Salvaje es el Viento

Todos hemos caído presas de una "idea-zombi" en el tema del amor. Porque al hablar de matrimonio, nos hemos engolosinado con la idea romántica de éste, llegando a una la glorificación del matrimonio romántico. 


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú


Les cuento una historia: hace un par de años platiqué con una chica de Corea del Sur, quien arbitrariamente estaba ese día bebiendo cervezas con nosotros en un bar. La cuestioné sobre su experiencia en México y si pensaba quedarse en el país al terminar sus estudios. Su respuesta fue negativa, pero su explicación fue perturbadora: “No puedo quedarme” me dijo “mis padres esperan que vuelva a Corea para casarme; incluso ya me enviaron un catálogo para que eligiera a mi futuro esposo desde aquí”.

¡¿Un esposo por catálogo?! ¡¿En qué clase de averno anti-feminista había caído?!

Porque para nosotros en Occidente, resulta obvio que el matrimonio es una cuestión de amor, y que arreglarlo por catálogo es un ejemplo de esas "ideas-zombis" que debieron morir hace tiempo pero que se rehúsan a dejar nuestro mundo.

Y aunque existen numerosas razones para repudiar al "matrimonio por catálogo", creo que nosotros también hemos caído presas de otra "idea-zombi" en el mismo tema. Porque al hablar de matrimonio, nos hemos engolosinado con la idea romántica de éste, llegando a una la glorificación del matrimonio romántico.



Esta propuesta surge  con el romanticismo en el siglo XIX: una ideología que hacía de las emociones humanas el más alto y noble objetivo de la vida. Al poco tiempo, el romanticismo infectó a la literatura, el arte, la música y la filosofía. ¡Había que terminar con la aburrida racionalidad de la Ilustración, señores!

No conforme con devorar las artes, el romanticismo tomó entonces la idea del matrimonio -antes un asunto meramente económico y práctico- y la transformó en una historia de amor. Así, una persona debía buscar a su alma gemela para iniciar una relación de pasión eterna, tener una conexión emocional y espiritual inquebrantable y un ímpetu sexual hasta los 80 años. ¡No hay nada que el amor no pueda superar!

Pues bien lo explica el filósofo Alain de Botton, que es precisamente esta mentalidad la que más nos acerca a un matrimonio fallido. Porque es obvio -por cuestiones psicológicas y biológicas- que todos esos sentimientos melcochosos y el engatusamiento que tenemos al inicio de una relación no pueden durar para siempre. Pero armados con el ideal romántico, los pobres enamorados confunden estas emociones iniciales con la señal de haber encontrado a su pareja perfecta.

Pero al final del cuento, las parejas se dan cuenta que no son son perfectas, y poco a poco ven esa miel empalagosa del amor transformarse en arena. Muy tarde se dan cuenta que la perfección romántica no existe, y que todos terminaremos por frustrarnos, enojarnos, molestarnos o decepcionarnos mutuamente.

Pero aquí Alain de Botton nos ofrece una solución. Dice él que “la persona que es mejor para nosotros no es aquella que comparte cada uno de nuestros gustos (porque él o ella no existe), sino la persona que puede negociar las diferencias en gustos de manera inteligente. En vez de preservar una idea nocional de la perfecta complementariedad, es la capacidad de tolerar diferencias con generosidad la verdadera señal de que una persona no es “completamente equivocada” para nosotros. La compatibilidad es un logro del amor; no debe de ser su precondición".

¡Pobres románticos tontos! Después de tanto pugnar, parece que la Ilustración siempre tuvo la solución para el amor: La racionalidad y la inteligencia.

Texto publicado originalmente en Vértigo

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