Una revolución sin cafeína, por favor

Aunque se crea que la guerra contra el crimen organizado en México es una guerra de criminales contra criminales (sean del gobierno o del narcotráfico), la realidad es que no todos los criminales son iguales: hay algunos criminales peores que otros.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Una señal de la madurez lograda por la sociedad civil en México es el surgimiento de diversas organizaciones que pretenden resolver la urgente situación de violencia. Muchos de ellos cantan el slogan de “no más sangre”, otros salen en grupo vestidos con camisas blancas y gritan consignas y majaderías frente a oficinas del gobierno; otros tantos visitan las zonas más afectadas por la guerra y exigen transparencia y rendición de cuentas al Gobierno.

Si alguien me pregunta, yo diría que todas estas acciones son muy loables.

Pero a nivel personal, creo que algunos miembros de estos grupos son fundamentalmente débiles. He escuchado a muchos pidiendo el restablecimiento del orden constitucional sin los problemas que conlleva una acción de esta magnitud. Todos quieren paz y seguridad, pero sin tener que sufrir para conseguirla; quieren una revolución sin cafeína.

Y muchos parecen no saber que aquellos que derraman la mayoría de esa sangre son completamente indiferentes a sus peticiones y no son elegidos por voto popular.

No obstante, no podemos ignorar que el Estado también ha cometido atrocidades contra la población civil, y los camisas blancas han hecho bien en expresar su derecho de mantener vigilado a este poder y exigir la rápida acción de la justicia. Ya en los últimos años, grupos de Derechos Humanos han denunciado muchos de estos crímenes y el gobierno del presidente Felipe Calderón no ha podido permanecer silencioso y ha tenido que responder públicamente.

Pero no hay que confundirnos, amigos. Pues aunque se crea que ésta es una guerra de criminales contra criminales (sean del gobierno o del narcotráfico) y aunque se crea que todos los criminales son iguales, no hay duda que algunos criminales son más iguales que otros.

 

Los cárteles del narcotráfico son quienes han cometido los crímenes más bestiales y son quienes persistentemente atentan contra la libertad de la sociedad. Son ellos los que decapitan, asesinan y llenan las fosas comunes, secuestran, extorsionan, mutilan y amenazan… ¿Qué el Ejército ha comedido algunas acciones similares? ¡Sobra mencionarlo! Pero no existe punto de comparación entre ambos bandos. Heriberto “el Verdugo” Lazcano no es igual al Secretario Guillermo Galván.

Analogías y metáforas sobran para describir este conflicto. Muchos han utilizado la metáfora del narcotráfico como un cáncer que consume al Estado. Siguiendo sobre esta metáfora, se podría decir que uno no puede erradicar un tumor con oraciones, buenas intenciones o con 3 tazas diarias de té de manzanilla. Se requiere de una intervención quirúrgica directa o severas sesiones de quimioterapia.

Y el tener aún un final incierto en la guerra, después de cinco años de combate directo, debería de poner en evidencia el enorme poder que los cárteles ostentan. Un poder –paramilitar y económico- que han acumulado por décadas y que jamás fue guardado celosamente. En todo momento han utilizado este poder para comprar y corromper a las tibias “autoridades” municipales, estatales y federales. La consecuencia inevitable es un Estado doblegado a sus demandas y la creación de un Narco-Estado, en donde la autoridad civil funciona sólo para garantizar el bienestar de los cárteles.

No intento decir que debemos de seguir ciegamente al presidente Calderón en su combate frontal contra los cárteles. El número de muertos, el surgimiento de paramilitares, el atropello de Derechos Humanos y la continuidad en el flujo de drogas hacia el norte y de dinero y armas hacia México son todas señales del fracaso de su estrategia.

Pero si como país pretendemos alcanzar un mayor nivel de bienestar social y económico, es obligatorio eliminar la consolidación de este modelo de gobierno. Y eliminar a un grupo que atenta contra el poder del Estado desde el interior no se logrará con slogans, con discursos elocuentes de paz, con camisas blancas o con marchas que piden el fin de la sangre.

Louis Saint-Just lo dijo muy bien durante la Revolución Francesa: “¿Qué es lo que quieren aquellos que no quieren ni Virtud ni Terror?”. La respuesta es conocida: quieren corrupción. Y esto es sólo otro nombre para la claudicación y la derrota.

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