La importancia de llamarse Virginia


Uno de los principales síntomas de la severa esquizofrenia social que sufrimos es nuestra compulsiva obsesión por el sexo, aunado a nuestra obsesión incesante por la virginidad. 

En su libro “The Purity Myth”, Jessica Valenti argumenta que “es complicado saber cuándo las personas comenzaron a preocuparse por la virginidad, pero lo que sí se conoce es que fueron los hombres, o las instituciones dirigidas por hombres, los que siempre han definido y asignado valor a la virginidad”.

No es de sorprender que la idea de la virginidad sea una concepto masculino, pues esta noción responde al intento por controlar el cuerpo, la vida y el placer de las mujeres. Muy rara vez se observa a grupos feministas abogando por un mayor control de su sexualidad y la curiosa tradición de asesinar a las mujeres “deshonradas” siempre ha sido exclusivamente masculina. 

Desde tiempos inmemoriales, la idea de la virginidad ha sido sustentada por una profunda inseguridad. El origen de esta inseguridad se encuentra en la imposibilidad del hombre de saber si sus hijos realmente le pertenecen. Una mujer sabe perfectamente con cuántos y cuáles hombres ha tenido sexo y el óvulo fertilizado siempre será suyo; pero el varón no puede estar seguro de que el infante en el vientre de su mujer comparte sus genes. Claro que ahora existen pruebas de ADN para conocer esto, pero en sociedades menos avanzadas, la única forma de “asegurarse” que los hijos fueran propios –y que la herencia de títulos, dinero y propiedad no terminaría en manos de unos bastardos- era eligiendo a una mujer virgen como esposa y manteniéndola después en perpetua reclusión doméstica.

Esta interesante idea rápidamente se infiltró en el reino de lo metafísico y lo sagrado. Las religiones organizadas –siempre dirigidas por hombres- no tardaron en unirse al frenesí de la virginidad y volverla un dogma de fe.

No es extraño que la figura femenina a quien la Iglesia Católica impuso como ejemplo a seguir haya sido María. ¿Y saben cuál fue el mayor logro de María? ¡nunca haber tenido sexo! Porque uno jamás habla de “María la Sabia” o “María la Magnánima”, ¡faltaba más! Hay que recordarla como la “Virgen María”, pues poco importa qué otras cosas haya hecho esa mujer en su vida, con tal de que nunca haya tenido sexo. 

La glorificación a la virginidad no es exclusiva del cristianismo. En el caso del Islam, la tentadora recompensa celestial para los mártires es poseer 72 vírgenes en el paraíso. Aunque algunos consideran este hadith como apócrifo, sigue siendo una excelente estrategia de marketing para inducir a jóvenes reprimidos a la idea del terrorismo suicida.


Con el paso del tiempo, nuestra obsesión por la virginidad comenzó a filtrarse en la vida cotidiana hasta el punto de llegar a representar el valor principal y último de las mujeres. En ciertos grupos sociales, la virginidad se mantiene como la única evidencia necesaria para calcular la moralidad de una mujer. Bajo esta mentalidad, poco interesa que una mujer sea estúpida, insulsa o maliciosa, pues mientras jamás haya ejercido su sexualidad, la sociedad la seguirá considerando como un persona moral y siempre merecedora de aprecio. 

Las consecuencias de esta mentalidad sobrepasan la obvia represión de la naturaleza sexual femenina. Pues al crear un vínculo directo entre la sexualidad y la moralidad, la sociedad pierde toda perspectiva real de la ética. Cuando la supuesta pureza inherente que conlleva la falta de sexo se transforma en la principal brújula moral de una cultura, se vuelve imposible construir una base sólida de comportamiento cívico.

No obstante la complejidad del tema, la medicina para la esquizofrenia que sufrimos es una fuerte dosis de racionalidad y libertad. Si en el predominante sistema cultural machista, los hombres son celebrados por sus proezas sexuales, las mujeres deberán de responder con la misma moneda. Pero tendrán que ser más astutas y nunca imitar comportamientos primitivos. 

Para que esto funcione, primeramente será necesario aceptar que la actitud masculina de glorificar el número de relaciones sexuales que ha tenido es estúpida y todos aquellos que la cultivan son unos brutos; si una mujer quiere seguir este camino, que lo haga bajo su propio riesgo. Habiendo entendido esto, será necesario comprender que la virginidad es voluntaria: quien quiera permanecer virgen hasta el matrimonio, que lo haga; quien no lo quiera así, lo mismo.

Pero el elemento fundamental es entender que la emancipación sexual de la mujer sólo podrá llegar con su emancipación económica, pues sólo con la libertad económica se obtiene la libertad de acción; y toda mujer con libertad de acción verá lo estéril que es usar la virginidad como elemento opresor.

Quizá entonces, con ese poder que emana de la libertad, se podrá iniciar un justo debate sobre el significado de la sexualidad.

Texto por Juan Pablo Delgado

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