15 horas en Tijuana: jazz y pilsener

Parte 1 de 3 de la serie: "Tijuana: Un salvaje recorrido por el corazón del desconcierto mexicano."

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"Ahí le va", me dijo el taxista entregándome una tarjeta con un par de mujeres desnudas al lado del nombre del table dance (¿Insomnio? ¿Amnesia? No puedo recordar. Todos los nombres de estos lugares parecen tomados de una lista de desórdenes mentales), "¡si dicen que los invitó alguien de esta compañía de taxis, les regalan la primer ronda!". Así empezaba mi primer visita a la bella y folclórica ciudad de Tijuana.

Minutos antes había caminado a mi país, proveniente de San Diego, por la garita San Ysidro. Atravesada a diario por cientos de miles de paisanos, turistas Yankees, y aventureros curiosos, la frontera entre Tijuana y San Diego es de las más concurridas del mundo. Crucé acompañado de un par de colegas nerviosos, uno italiano y el otro japonés. Dejando atrás la burguesa tranquilidad del sur de California e inmediatamente sumergiéndonos en el colorido y familiar caos de una ciudad mexicana, me percaté de lo absurdamente sencillo que fue entrar a México. En ningún punto tuvimos que detenernos. No dijimos una sola palabra a nadie. De hecho, no había nadie a quién siquiera decir un buenos días, a excepción de un par de soldados sosteniendo gigantescos rifles de asalto. Y no tenían cara de estar pasando buenos días. La frontera me pareció una especie de válvula, el poro está totalmente abierto del lado yankee al lado mexa, pero es altamente selectivo en la dirección opuesta. Supongo que la actitud mexicana se puede resumir en: "si eres suficientemente bueno para estar de aquél lado, entonces eres suficientemente bueno para estar de éste".



La mayoría de las personas cruzando hacia Tijuana llevaban enormes bolsos de compras, pesadas maletas, bultos de todos tamaños y colores, y hasta muebles y aparatos electrónicos. Nadie estaba haciendo preguntas. ¿Cuántas armas legalmente compradas en las libertinas tierras Yankees pasarán por este poro?

Después de diez minutos de escuchar al taxista describir emocionadamente la particular belleza de las bailarinas exóticas de la ciudad, llegamos a nuestro destino: Avenida Revolución entre la Cuarta y la Quinta. Era domingo, el sol abrasador, y frente al infamoso Caesar's (al que no puedes acercarte más de 100 metros sin enterarte de al menos 15 fuentes de que ahí se inventó la ensalada que lleva su nombre) estaba ya un pequeño escenario y se preparaban para tocar unos 20 músicos sosteniendo sus metales de viento. Era el festival de jazz y blues de Tijuana, y siendo apenas mediodía, el centenar de sillas colocadas frente al escenario estaban en su mayoría vacías.

Deambulamos un poco observando las escenas que nos rodeaban, los ceños de mis acompañantes firmemente fruncidos. En cada esquina, un burro pintado de cebra frente a una carreta de dos ruedas abarrotada de objetos multicolores y un enorme letrero, TIJUANA 2013. Más extraño aún era ver a las parejas de piel rosada que hacían fila para ponerse grandes sombreros (en una ocasión, bigote falso para el caballero) y tomarse una fotografía. Varios hombres en guayabera y sombrerito cubano fumando puros y conversando a alto volumen, podían fácilmente haber sido inspiración para una caricatura de mafiosos tropicales. Niños corriendo por la calle comiendo diversas frutas empaladas cubiertas de chamoy. Señoras en camisetas de los Looney Toons y shorts fosforescentes vendiendo tabaco y goma de mascar. Un hombre en la banqueta, claramente intoxicado, con una vieja guitarra rota pretendiendo que hacía música.

 

La banda de jazz comenzó, y tomamos asiento con unas cervezas Tijuana (la Güera, una pilsener, es buena para matar el calor), ofrecidas por meseros del Caesar's ("¿Sabían que justo aquí se inventó la ensalada?"). La banda arreglaba un buen sonido de Big Band, y se encargaron de alegrar el ambiente con varias piezas clásicas antes de pasar el escenario al siguiente grupo, un cuarteto que se dedicó a hacer covers de los Beatles. Para entonces, ya habíamos hecho amigos con un par de compadres norteños, que nos platicaban orgullosamente cómo los líderes de ambas agrupaciones eran músicos que hicieron su fama en los toquines de los sesentas ahí mismo en "la Revu" (Avenida Revolución). La ensalada Caesar no tardó en ser presumida. Mis amigos extranjeros asentían con la cabeza, pretendiendo que entendían a la perfección, pero ponían más atención a los impredecibles movimientos de los meseros para pedir más Güeras.

El jazz tradicional dio lugar a música más experimental. Uno de los grupos fusionaba clarinete con didjeridoo. Me sentí intrigado por la combinación de sonidos, pero era obvio que el público no había venido a escuchar música compleja, sino todo lo contrario. Se dio un pequeño altercado. Un bigotón sosteniendo una torrecita de vasos plásticos con el logotipo de Carta Blanca gritó "¡Fuera!", a lo que varios jóvenes en la parte de enfrente respondieron con furiosos "¡Vete a tu casa!" y sinceros "¡Chingas a tu madre!". Por más extraña que fuera la música, se iba a respetar al artista como un invitado del evento. Me sentí orgulloso de los abusos dirigidos al bigotón. 

Con las mangas de nuestras camisetas irremediablemente tatuadas en la poca piel que escapó el arder de nuestros brazos, decidimos dejar nuestros asoleados asientos. Queríamos ver la más extrema esquina del noroeste de mi país, donde aguas mexicanas y aguas estadounidenses colindan. ¿Cómo sería tal división posible? ¿Qué tipo de frontera puede existir en un océano? La idea me parecía totalmente absurda. 

Fuimos a investigar...


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Continuará.

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Texto por Daniel Morales
Fotografías por Daniel Morales

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