasaba su tiempo viajando en lujosos jets y codeándose con lo peor de la fauna política.

Claro ejemplo fue su viaje a Haití de 1981, cuando comentó que pocas veces había visto tanta cercanía entre un pueblo y su gobierno. Pequeño detalle: el gobierno en cuestión era el horrífico régimen de los Duvalier, una dinastía que oprimió y saqueó a sus ciudadanos durante 29 años. Por si fuera poco, después de recibir una donación millonaria, -dinero que (sobra decir) pertenecía al pueblo haitiano y no al dictador-, nuestra Madre sostuvo que conocer a los Duvalier fue una “hermosa lección” de vida.

Uno esperaría que las millonarias donaciones fueran invertidas en mejorar sus hospicios en Calcuta. ¡Faltaba más! La señora uso ese dinero para fundar cientos de conventos de su organización por todo el planeta, mientras sus hospitales jamás dejaron de ser depósitos de enfermos en condiciones deplorables. Y si a esto le agregamos el fetichismo que mostraba hacia el dolor y el sufrimiento de sus pacientes (porque había que imitar el ejemplo de Jesucristo) estamos hablando de verdaderos sanatorios infernales.

La extravagante adulación hacia la Madre Teresa ofuscó también la visión filantrópica de toda una generación. Porque en su largo peregrinar, esta señora presentó a la India y al resto del Tercer Mundo como lugares dantescos que requerían de nuestra caridad y compasión. Total, para qué buscar soluciones reales a la pobreza, crear verdaderos hospitales o programas de planificación familiar, si al final la gente lo que necesita es caridad y compasión.

Últimadamente, ustedes pueden seguir pensando lo que gusten sobre la Madre Teresa. Pero que intenten seguir vendiéndola como faro de moralidad para el mundo o como una santa en vida, ¡eso sí que es una mentada de madre!

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