Los recuerdos del porvenir feminista

La nueva sociedad a la que debemos de aspirar todos nosotros es una sociedad de igualdad, sí, una sociedad donde la mujer tiene cabida en todo momento. Pero también es una sociedad donde el hombre tiene cabida. Es una sociedad donde lo que dicta nuestras acciones no es la igualdad sino la equidad, donde no buscamos todos compartir la misma ideología sino el mismo respeto.


Texto por: Iván Eusebio Aguirre Darancou

Hoy estamos reunidos en este espacio virtual para “conmemorar” el mes internacional de la mujer. Hemos tenido unas décadas cargada de experiencias nuevas que nos han abierto las puertas a nuevas formas de pensar, de experimentar el mundo, de ser mejores mujeres y porqué no, también mejores hombres. No deja de resultarme triste que nos veamos obligados a llevar a cabo este tipo de eventos para promover la equidad de género y que los organicemos no como mero trabajo intelectual sino sobretodo como punta de lanza para crear nuevas sociedades. Sin embargo, estas palabras que quiero dedicarles a todas las mujeres aquí presentes, y a las no también, no son palabras de remembranza, mucho menos de tristeza. 

Todo lo contrario, quiero que estas palabras se entiendan en el marco de esta semana de conmemoración de las mujeres. Quiero que al oírlas pensemos en todas las mujeres del mundo que nos han permitido estar aquí reunidos, mujeres que sin tener la más remota idea de lo que es la igualdad de género o los llamados Gender Studies tuvieron la valentía de abrir ante nosotros nuevos mundos. Mujeres como Marie Curie, Sor Juana Inés de la Cruz, Safo. Gracias a ellas hemos avanzado, no como mujeres sino como humanidad. 

Y en este sentido quiero partir de una idea que a lo largo del mes se ha ido rebotando en diferentes mesas y ponencias. Queda claro que aún no hemos terminando de construir la sociedad perfecta de inclusión de género. La nueva sociedad a la que debemos de aspirar todos nosotros es una sociedad de igualdad, sí, una sociedad donde la mujer tiene cabida en todo momento. Pero también es una sociedad donde el hombre tiene cabida. Es una sociedad donde lo que dicta nuestras acciones no es la igualdad sino la equidad, donde no buscamos todos compartir la misma ideología sino el mismo respeto. Es una sociedad donde la mujer es respetada no por su belleza sino simplemente por ser parte del género humano. Es decir, la idea fundamental, -que espero dejar claro con toda esta sarta de palabras- es que la mujer no es más que la mitad del género humano, así como el hombre no es más que la otra mitad. Ambos son válidos en sí mismos, como parte de la humanidad en su totalidad. 

A lo largo de la historia, la mujer ha buscado un espacio donde ella puede ser gobernante libre de su propia existencia, separada geográfica y psíquicamente del reino del hombre. En la antigüedad, la Amazonia y la isla de Lesbos representaban ese lugar, en los siglos románticos el ático terminaba siendo el único punto de fuga, y en el siglo pasado el cuarto propio resultada el espacio idílico para el escape. Pero en la sociedad que hoy estamos forjando y que continuaremos formando, la mujer no huye del hombre, ni éste la orilla a refugiarse en la soledad. Todo lo contrario, los hombres abrimos los brazos para recibir todo aquello que la mujer está dispuesta a recibirnos. Porque sí, debemos como hombres y como sociedad pedir perdón por aquellos agravios, pero más que pedir perdón debemos abrirnos y mostrar apertura para recibir las iniciativas que las mujeres pueden aportar y trabajar junto con ellas.

Atrás han quedado los días del feminismo radical donde las mujeres como unidad social se alzaban contra el resto de nosotros para exigir sus derechos. Hoy, los derechos existen, las leyes se han escrito, los acuerdos se han firmado. El feminismo logró su cometido. Pero falta ahora el trabajo social, que descansa ya no en los hombros de las mujeres valientes que dedicaron sus vidas a la lucha, sino en los hombros de todos nosotros: los hombres y las mujeres que formamos parte de la sociedad. Queda bajo nuestra responsabilidad deshacernos de una vez por todas de los estereotipos de género que nos causan tanto conflicto. 

Creo que es importante señalar aquí que cuando hablo de una sociedad futura no me refiero a una sociedad igualitaria. Desde el surgimiento de las luchas feministas se han desarrollado corrientes muy diferentes, todas ellas válidas en su contexto social e histórico. Pero hoy en día cuando se menciona la palabra “feminismo” muchos de nosotros pensamos más en instancias de igualdad que equidad. Pensamos generalmente en una sociedad donde la mujer es igual al hombre, viste igual que el hombre, habla igual que el hombre, trabaja igual que el hombre. Es decir, la mujer se ve obligada a convertirse en hombre.

Sin embargo, la verdadera sociedad de equidad, la que debemos construir con esfuerzo y a la que le hemos agregado algunos ladrillos esta semana, es una sociedad donde el trabajo de la mujer, sea cual sea, vale por sí mismo. Una sociedad donde un hombre puede desempeñar un trabajo de ama de casa sin que sea menospreciado, o un trabajo de enfermero o secretario. Una sociedad donde una mujer no tenga que vestir pantalones para ser tomada en serio, ni tenga que cortarse el pelo ni mucho menos comportarse como otro hombre. Es una sociedad donde las oportunidades están abiertas tanto a mujeres como a hombres, y ya depende de cada uno decidir qué quiere hacer. 


¿Cómo lograr esto? ¿Cómo construir una sociedad que cuando la imaginamos resulta tan lejana como irreal? ¿Cómo vencer cientos de años de segregación de género? La respuesta, créanlo o no, es mucho más fácil de lo que parece. Lo estamos haciendo aquí. Podemos cambiar políticas, podemos cambiar leyes, podemos hacer manifestaciones, pero hasta que no nos detengamos y reflexionemos como individuos sobre nuestra postura, nada cambiara. 

Porque el cambio, si bien mucho más profundo que meramente político o legal, es también mucho más sencillo de lo que parece. Tanto como dejar de pensar en una mujer en función de un hombre. Tan sencillo como borrar de nuestra mente la dicotomía hombre-mujer y mejor pensar en un solo género humano. Porque mientras no dejemos de concebir a la mujer como algo aparte del hombre no podremos imaginarnos a la par. Planteaba el filósofo francés Jacques Derrida que las dicotomías clásicas que han regido nuestra vida a lo largo de siglos son inválidas en una sociedad como la nuestra. Que ya no podemos pensar sólo en blanco y negro, porque también hay todo un arco iris en medio. O dejar de pensar en simplemente día y noche, porque dejaríamos de lado todas las puestas de sol. 

Basta ya entonces de concursos de belleza, basta de que la mujer sea considerada como mujer sólo en función de su belleza. Existen tantas otras variables con las cuales podemos medir nuestra humanidad, nuestros géneros. Existe la inteligencia, existe la entrega, existe la empatía, existe el trabajo social, existe la política. Existe el compromiso por un mejor mundo. Y lo que es más, estos valores no son sólo de la mujer, sino del género humano. ¿Acaso un hombre tiene que probar algo para ser considerado hombre? ¿Acaso una mujer debería tener que ganar algo para ser considerada mujer?

Pues de igual manera nos conviene a todos pensar más en un solo género humano, una sola sociedad compuesta de muchas maneras de expresión, donde la mujer es una parte esencial del tejido social. Basta de mirar los estereotipos que los medios nos fomentan, basta de fomentar las ideas que siguen subrepticiamente existiendo sin que nos demos cuenta.

Pero tampoco se trata de ignorar nuestras diferencias genéticas y naturales. Más bien se trata de abrazar cada uno de nosotros nuestras diferencias personales, pero a partir de ellas encontrar en los otros, en las mujeres específicamente, aquello que nos hace falta para lograr concretar una realidad más completa. Esto lo lograremos con acciones sencillas, ayudándonos entre todos a través de la educación, de la lectura, de la inclusión en todo momento, a romper con las barreras que hemos creado a lo largo de siglos. 

Para finalizar, quiero recordar a Rosario Castellanos, quién a lo largo de su vida nos incitó a reflexionar sobre la situación de la mujer mexicana que en ese momento se encontraba en una encrucijada por demás importante. Denunció el maltrato femenino que aún hoy se sigue viviendo, denuncia el hecho de que la mujer sea considerada, entonces y hoy, un ser que existe sobre todo para la reproducción de la especie. Castellanos dedicó su vida y su obra a buscar nuevas maneras de ser mujer, nuevas maneras de existencia que fueran más allá de simplemente un concurso de belleza, o un concurso de inteligencia, o la creación artística. Quiero compartirles sus meditaciones:

No, no es la solución
tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy
ni apurar el arsénico de Madame Bovary
ni aguardar en los páramos de Ávila la visita
del ángel con venablo
antes de liarse el manto a la cabeza
y comenzar a actuar.
Ni concluir las leyes geométricas, contando
las vigas de la celda de castigo
como lo hizo Sor Juana. No es la solución
escribir, mientras llegan las visitas,
en la sala de estar de la familia Austen
ni encerrarse en el ático
de alguna residencia de la Nueva Inglaterra
y soñar, con la Biblia de los Dickinson,
debajo de una almohada de soltera.

Debe haber otro modo que no se llame Safo
ni Mesalina ni María Egipciaca
ni Magdalena ni Clemencia Isaura.

Otro modo de ser humano y libre.
Otro modo de ser.

Castellanos nos mueve a ver a la mujer ya no sólo como madre, o como artista, o como mártir. Es más, hasta nos dice, basta de intelectuales, basta de feministas. Busquemos otros modos de ser que nos permitan existir en harmonía. Queda ante nosotros, los reunidos aquí y los que están dispuestos, los hombres y las mujeres, materializar estos lazos. Queda ante nosotros la tarea de crear la sociedad que permita la existencia de esos nuevos modos de ser… 


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