Simpatía por el Diablo

Existe un gran problema con el recuerdo colectivo. Porque olvidar la historia se ha convertido en la manera más sencilla para evitar los temas que más nos duelen como sociedad.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Al momento de repasar nuestras vidas, seguro hemos entrado a un mundo dantesco de donde surgen recuerdos que mejor deberían ser incinerados en el horno del olvido. En mi adolescencia, hay tantas noches de rocanrol, psicodelia y otros excesos suficientes para llenar una larga lista de infamias que, de ser públicas, seguro mancharían mi apellido para la posteridad.

Retomo el porte y me percato que sólo a partir del análisis crudo de mi pasado es posible encontrar las enseñanzas a las que se refieren los hombres ilustres. Sin historia no hay aprendizaje, y sin aprendizaje ningún tipo de sabiduría o progreso.

Esta misma filosofía debería extenderse a sociedades y a países enteros. Aunque por extrañas razones, encontramos en cambio a un mundo que no sólo evita recordar, sino que se esfuerza por ocultar o maquillar su pasado.

Primer ejemplo: a finales de julio pasado, el tabloide británico The Sun develó un video donde aparece la reina Isabel II y su familia practicando el infame saludo Nazi usado para glorificar a Hitler. La realeza británica no tardó en protestar, abogando que el video data de 1933, cuando la reina tenía apenas 7 años: la chamaca no podía saber lo que hacía. Pero más allá del morbo, lo que este video muestra es a una monarquía británica en buenas relaciones con el nazismo, y nos remite a un momento donde parte de la sociedad inglesa consideraba a las políticas de Hitler como el camino para crear un mejor futuro.


En México, es trillado decir que vivimos en una nación habitada por fantasmas de héroes y villanos: los primeros tallados en bronce y los segundos condenados a la ignominia eterna. Hace apenas un mes, el periodista Sergio Sarmiento criticaba el rechazo generalizado que aún existe hacia Agustín de Iturbide. A dos siglos de distancia, nos sigue causando angustia reconocer a este criollo con pretensiones napoleónicas como nuestro verdadero “padre de la patria”.

El problema es que olvidar la historia se ha convertido en la manera más sencilla para evitar los temas que más nos duelen como sociedad. Y esto no es exclusivo de México, pasa lo mismo con Alemania (el nazismo), Estados Unidos (la esclavitud) y España (el franquismo). 

El escritor Javier Cercas se aventura a una explicación, indicando que cuando el pasado no nos gusta, tendemos a esconderlo o ignorarlo, ya que en realidad la verdad no nos gusta: como sociedad preferimos las mentiras. Sin embargo, agrega el autor español que nuestra ceguera por el pasado “nos deja inermes y del todo vulnerables a la fascinación épica y al idealismo sentimental y embustero de los periódicos, así como a los infatigables vendedores de paraísos”.

Porque destruir la historia, por buena o mala que sea, evita que podamos conocer más de nosotros mismos y aprender del pasado colectivo. Debemos aceptar y reconocer incluso nuestros peores momentos, para saber cómo evitarlos en el futuro. No olvidemos tampoco que muchas ideologías que ahora consideramos indefendibles se encuentran aún entre nosotros, esperando una nueva crisis para salir a presumirnos sus nuevas esvásticas.

No por nada en México hay quien pide el regreso de un “hombre fuerte” para restablecer la paz y el orden. Pero por andar buscando al nuevo Benito Juárez, seguro que terminamos con un Santa Anna o un Echeverría. 

¡Lo que nos faltaba!

Esta columna se publicó originalmente en Vértigo.

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