15 horas en Tijuana: pulpo y banda

Parte 3 de 3 de la serie: "Tijuana: Un salvaje recorrido por el corazón del desconcierto mexicano."

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Los extranjeros disfrutaron de una cerveza con clamato por primera vez en sus vidas, en un pequeño bar con vista al mar. "En las playas mexicanas los gringos beben Coronas y los mexicanos beben clamatos" ofreció el japonés. Supongo que de cierta manera tiene razón. Pedí los clamatos en copa, y con grandes camarones adentro. Ambos extranjeros pasaron por el ritual de horrorizarse ante la idea de verter su cerveza en un gazpacho almejoso en el que literalmente flotaban animales del mar ("¿acaso podría existir un brebaje más insólito y asqueroso para combinar con esta refrescante cerveza?"), y posteriormente enamorarse del complejo sabor de la bebida más improbable de México.

Terminamos nuestra aventura en un restaurante sinaloense que nos habían recomendado (en el viaje hacia allá, el taxista no tardó en mencionar animadamente el mejor lugar para conocer chicas fáciles. Empezaba a notar un patrón ahí). Apenas abrimos las puertas del taxi, a varios metros de El Negro Durazo, se escuchaba ya el tremendo ruidazo de música banda en su interior. Giré para ver las caras de mis colegas, y ellos no escondieron su espanto. No dejé opción a la duda, me dirigí directamente a la entrada. Al abrir la puerta recibimos una cachetada de sonido que casi nos dobla la espina dorsal. 


El restaurante era pequeño, y los catorce músicos amontonados en un extremo soplaban con todas sus fuerzas. Era una tradicional banda sinaloense: tuba, trompetas y clarinetes, acompañados de tambora y diversas percusiones, marcaban un agitado paso de polka. Este estilo, que ha evolucionado de tradiciones musicales traídas a estas tierras hace más de un siglo directamente desde Europa por inmigrantes germánicos, sigue siendo inmediatamente reconocible y más amado que nunca.

La cena fue el último de los muchos episodios surreales que los extranjeros, ya completamente inmunes al shock cultural, aceptaron como si fueran cosas de todos los días. La música ensordecedora paraba por apenas unos segundos antes de estallar, diez veces más fuerte que la canción anterior. Los meseros se emborrachaban y bailaban con los clientes. Había más sombreros tejanos per cápita que en cualquier otro sitio en el planeta tierra. Bebimos incontables Coronas pequeñitas y tequila de un enorme recipiente con una serpiente en su interior. Y sin embargo, el japonés (que sabe de esas cosas) confirmó a gritos la excepcional calidad del pulpo a la veracruzana, y ambos aprobaron con éxito su diplomado en producción de tacos con rellenos inverosímiles.


Finalmente, exhaustos y quemados, sordos y sin voz, ebrios y con la barriga repleta, hicimos el último recorrido que haríamos en México ese día. El viaje a La Línea, como se le conoce al cruce fronterizo del lado mexicano, fue el único trayecto silencioso. Sabía que mis compañeros recopilaban sus recuerdos de esas extraordinarias horas en Tijuana, y formulaban sus impresiones. Sé que yo, al menos, eso hacía. A pesar del caos, del peligro y del alarmante ruido, o quizás gracias a estas características, la ciudad fronteriza nos había enamorado. 

Habíamos tenido la fascinante oportunidad de abandonar un país en el cual la ley y el orden son conceptos cuasi-sagrados, para inmergirnos en otro que podría ser su perfecto opuesto. Resultaba absurdo pensar que millones de personas viven, de aquél lado, una vida de rutina perpetua, de seguridad crónica. Nunca jamás experimentando en la totalidad de su vida ni un ápice de lo que en un minuto se vive en las calles de la frontera tijuanense.

El cruce de vuelta a los EEUU fue catártico: hacían fila casi exclusivamente dos tipos de persona. Había quienes, como nosotros, se veían como si acabaran de pasar uno de los mejores días de sus vidas. La gran mayoría, sin embargo, eran personas que desprendían una callada desesperación. Los que tenían por delante no una noche de sueño profundo, sino una jornada de trabajo por unos cuantos billetes verdes. 

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Fin.

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Texto por Daniel Morales
Fotografías por Daniel Morales


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