Alivio de Luto

La idea de la muerte -y los rituales en torno a ella- han sufrido enormes transformaciones en las últimas décadas, llegando ahora al mundo digital.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

¿Quién de aquí recuerda a Bernarda Alba, aquella anciana amargada de la que escribió García Lorca? Por años, su historia me dejó con sentimientos encontrados, evitando poder sacudirme del todo el implacable calor que descendía sobre su casa y definía el tortuoso encierro de ella y sus hijas.

¿Y a qué viene al caso Bernarda?, preguntarán. Pues la saco del olvido porque al releer la obra de Lorca, encontré un detalle que pasé por alto anteriormente: que la maldita señora no sólo encierra a sus hijas, ¡sino que el encierro debe durar casi una década! Así lo dice ella en la obra: “En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle. Haceros cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas”.

¿Pueden imaginar un encierro de ocho años por el luto de algún familiar? ¡Faltaba más! 

Porque actualmente pensar como Bernarda es a toda luz irracional, y seguramente atropelle varios derechos humanos: es obvio que en las últimas décadas, la idea de la muerte –y los rituales en torno a ella- han sufrido grandes transformaciones. 

Los sociólogos William Wood y John Williamson explican que en los países desarrollados –y yo incluiría a las ciudades de México- el asunto de morir y ser velado se ha convertido en algo privado, incluso con aspectos burocráticos. La muerte aparece hoy tras puertas cerradas, en las salas de hospitales o una casa funeraria. Y aunque mantenga algunos aspectos sociales, lejos han quedado los eventos comunitarios que marcaban a la España de Lorca o el México agrario.

Pero al analizar nuestra vida contemporánea, podemos ver que la muerte está teniendo un regreso inesperado al espacio público. Sólo que ya no hablamos de ceremonias fúnebres en las plazas o callejones; el luto es ahora un ritual que se desarrolla en las plataformas digitales.

Jean-Léon Gérôme - The Duel After the Masquerade; via Wikimedia

Pensemos en la muerte del legendario David Bowie. Horas después de la fatídica noticia, miles de personas se convirtieron en altares digitales como parte de un luto masificado: admiradores, fanáticos y uno que otro metiche se volcaron para rendir tributo y expresar condolencias, haciendo de las redes sociales un evento funerario donde todos podían participar y compartir.

Aunque mucho de esto responda a actitudes fantoches, ejemplos de emocionalidad genuina también existen cuando fallece una persona común –digamos un amigo o familiar-. De pronto, las redes sociales se vuelven espacios de remembranza, y obituarios aparecen en nuestras redes sociales, ahí a un lado de los memes o las noticias del Medio Oriente.

Tener la posibilidad de compartir noticias fúnebres con el mundo entero no significa que debamos hacerlo. Aún así, la tentación existe, y esto quizá responda a algo más profundo. Porque compartir la muerte con amigos y desconocidos puede ayudarnos a hacer más llevadera una pérdida; a ver la muerte de forma menos opresiva, o incluso ayudarnos a cambiar un paradigma de tristeza por uno de comunión. Claro está que también es posible que al publicitar digitalmente la muerte de alguien, le restemos toda solemnidad y decoro al asunto.

Son cuestiones complejas. Pero algo indiscutible es que si tenemos que elegir entre un mundo de cementerios digitales o uno de encarcelamiento por un luto, me queda claro que Bernarda y su gente pueden irse a la fregada.

¿Qué opinan, compañeros?

Este texto se publicó originalmente en Vértigo.

Paint it Black

El pesimismo defensivo involucra tener bajas expectativas de la realidad; imaginar siempre los peores escenarios; pero también considerar y resolver todo lo que pueda salir mal.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

El filósofo Roger Scruton indicó que para las personas optimistas la esperanza suele ser más importante que la verdad. Los optimistas avanzan hacia el futuro con un sentido de propósito –dice él- y evitan opiniones disidentes que puedan arruinarles su ciega ilusión por el porvenir. 

Si el optimismo es la mentalidad preferida por la sociedad como argumenta Scruton, el pesimismo suele ser una forma de pensar vapuleada o incluso proscrita por las personas: nadie quiere tener a su alrededor amigos pesimistas que les agüen sus ánimos, mucho menos al inicio de un nuevo año. 

Pero es justo ahora cuando debemos abandonar ese optimismo ciego y comportarnos como personas realistas, mucho más cuando hablamos de un hecho indiscutible: que pocos de nosotros vamos a cumplir con nuestros propósitos de año nuevo.

Porque bien lo dijo el comediante John Oliver: los propósitos de año nuevo son el punto medio entre mentirnos a nosotros mismos y mentirle a otras personas. Y si somos honestos, aceptaremos que incluso si iniciamos el año con grandes expectativas, seguramente terminaremos algo decepcionados.

Es por esto que quiero ir en contra del optimismo generalizado que abunda en estas fechas y recomendarles una nueva estrategia para no caer en los desfiladeros de las promesas incumplibles: el pesimismo defensivo. 

Jackson Pollock - Autumn Rythm

¿De qué trata esta idea? Pues de acuerdo con Julie Norem, profesora de sicología en el Wellesley College y creadora de este concepto, el pesimismo defensivo es una estrategia que involucra tener bajas expectativas de la realidad e imaginar siempre el peor de los escenarios. Sin embargo, esto no significa que el pesimismo defensivo sea una mentalidad catastrofista, pues cada vez que imaginemos una situación negativa, también debemos considerar de manera vívida y concreta cada una de las cosas que puedan salir mal. Sólo así podremos prepararnos y tomar acciones para prevenir el fracaso.

Les comparto un ejemplo real. Yo estoy pensando en ahorrar una cantidad importante de dinero para viajar a La Habana en los próximos meses. Sin embargo, esto será muy complicado ya que suelo dilapidar mis finanzas en parrandas y alcohol. ¿Voy a dejar de tomar alcohol en este 2016? ¡Faltaba más!

Así que comienzo con bajas expectativas, pero prosigo a realizar una lista de todos los elementos que me ayuden a prevenir el fracaso: podría separar de antemano el dinero exacto para gastar en vino tinto y whisky con soda; evitar llevar mi tarjeta de crédito a las cantinas, o incluso optar por licores más económicos a los que comúnmente consumo. Acepto que tengo poca fuerza de voluntad para dejar el alcohol, pero hago todo lo posible por reducir las consecuencias que este comportamiento tienen en mis finanzas.

Porque nadie podría negar que una mentalidad optimista generalmente nos lleva a sentirnos bien con nosotros mismos. Pero pretender que el nuevo año será uno repleto de éxitos y triunfos es una mentalidad muy cándida, al igual que suponer que nuestra fuerza de voluntad es suficiente para lograr todas las cosas que nos proponemos. 

Es por esto que una sana dosis de pesimismo defensivo es la mejor medicina para iniciar el año nuevo: pues así podemos prevenir todos los peligros en el camino y no dirigirnos como esos sonrientes optimistas hacia el barranco del fracaso y el desengaño. 



Este texto se publicó originalmente en Vértigo

Humano, Demasiado Humano

¿Si las personas se la pasan buscando mayoritariamente pornografía en Internet, para qué celebrar tanto el aumento en el acceso a esta gran herramienta tecnológica?


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

No sé si ustedes se enteraron, pero este 2015 marcó el momento cuando por primera vez en México, más de la mitad de la población tuvo acceso a Internet. Esto es un triunfo inmenso, quizás a la altura de la alfabetización masiva o el acceso a la salud alcanzado en el siglo pasado.

Porque nadie puede negarlo: el Internet es por mucho el invento más extraordinario e importante de la especie humana. Sería inútil enumerar aquí las razones de por qué esto es verdad, y seguro ustedes las conocen. Pero basta con decir que es tan útil y necesario en la vida contemporánea, que algunos países han hecho del acceso a Internet parte de los derechos humanos.

Sin embargo, basta con echar un breve vistazo al panorama digital para darse cuenta que aquí en nuestro México las cosas no van tan bien. Y es que la población mexicana parece no estar aprovechando al máximo esta herramienta revolucionaria. Les propongo algo: pasen un par de minutos en cualquiera de las redes sociales para darse cuenta cómo todos parecen estar obsesionada con bebés, memes de John Travolta, videos de gatos que hacen tonterías, o fotos cachorros bonitos.

¿Qué diablos significa todo esto? ¿Cómo es posible que teniendo frente a nosotros la herramienta tecnológica más impresionante de la historia, hayamos terminado en este nivel tan bajo?

Es por esto que decidí llegar al fondo de este asunto, e intentar responder la pregunta más importante: ¿Qué uso le están dando realmente los mexicanos al Internet?

Para resolver este embrollo, les propongo un experimento sencillo: un juego que demuestra el pavoroso estado al que hemos llegado como sociedad digital. Y no se preocupen, es un juego que pueden jugar en familia y seguramente los mantendrá cautivados por muchos minutos en estas vacaciones.


¿De qué trata el juego? Pues las reglas son muy simples: basta con acceder a la página de Google Trends, elegir a “México” como país de análisis y teclear la palabra “porno”. Aquí podrás ver cuántas veces se ha buscado este término en Google durante diversos periodos de tiempo: hay que elegir “últimos 12 meses”. El juego entonces es muy fácil: todos los participantes deben proponer una palabra que compita contra “porno”, y el que encuentre alguna que lo supere en búsquedas… ¡gana un premio!

Hasta el momento, yo sólo he encontrados tres palabras ganadoras: “Facebook”, “Youtube” y por alguna extraña razón, “Google”, o sea que hay gente que entra a Google para buscar “Google” (cada quien sus locuras).

Ahora bien, no quiero que me malinterpreten, pues aquí no pretendo ser mojigato ni moralista. Nada tiene de malo utilizar Internet para darse una escapada pornográfica de vez en cuando. Pero por bondad, señores: ¡hay que balancear! Porque con los resultados que nos arroja Google Trends, parece que somos una sociedad ultra sexualizada, con una fijación total los videos XXX. ¡Vamos muy mal! 

Así que sólo queda preguntar: ¿Si la gente se la pasa buscando mayoritariamente pornografía, para qué celebrar tanto el aumento del acceso a Internet? 

¡Pues no lo sé! Por ahora, lo único que queda es esperar a que el año 2016 nos arroje mejores resultados. 

Eso sí, creo que ya nadie se puede hacer el tonto: ya todos sabemos lo que millones de mexicanos andan buscando en Internet a altas horas de la noche.

¡Feliz inicio de año, compañeros!


Texto publicado originalmente en Vértigo

Alta Suciedad

El mayor peligro de las palabras es su capacidad para engañarnos; confundirnos cuando aparecen como mensajes vacíos, pero que la mente interpreta como correctos.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

¿No les parece extraño el poder de las palabras? Cómo algo tan etéreo como la combinación particular de vocales y consonantes puede terminar por ofendernos o inspirarnos.

El escritor Toño Malpica calificó a las palabras como “la noche más oscura, la más profunda tiniebla, el mayor terror de todos”; y antes que él, el premio Nobel de literatura, Rudyard Kipling, habló de las palabras como “la droga más poderosa de la humanidad”. Porque claro, fuimos nosotros quienes las inventamos, pero de pronto, parece que nos convertimos en esclavos de nuestras propias creaciones: capaces de aterrorizarnos o narcotizarnos.

Más allá de esto, creo que el mayor peligro de las palabras es su capacidad para engañarnos; confundirnos cuando aparecen como mensajes vacíos, pero que la mente interpreta como correctos y profundos. 

Este particular rasgo apareció recientemente en dos ocasiones, cada una con su diverso grado de perversidad. 

Por el lado lúdico-perverso está el reciente estudio "Acerca de la recepción y detección de la charlatanería pseudoprofunda", donde se demostró que una cuarta parte de las 280 personas analizadas calificaron como “profundas” ciertas frases que no tenían sentido alguno. Por ejemplo: “la naturaleza es un ecosistema auto-regulado de conciencia” o “la totalidad aquieta fenómenos infinitos”. Absolutas tonterías que fueron generadas digitalmente por un programa que apunta a los resultados desde su nombre: “The New Age Bullshit Generator”.

Ahora bien, ¿qué sucede cuando el mensaje que recibimos tiene consecuencias graves? Pues es aquí donde entramos al lado más perverso de las palabras: cuando la droga que nos administran nos transforma en seres agresivos. 



Entra al escenario Donald Trump, un gran charlatán que ha hecho de las palabras la base de su campaña por la Casa Blanca. Como bien lo indica The New York Times, es a través del “poder oscuro” de sus palabras que Trump ha cautivado a audiencias enteras. El problema es que gran parte de su mensaje es basura tóxica.

¿Cómo lo sabemos? Pues la amable gente del Times se dio a la tarea de analizar cada comentario que Trump pronunció en público durante la primera semana de diciembre –un total de 95,000 palabras- y descubrió un turbio laberinto digno de los demagogos del siglo XX.

El discurso de Trump se basa en la repetición de frases divisorias, palabras burdas e imágenes violentas. Tiene un hábito de usar el “tú” y el “nosotros” cuando denuncia a “ellos” y a los “otros”, que representan peligros reales o imaginarios. Utiliza su retórica para erosionar la confianza en datos y números; insulta y ataca a sus contrincantes: todo esto mientras se muestra a sí mismo como víctima de los medios. Y mientras los otros candidatos apuntan al patriotismo o las pasiones compartidas, Trump crea vínculos con la ansiedad y los miedos del electorado. Al final, no ofrece estrategias reales para solucionar las cosas, sólo exige la confianza absoluta en su proyecto y en su personalidad.

Queda claro que las palabras pueden ser peligrosas: pero una cosa es dejarnos engañar por tonterías pseudocientíficas y otra es caer en el estupor del opio de la demagogia. Pues es aquí, en el discurso de la división y el odio, cuando nos adentramos en la noche más oscura, en la más profunda tiniebla. 

¡Aguas, compañeros!

Este texto se publicó originalmente en Vértigo.

Smells Like Teen Spirit

El Islam transita por una etapa sumamente confusa y agresiva. ¡Pues claro! Es una religión que apenas está entrando en su etapa adolescente. 


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Mucho se ha escrito sobre el caos que aflige al Islam. Ríos de tinta que nos recuerdan la histórica animosidad entre los Sunitas y los Chiitas; de cómo un barbárico Estado Islámico asesina a diestra y siniestra; de cómo hay una supuesta guerra contra Occidente tras los ataques de París…

Hoy me sumo a este análisis, pero me aventuro a presentar una teoría que no se ha manejado en los medios; una hipótesis poco ortodoxa que pretende explica por qué el Islam se encuentra transitando por esta etapa tan difícil y confusa. 

Me baso para este análisis en la aguda perspectiva del comediante John Oliver, quien comentó que la mejor manera para comprender la turbulencia en el Islam es entendiendo a esta religión como una que se encuentra transitando su adolescencia. 

Porque muy similar a lo que usted y yo experimentamos en nuestra juventud, el Islam sufre ahora los embates hormonales de la pubertad: se encuentra confundido, rencoroso y perdido en una espiral de irritación y desconcierto. 

El Islam está cercano a cumplir sus 1,400 años de historia, lo que presenta una interesante oportunidad para comparar su situación con la del Cristianismo, cuando era apenas también una religión moza. 

¿Se acuerdan dónde estaba la Iglesia Católica cuando cumplió sus catorce siglos? Les recuerdo: estaba realizando las últimas Cruzadas, torturando herejes con la Santa Inquisición; persiguiendo judíos por ser agentes del Maligno; quemando mujeres inocentes por ser supuestas brujas. No sólo eso, el Catolicismo estaba por entrar en una serie de guerras desatadas por la Reforma Protestante, causando millones de muertos y creando un sisma que persiste hasta hoy. ¡Eso sí que es una adolescencia ruda! 


Pero el Cristianismo ya ha salido de esa etapa y ha entrado en la adultez. Quizá por eso nos resulta sencillo voltear al pasado y reírnos de las locuras cometidas en nuestra pubertad.

Los musulmanes, en cambio, apenas empiezan a sufrir este proceso. Porque tras de ser dominados por los Otomanos y después por sus terribles padrastros europeos, el Medio Oriente despierta de una etapa difícil, totalmente confundido y buscando un nuevo lugar en el mundo. 

Quizá por esto se muestran tan susceptibles a cualquier crítica: basta con dibujar una caricatura de su Profeta para que cientos de musulmanes se pongan como locos a buscar responsables. O similar a los antiguos Católicos y Protestantes en el siglo XVI y XVII: toman cualquier excusa para atacarse unos a otros, o apoyar a grupos paramilitares en territorio de sus vecinos. Esta dinámica la vemos hoy en Irán, Arabia Saudita, Irak, Siria, Turquía, y el resto de la pandilla regional.

Ahora bien, la buena noticia es que las religiones suelen salir de esta etapa difícil e incómoda. Así pasó con el Cristianismo, que a excepción de algunos fanáticos, se desenvuelve de manera cordial con el resto del mundo. 

Por lo tanto, sólo nos queda esperar tres o cuatro siglos para que los Sunitas y los Chiitas resuelvan su diferencias y dejen de pelear por menudencias teológicas. Y como bien lo apunta John Oliver, quizá al final de este proceso no tengamos paz en el Medio Oriente, pero al menos los países de la región podrán enfocarse en pelear por cosas importantes como el resto del mundo: por recursos naturales y líneas arbitrarias en los mapas. 

¿No lo creen?

Este texto se publicó originalmente en Vértigo.

¿Cómo quiere su planeta? ¿Término medio o tres cuartos?

Creo que todos ustedes deben saber una terrible noticia: que pase lo que pase en la COP-21, la realidad es que ya nos jodimos como civilización. Porque querámoslo o no, lo terribles efectos del cambio climático están aquí para quedarse.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Es innegable que, año con año, el futuro de la moda se debate en la ciudad de París. Sin embargo, parece que esta vez se estará debatiendo el futuro de la humanidad entera. Porque hoy mismo en la Ciudad Luz, se está llevando a cabo el evento más importante del siglo. Me refiero a… ¡La XXI Conferencia Internacional sobre Cambio Climático de la ONU (COP-21)!

¿No les emociona? Yo sé que no… sé que suele ser una flojera hablar de cambio climático o de políticas ambientalistas. Pero hay que resistir la tentación de huir de este tema por varias razones. Primero, porque aquí no pienso aburrirlos con tecnicismos científicos o las complejas cláusulas jurídicas que se hablarán en la COP-21. Y en segundo lugar, porque creo que todos ustedes deben saber una terrible noticia: que pase lo que pase en París, la verdad es que ya nos fregamos como civilización. Porque querámoslo o no, los temibles efectos del cambio climático están aquí para quedarse.

¿Ya les dio miedo? ¿Todavía no? Pues dejen les paso algunos datos para que se espanten.

El gran reto para la humanidad es llegar a un acuerdo que evite calentar a la Tierra más de 2°C. Hasta ahora, los humanos ya hemos causado un aumento de 0.8°C; y por si no se han dado cuenta, esto ya comienza  a causar estragos en todo el planeta.

Creo que nadie ignora las erráticas temperaturas en algunas zonas del mundo, los fenómenos climáticos extremos (aquí en México, basta con mencionar al huracán Patricia), y el rápido descongelamiento de las capas polares, que contienen suficiente hielo para aumentar el nivel de los océanos por siete metros. Incluso se dice que para el año 2100, grandes zonas del Medio Oriente serán inhabitables para los seres humanos por el intenso calor que se sentirá durante el día.

No sólo esto, muchas ciudades del mundo están en serio peligro de quedar bajo el agua. Esto ya lo estamos viendo en las costas de Bangladesh, en Dinamarca y en Holanda. Y si alguien tiene planeado ir de luna de miel a las paradisiacas islas de Micronesia, ¡pues que vaya cambiando de planes!; probablemente será uno de los primeros países en hundirse bajo el mar.

¿Quieren más datos alarmantes? Pues el Centro Nacional de Australia para la Restauración Climática indica que incluso si todo el mundo dejara de emitir gases de efecto invernadero el día de hoy (lo cual no sucederá), aún existiría un 10% de probabilidad de superar los 2°C. ¡Piénsalo un segundo! Es como si te dijeran que el avión que acabas de abordar tiene un 10% de probabilidades de estrellarse al aterrizar. ¿Volarías en esa aerolínea? ¡Ni madres! Pero aquí no podemos cambiar de aerolínea, porque sólo tenemos un planeta donde vivir.


Volvamos a COP-21…

De acuerdo con el filósofo Peter Singer (y datos de la London School of Economics) incluso si los 154 países que asistieron a París cumplieran al pie de las letras sus compromisos para reducir los gases de efecto invernadero, el nivel de éstos seguiría incrementando. Para el año 2030, se emitirán entre 55 mil y 60 mil millones de toneladas de CO2 al año (de las actuales 50 mil millones de toneladas).

Pero hay un pequeño detalle: porque si queremos por lo menos un 50% de probabilidad de NO subir los 2°C, las emisiones de carbono deberían reducirse a 36 mil millones de toneladas por año. O sea que… ¡Pues ya valimos, compañeros!

Pero bueno… no hay que ser tan negativos en estas épocas navideñas. Nada de esto significa que ya mañana tengamos que enfrentar al apocalipsis climático. Porque aunque probablemente ya todo se fue al carajo, hay que explorar lo que podemos hacer para ayudar (aunque sea un poco) al planeta.

Esto caerá como buena noticia para muchos, pues parece que uno de los cambios más sencillos que podríamos hacer para mejorar el planeta es dejar de comer carnes rojas. Pues la industria ganadera por sí misma es responsable del 18% de las emisiones de gases de efecto invernadero, incluso más que toda la industria de vehículos de transporte global (autos, camiones, motos, trenes, aviones, etcétera) que generan 14% de emisiones. Quizá ser vegetariano no sea suficiente para salvar al mundo… pero a estas alturas toda la ayuda es bienvenida.

Pero si después de todo esto todavía hay algunos que les importa poco el calentamiento global, les doy una última razón para preocuparse: consideren que entre más aumenten las temperaturas, menos posibilidades tendrán de usar ese hermoso abrigo Givenchy que compraron en Nueva York… o mejor dicho, ni siquiera van a poder ir a Nueva York otra vez, porque será una de las primeras ciudades en quedar bajo el agua cuando suban los niveles del mar.

Entonces, amigos… ¿cómo van a querer a tu planeta? ¿Término medio o tres cuartos?




Este artículo se publicó originalmente en Púrpura

Stairway to Heaven

Todo parece indicar que la civilización humana no va tan mal como creíamos; esto de acuerdo a los argumentos de Steven Pinker.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

¿Es usted optimista o pesimista sobre el futuro de la humanidad? Yo, debo aceptar, perdí hace tiempo la esperanza por el porvenir de nuestra especie: suelo ser optimista en lo personal, pero no por el futuro colectivo.

Esto no se gana gratis. Diariamente, los medios de comunicación ofrecen panoramas terribles donde el mundo parece carcomerse en violencia, corrupción, misoginia, superstición y barbarie. ¿Cómo carajos ser optimistas?

Por esto llamó mi atención el reciente debate organizado por Munk Debates. La controversia era muy clara: “Que se compruebe que los mejores días de la humanidad están por llegar…”A favor de la moción estaba el afamado científico Steven Pinker, quien expuso un caso sumamente sólido que merece transcribirse en parte:

• Esperanza de vida: Hace un siglo y medio, la esperanza de vida era de 30 años; hoy vivimos 70 años en promedio y la cifra sigue avanzando.

• Salud: Hemos logrado grandes avances en medicina y erradicación de epidemias. En Wikipedia, conceptos como “viruela” están escritos en pretérito: “La viruela fue una enfermedad infecciosa…”. Lo mismo pasará pronto con el polio, la malaria, la rubéola, etcétera...

• Prosperidad: Hace 200 años, el 85% de la población vivía en extrema pobreza; hoy la cifra es 10%, y la ONU dice que para el 2030 podríamos erradicarla.

• Paz: La guerra entre naciones poderosas se ha vuelto inexistente. Los países desarrollados llevan 70 años sin luchar entre ellos. Las guerras civiles existen, pero son más escazas y menos violentas. Si las cifras de muertes eran de 300 por cada 100,000 habitantes en la Segunda Guerra Mundial, hoy son de 0.2 por cada 100,000.

• Seguridad: Las estadísticas de crímenes violentos se desploman en todo el mundo; y es posible que en 30 años se reduzcan a la mitad de las cifras actuales.

• Libertad: El Índice de Democracia Global se encuentra en su nivel más alto. Actualmente, el 60% de la humanidad vive en sociedades abiertas: el mayor porcentaje en la historia.

• Conocimiento: En 1820, el 17% de la población mundial tenía educación básica; hoy la cifra asciende al 87%, y rápidamente nos acercamos a la cobertura total.

• Derechos Humanos: Gobiernos y ONG han luchado contra el trabajo infantil, el tráfico de personas, la pena de muerte, la violencia contra la mujer... Pronto, estos temas seguirán el camino de los sacrificios humanos, el canibalismo, la esclavitud… 

• Igualdad de Género: Las mujeres hoy tienen más educación, mejores ingresos, más control de su reproducción, y más acceso a puestos de poder e influencia.

• Inteligencia. En todo el mundo, cada década se registra un incremento de tres puntos en el IQ de las personas.


Pinker dice que a excepción de la guerra, ninguno de estos indicadores son proclives a estallar como burbujas caóticas: estas categorías son acumulativas y se sustentan entre ellas. Aún así, advierte que no debemos tener esperanza ciega hacia el futuro, pues aún quedan peligros por resolver. No obstante, entre mayor riqueza e igualdad haya en el mundo, más sencillo será limpiar nuestro ecosistema, evitar guerras estúpidas, y lograr educar, sanar y proteger a los ciudadanos.

Debo aceptar que no dejaré de ser un amargado en esta vida, pero reconozco que el señor Pinker tienen un excelente punto: la verdad es que no vamos tan mal como creímos.



Este artículo fue publicado originalmente en Vértigo.

We are the champions

México parece ser campeón en las peores cosas; pero lo más terrible es nuestro segundo campeonato seguido en el número de adolescentes embarazadas.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

No existe duda que uno de los mayores triunfos del movimiento feminista en particular -y del progreso humano en general- haya sido el invento de la píldora anticonceptiva. 

Con su entrada al mercado hace 55 años, la píldora prometía una nueva era para las mujeres, en donde podrían ser libres de ejercer su sexualidad responsablemente; de forjar su propio futuro sin temor a embarazarse; y en donde un proyecto de familia pudiera aplazarse de manera controlada y sin caer en los infiernos de tener a un chamaco cuando no se planea. Para México, más honroso todavía resultaba que un compatriota nuestro, el químico Luis Ernesto Miramontes, haya sido la mente maestra detrás de este descubrimiento médico.  

¡Ah, si tan sólo la realidad no fuera tan necia, y permitiera ser reales a nuestros paraísos imaginados! Porque medio siglo después de la llegada de la píldora, nuestro país se encuentra aún muy alejado de esa utopía humanista. 

¿Por qué tanto pesimismo? Pues basta con ver la realidad reflejada en el último informe de la OCDE titulado “¿Cómo va la vida?” (La respuesta a esa pregunta para México sería: va muy mal) 

Porque más allá de que seamos el primer lugar en obesidad, el primer lugar en agresión y robos, o tengamos los peores salarios de la OCDE; ostentamos también otro deshonroso primer puesto que es indudablemente uno de los más graves: la mayor tasa de embarazos entre adolescentes.

Lo interesante es que la mayoría de nuestros rivales de la OCDE ni siquiera se acercan a nuestras cifras (excepto Chile). Esto nos ha permitido mantenernos como campeones indiscutibles de embarazos adolescentes por dos años consecutivos. Y si consideramos las cifras del 2014, este primer lugar se traduce a medio millón de embarazos adolescentes al año; mil 252 partos por día; o un embarazo no deseado cada minuto. ¡Viva México campeón!


A diferencia de los otros terribles indicadores de la OCDE, los embarazos adolescentes son probablemente los más trágicos para una sociedad. Porque el daño colateral se desborda a múltiples esferas: desde un incremento en las tensiones familiares, hasta la falta de educación y oportunidades para el muchacho que nacerá en nueve meses.

¿Y qué diablos está sucediendo en México? Pues es indudable que los embarazos adolescentes son consecuencia de múltiples variables: desde la marginación, desinformación, pobreza, machismo y otros tantos etcéteras. No es casualidad que los estados con mayores cifras en este rubro sean Chiapas, Oaxaca y Guerrero. Pero un segundo grupo de estados con alta incidencia de embarazos no deseados (Guanajuato, Puebla y Aguascalientes) apuntan a quien yo considero otro sospechoso común: la arraigada religiosidad en nuestra sociedad.

Hace apenas unos días, el Sínodo de Obispos reunidos en el Vaticano se rehusó a realizar cambios a su postura sobre el uso de anticonceptivos: toda relación sexual deberá estar abierta a la vida. ¿Pues así cómo, señores?

Es irrefutable que en cualquier sociedad del mundo, una mujer sólo podrá empoderarse si cuenta con seguridad económica y el control absoluto de su sexualidad y reproducción. Pero en el caso de México, parece que seguimos todavía tan cerca de Dios y tan lejos de Luis Miramontes. Sigamos así, y ya tendremos en el 2016 nuestro tercer campeonato en la OCDE.

¡Ánimo, señores!

Este artículo fue publicado originalmente en Vértigo.

¿Vive la France? Por qué los ataques en París no deben sorprender a nadie

A nadie debería sorprender lo que pasó en la Ciudad de la Luz el viernes 13 de noviembre: desde hace tiempo, Francia venía buscando pleito con el Estado Islámico.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Es indudable que los ataques terroristas en París no sólo fueron un acto de inmensa cobardía sino también algo realmente barbárico. Mas no debería sorprender lo que pasó en la Ciudad de la Luz: desde hace tiempo, Francia venía buscando pleito con el Estado Islámico.

En los últimos días, todo el mundo se ha volcado a las redes sociales para rendir tributo a las víctimas inocentes que murieron en los ataques del viernes por la noche. Dichos actos fueron calificados por el presidente Francois Hollande como “actos de guerra”. Pero que a nadie engañe esto: la realidad es que la guerra ya había comenzado desde hace varias semanas, y esto es solamente la última reacción en una larga cadena de eventos.

¿Por qué atacar a Francia, se preguntarán ustedes? La respuesta más sencilla es que el Estado Islámico está atacando a todos aquellos que se interpongan en su objetivo de conquistar el Medio Oriente, en concreto la región de Siria e Irak.

Hace unas semanas, el Estado Islámico realizó ataques similares a los de París en la ciudad de Beirut, en la República Libanesa. ¿La razón de esto? Pues que el grupo militar Hezbollah, una fuerza preponderante en Líbano, ha estado atacando al Estado Islámico junto con Irán.

Después, una bomba derrumbó a un avión comercial de Rusia mientras sobrevolaba la región del Sinaí, en Egipto. ¿Y esto por qué pasó? Pues fue la respuesta del Estado Islámico a los bombardeos que Vladimir Putin inició hace unas semanas para apoyar a Bashar Al-Assad, el presidente de Siria.
Y ahora le tocó el turno a Francia, quien lleva bombardeando los campos de entrenamiento del Estado Islámico desde hace tiempo: a los ojos del Estado Islámico, Francia es solamente otro de los enemigos a derrotar.


Claramente lo que ocurrió en París es algo desgarrador, pero hay que entender que hay razones claras que los hacían inminentes: estos ataques no surgieron de la nada. El Estado Islámico ha demostrado que son una banda de salvajes que quemaron hace tiempo el manual de Derechos Humanos. Basta recordar que hoy en día están vendiendo esclavas sexuales en los mercados, torturando a la comunidad homosexual, y asesinando a todos los apóstatas que no comulgan con su oscura versión del Islam. Les aseguro que poco le importan los estatutos de la Convención de Ginebra o la Carta de las Naciones Unidas. Ellos van a responder de la única manera que conocen y saben que es efectiva: el terrorismo.

El presidente francés debió saber que estos ataques eran prácticamente inminentes. Porque de hecho, Francia ha sido uno de los países que más activamente ha participado en la llamada “guerra global contra el terrorismo”. Desde que tomó el poder en 2012, Hollande ha intervenido o mantenido la presencia militar de Francia en Libia, Siria, la República Centroafricana, Afganistán, Malí y Siria: todos centros terroristas en el Medio Oriente o África. Naturalmente, ha hecho muchos enemigos en el camino.


Que algo quede muy claro: nada de esto justifica los actos que quitaron la vida a más de 120 personas en París; y personalmente aplaudo a todos los países que buscan eliminar a esa secta barbárica que es el Estado Islámico. Pero como bien dice el refrán: el que se pone a bailar entre nopales, termina espinado.



Este artículo fue publicado originalmente en Púrpura

El dictador sí tiene quien le escriba

El tirano del siglo XXI no requiere de monumentales campañas de propaganda para crear realidades alternativas. Basta con crear un estado de desinformación masiva para paralizar a la sociedad. ¿Para qué luchar contra la era de la información si puedes usarla a tu favor?



Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Al hablar de los dictadores del pasado, es fácil dejarnos llevar por las grandes monstruosidades del siglo XX: Stalin mandó al Gulag a millones de sus compatriotas; Hitler se regodeaba pensando en la Solución Final; Mao envío al camposanto a enormes secciones de su población; mientras que Pol Pot enterró al 25 por ciento de su gente buscando la utopía socialista. ¡Faltaba más!

Una característica que definía a estos regímenes era su fascinación por imponer grandes narrativas ideológicas a sus ciudadanos. Todos los sociópatas mencionados -y otros tantos que siguieron su ejemplo- buscaban un mundo nuevo basado en la estrafalaria ideología que trajeran en boga en ese momento. Eso sí, para crear esa realidad ilusoria, se requería de una enorme maquinaria de propaganda y censura, así como un aparato de persecución para aplacar a disidentes que quisieran pasarse de listos. Nada bueno resultó jamás de esto…

Hoy el mundo es distinto al de aquellos tiempos, y ahora encontramos a una nueva camada de tiranillos que poco tienen que ver con sus antecesores. Todavía sobreviven algunos ejemplos del dictador-genocida (te estamos viendo Corea del Norte y Siria) pero la realidad es que nuestros tiranos contemporáneos son mucho menos sanguinarios, aunque sí más astutos para controlar a sus pueblos.

A diferencia de los antiguos dictadores, los tiranos de hoy han tomado el arma más poderosa de las democracias liberales –la masificación de la información- y la han usado a su favor. Con la libre circulación de opiniones en Internet y el poder de las redes sociales, el tirano del siglo XXI no requiere de monumentales campañas de propaganda para crear realidades alternativas. Basta con desplegar una simple estrategia para lograr esto: crear un estado de desinformación masiva que confunda y paralice a la sociedad.


Tomemos el caso de Rusia, gobernada por el régimen neozarista de Vladimir Putin. Aquí, los medios han creado un mundo distópico donde Europa y Estados Unidos conspiran activamente para desestabilizar a su inocente país; y en donde la invasión de Crimea fue un triunfo anti-imperialista y no un atropello a la diplomacia internacional. El periodista Peter Pomerantsev menciona que para los ciudadanos rusos, la exposición simultánea a medios europeos y a los mensajes del Kremlin los han llevado al borde de la esquizofrenia. ¿El resultado? Una incomprensión absoluta de la realidad que los rodea.

Cosa similar sucede en China o Venezuela, donde el gobierno permite la disidencia en redes sociales, sólo para detectar a posibles líderes “revoltosos” y después arrestarlos. ¿Para qué luchar contra la era de la información si puedes usarla a tu favor?

Esto apunta a un escenario terrible, resumido por el analista Vassily Gatov: si la batalla más grande del siglo XX fue contra la censura y en pro de la libertad de información, la batalla del presente será contra el uso de información como arma de los regímenes autoritarios.

La solución a todo este embrollo es muy complicada. Pero un inicio sería comenzar por analizar nuestro propio comportamiento en Internet. Porque muchas veces, no necesitamos a un tirano que nos engañe y nos confunda: solemos hacer esto nosotros mismos, al inundar cada día a nuestras mentes con información ridícula, tonta o llanamente inútil.

¿A poco no?


Este artículo se publicó originalmente en Vértigo

¡El ataque de los perrhijos!

Seguro que a muchos animal-lovers no les gustará que critiquen a sus perros mimados, pero creo que debemos aceptar que algunos sectores de la sociedad han transformado a sus mascotas en fetiches y objetos de culto.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Un fantasma recorre La Condesa: ¡el fantasma de la mataperros! Seguro que todos ustedes han seguido aunque sea en parte este thriller policiaco que se desarrolla en las proximidades del Parque México. Para algunos, éste se ha convertido en el crimen del siglo, y la presunta “mataperros” –esa misteriosa anciana que ponía fin a la vida de los canes con raticida– es ahora considerada “enemigo público número uno” por muchos capitalinos.

Más allá de que la mataperros nos ofrezca un delicioso platillo de morbo y surrealismo mexicano, esta historia periodística sirve como puente para adentrarnos en una característica que ha surgido en los últimos años en la sociedad mexicana.

Estoy de acuerdo en que es terrible la muerte de unos pobres perros que ni la debían ni la temían, pero la extensa cobertura que se le ha dado al tema, aunada a la reacción pública ante este crimen, nos permite analizar esa terrible obsesión –por no decir fanatismo– que las personas han desarrollado hacia los animales y en especial hacia sus mascotas.

Antes de seguir, debe quedar claro que jamás seré partidario del maltrato animal ni aplaudo ningún acto de violencia contra los animales (excepto algunos insectos: ¡les hablo a ustedes, pinches cucarachas y zancudos!). Pero es necesario reconocer que la fijación que existe hacia las mascotas hoy en día se ha salido completamente de control. Ha llegado a un punto que sobrepasa lo excesivo para llegar a lo ridículo.

Consideremos algunos datos: En Estados Unidos, los gringos gastarán en este 2015 un total de 60 mil millones de dólares en productos y servicios para sus mascotas. No sólo eso, la National Retail Federation calculó que los yankees desembolsan cada año más de 350 millones de dólares para –fíjese nada más– ¡comprar disfraces de Halloween para sus mascotas!

En México no nos quedamos muy atrás. Los últimos datos indican que el dueño de una mascota invierte en promedio más de 1,400 pesos al mes en sus animales. Mucho de este dinero va a comprar comida y en servicios veterinarios, algo que me parece bastante bien. Pero al igual que los disfraces que compran los norteamericanos, aquí en México también somos proclives a cometer toda clase de excesos con nuestras mascotas.


Yo tuve muchos perros durante mi infancia, y quizá el mayor lujo que tuvo ese animal (más allá del amor y el cariño) fue un suéter para no pasar frío en los crudos inviernos regiomontanos. ¿Pero manicure? ¿Fiesta de cumpleaños? ¿Menú especial con postre? ¿Masajes en un spa? ¡Hágame usted el rechingado favor!

Seguro que a muchos animal-lovers no les gustará que critiquen a sus perros mimados, pero creo que es necesario aceptar que algunos sectores de la sociedad han transformado a las mascotas en objetos de culto. ¿Dónde quedaron aquellos tiempos donde los perros eran sólo perros y los gatos eran simples gatos?

Para muchos, las mascotas se han convertido en su nueva religión: animales que requieren de adoración e idolatría como si se tratara de semidioses o criaturas sagradas. Hay incluso zapatos que puedes comprarle a tu perro, para que tu Schnauzer dandy o el príncipe Pomerano no tenga que pisar el sucio asfalto de la Roma Norte. ¡Lo que nos faltaba!

Estas actitudes responden a un incremento de la clase media y media alta en México con aspiraciones distintas a las de generaciones anteriores. Ahora, los jóvenes adultos prefieren aplazar el momento de tener hijos por diversas razones, sean económicas, personales o profesionales. Y en lugar de hijos, estos yuppies han optado por su equivalente animal: los perrhijos.

Claro… todos quieren tratar bien a sus mascotas y buscan su “felicidad”. Pero como diría Cantinflas: “ahí está el detalle”. Porque no importa cuánto queramos a nuestras mascotas, los perros o los gatos jamás responderán a los conceptos de felicidad que tenemos como Homo sapiens. Te puedo asegurar que tu bellísimo Poodle será igual de feliz con un filete de salmón noruego que con unos pellejos de pollo; y que a tu fascinante Yorkshire Terrier le da lo mismo dormir con sábanas de seda que con una simple jerga: ¡son sólo perros, por bondad!

Cabe aclarar que no pretendo decirles en qué deban gastar su dinero, ni tampoco vengo a sermonear sobre cómo la miseria humana merece más de nuestra atención que unos perros envenenados: cada quien gastará su dinero como mejor le venga en gana, y cada quien se preocupará por la causa que prefiera.

Pero algo sí quiero dejar en claro, y es que debemos poner límites a la obsesión que tenemos por nuestras mascotas. Porque una cosa es que ahora los padres sean esclavos de sus hijos mimados, ¿pero ser esclavo de tu propio perro?

¡Gracias, pero no gracias!


Este artículo se publicó originalmente en Púrpura

Infidelidad y celos: ¡son los genes, estúpido!

La evolución masculina hace a los hombres más proclives a sentir mucho más celos si una mujer nos ha "traicionado" sexualmente, y tendemos a sentir menos daño si se trata de una infidelidad emocional.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Hace un par de días platicaba con mi novia acerca de la infidelidad y los celos. No porque nos encontráramos en alguno de los círculos de ese infierno, sino porque analizábamos cómo ambos géneros perciben de manera distinta estos temas.

Citando la respuesta de un amigo, ella me comentaba que no entendía cómo un hombre puede considerar poco grave que una mujer se metiera en la cama con otra chica. ¿Qué al final no es un acto explícito de infidelidad sexual? La pregunta es relevante porque presenta un panorama interesante sobre las relaciones interpersonales, y en concreto, sobre los actos que pueden desatar celos o ser vistos como una incuestionable puesta de cuernos.

Yo he sido siempre un jacobino cuando se trata de defender la fidelidad. Quizá la infidelidad sea el único tema que he prohibido de manera puntual en una relación, y también una de las cosas que ameritan el rompimiento de cualquier noviazgo.

Sin embargo –y para responder la pregunta planteada, aquella de la “infidelidad lésbica”, por llamarla de alguna forma– debo reconocer que me encuentro en el mismo bando que ese anónimo amigo de mi novia: si me entero de que mi mujer se ha ido con alguna amiga a tener una aventura sexual, estoy seguro de que mi mente no desataría alarmas o comenzaría una guerra fría contra ella.

La diferencia entre la percepción de mi pareja y la mía no es nada extraño; y así como otras tantas cosas que nos perturban y nos causan delirios diariamente, debemos buscar el origen de este embrollo en nuestro pasado genético, o más puntual, en el proceso evolutivo que desemboca en nuestro presente.

Comencemos por los hombres. Durante milenios, los hombres hemos vivido con una terrible paranoia: no saber si nuestros hijos comparten los genes propios. Tanto nos ha perturbado esta cuestión que hemos desarrollado complejos sistemas de opresión para mantener a las mujeres encerradas en casa o censuradas con ridículos hiyabs o nicabs, para evitar así provocar la tentación sexual en otros hombres. Este temor por la incertidumbre genética de nuestros hijos nos genera una paranoia incontrolable: una realidad donde todos los hombre son vistos como rivales en potencia que podrían truncar la transmisión de nuestros genes. De ahí que un acto de infidelidad sexual de la mujer pueda terminar contigo manteniendo (o peor aún… heredando tu fortuna) a un hijo bastardo que no comparte tu código genético.

A grandes rasgos, esta realidad histórica demuestra porque los hombres hemos evolucionado para sentir muchos más celos si una mujer nos ha “traicionado” sexualmente, y tendemos a sentir menos daños si trata de una infidelidad emocional (esto no significa que seamos inmunes al dolor, así que no se intenten pasar de listas).


Ahora las mujeres… En su caso, la evolución ha tomado un camino distinto al de los hombres. Las mujeres siempre han podido asegurar que el hijo que nacerá les pertenece (las razones son obvias), y por lo tanto, la evolución genética se ha enfocado en asegurar la manutención y la seguridad de ellas y de sus hijos.

En este contexto, una infidelidad emocional puede ser mucho más severa, pues las consecuencias de dejar que otra perra maldita seduzca a tu hombre podrían significar el final de esa seguridad física o material brindada por él.

Ahora bien, ¡tranquilos todos! Estoy seguro de que muchos de ustedes levantarán la voz en protesta, indicando que los hombres ahora cuentan con pruebas de paternidad que resuelven el problema genético; y que las mujeres son independientes y no dependen de un hombre para salir adelante o cuidar de sus hijos. No me queda duda de que ambas cosas sean verdad.

Pero aquí no estoy hablando de racionalizar los celos con nuestra mentalidad del siglo XXI. Porque aunque los roles sociales hayan cambiado, y aún cuando la tecnología nos permita revisar los genes para asegurar la paternidad, nuestro cuerpo (y principalmente nuestro cerebro) siguen cargando con los mismos traumas que la evolución instaló hace millones de años. Un par de décadas no significan nada para el inmenso proceso evolutivo, eso se los aseguro.

Por lo tanto, si buscamos la respuesta al dilema de la “infidelidad lésbica”, podemos ver que para la mente primitiva de un hombre, resulta obvio que al tratarse de una relación sexual con otra mujer, ésta no simboliza ningún peligro para la transmisión de los genes, y por lo tanto, un macho puede lidiar de manera sencilla con la situación.

Así que la próxima vez que sientan celos, no se vayan a traumar. Recuerden que están luchando contra una programación que lleva millones de años desarrollándose. Aunque si de plano su pareja es tan patán que decide ligarse a alguien más, pues entonces basta con mandarlos a la chingada, o como bien diría la encantadora Raffaella Carrà: “Búscate otro más bueno, vuélvete a enamorar”.

¡Faltaba más!


Este texto se publicó originalmente en Púrpura.

Simpatía por el Diablo

Existe un gran problema con el recuerdo colectivo. Porque olvidar la historia se ha convertido en la manera más sencilla para evitar los temas que más nos duelen como sociedad.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Al momento de repasar nuestras vidas, seguro hemos entrado a un mundo dantesco de donde surgen recuerdos que mejor deberían ser incinerados en el horno del olvido. En mi adolescencia, hay tantas noches de rocanrol, psicodelia y otros excesos suficientes para llenar una larga lista de infamias que, de ser públicas, seguro mancharían mi apellido para la posteridad.

Retomo el porte y me percato que sólo a partir del análisis crudo de mi pasado es posible encontrar las enseñanzas a las que se refieren los hombres ilustres. Sin historia no hay aprendizaje, y sin aprendizaje ningún tipo de sabiduría o progreso.

Esta misma filosofía debería extenderse a sociedades y a países enteros. Aunque por extrañas razones, encontramos en cambio a un mundo que no sólo evita recordar, sino que se esfuerza por ocultar o maquillar su pasado.

Primer ejemplo: a finales de julio pasado, el tabloide británico The Sun develó un video donde aparece la reina Isabel II y su familia practicando el infame saludo Nazi usado para glorificar a Hitler. La realeza británica no tardó en protestar, abogando que el video data de 1933, cuando la reina tenía apenas 7 años: la chamaca no podía saber lo que hacía. Pero más allá del morbo, lo que este video muestra es a una monarquía británica en buenas relaciones con el nazismo, y nos remite a un momento donde parte de la sociedad inglesa consideraba a las políticas de Hitler como el camino para crear un mejor futuro.


En México, es trillado decir que vivimos en una nación habitada por fantasmas de héroes y villanos: los primeros tallados en bronce y los segundos condenados a la ignominia eterna. Hace apenas un mes, el periodista Sergio Sarmiento criticaba el rechazo generalizado que aún existe hacia Agustín de Iturbide. A dos siglos de distancia, nos sigue causando angustia reconocer a este criollo con pretensiones napoleónicas como nuestro verdadero “padre de la patria”.

El problema es que olvidar la historia se ha convertido en la manera más sencilla para evitar los temas que más nos duelen como sociedad. Y esto no es exclusivo de México, pasa lo mismo con Alemania (el nazismo), Estados Unidos (la esclavitud) y España (el franquismo). 

El escritor Javier Cercas se aventura a una explicación, indicando que cuando el pasado no nos gusta, tendemos a esconderlo o ignorarlo, ya que en realidad la verdad no nos gusta: como sociedad preferimos las mentiras. Sin embargo, agrega el autor español que nuestra ceguera por el pasado “nos deja inermes y del todo vulnerables a la fascinación épica y al idealismo sentimental y embustero de los periódicos, así como a los infatigables vendedores de paraísos”.

Porque destruir la historia, por buena o mala que sea, evita que podamos conocer más de nosotros mismos y aprender del pasado colectivo. Debemos aceptar y reconocer incluso nuestros peores momentos, para saber cómo evitarlos en el futuro. No olvidemos tampoco que muchas ideologías que ahora consideramos indefendibles se encuentran aún entre nosotros, esperando una nueva crisis para salir a presumirnos sus nuevas esvásticas.

No por nada en México hay quien pide el regreso de un “hombre fuerte” para restablecer la paz y el orden. Pero por andar buscando al nuevo Benito Juárez, seguro que terminamos con un Santa Anna o un Echeverría. 

¡Lo que nos faltaba!

Esta columna se publicó originalmente en Vértigo.

Apocalipsis Ahora

No hay duda que uno de los aspectos más extraños de nuestra especie -aparentemente racional- es la fijación y el fetichismo que tenemos con la idea del fin del mundo.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

Uno de los aspectos más extraños de nuestra especie –aparentemente racional-, es la fijación y el fetichismo que tenemos con la idea del fin del mundo. 

Reconozco que durante siglos, cuando la sociedad aún era supersticiosa y preIlustrada, la noción del fin del mundo pudo estar muy en boga. Imagine por un momento que es usted un campesino en la Europa medieval. Sin el mínimo conocimiento científico de la naturaleza, ¿cómo explicar la peste bubónica, los cometas, los eclipses o una inundación masiva?: todo era señal del fin de los tiempos.

Hoy es fácil reírse de esas cosas y calificarlas de idiotas. Porque claro, ahora vivimos en una civilización avanzada: tenemos Internet, la pastilla anticonceptiva, alfabetismo generalizado; hemos erradicado enfermedades, e incluso observado los rincones más lejanos del Cosmos. Sería impensable que creamos todavía en tonterías similares a las del Medievo.

Tristemente, en pleno siglo XXI seguimos aceptando sin chistar las ideas más absurdas y descabelladas. Y si a estos disparates los condimentamos con el prospecto del fin del mundo, entonces estamos de frente a un gigantesco bestseller, con amplias posibilidades de terminar como multimillonaria producción de Michael Bay.

Ejemplos de nuestras manías colectivas abundan: desde la secta Davidiana en Waco, Texas; la religión-ovni de Heaven’s Gate en California; hasta el terror del año 2000, cuando todos esperamos como tontos el inminente colapso de las computadoras. El caso más reciente de estos atropellos a la razón fue en el 2012, cuando el mundo entero se cautivó por la inevitable destrucción del planeta, ya que así lo habían predicho (ni más ni menos) que los mayas. ¡Hágame usted el recabrón favor!


Esto nos obliga a preguntar de dónde surge nuestra fascinación por ideas apocalípticas; y para responder esto, yo apuntaría al sospechoso habitual de muchas ideas extrañas que aún perduran: las religiones organizadas. Porque desde el Zoroastrismo en Persia hasta las corrientes judeo-cristianas ahora globalizadas, la mayoría de las religiones han tenido una fascinación por el fin de los tiempos; por llegar a esa culminación cósmica donde la luz destruye a la oscuridad; donde la cizaña es lanzada al fuego; donde los elegidos son salvados por un Mesías que regresa a impartir justicia divina. Las variaciones dependen de la sucursal religiosa más cercana.

Si dudan de esta hipótesis, basta mencionar que en el 2013 el Pew Research Center reveló que el 43% de los estadounidenses creían que el mismísimo Jesucristo regresará a la Tierra antes del año 2050, lo que significa la llegada del Juicio Final. ¿Así o más claro, señores?

Ahora bien, yo seré el primero en defender que una sociedad libre, todos tenemos el derecho de creer y pensar lo que nos venga en gana. Pero mientras nos entretenemos con las profecías de Nostradamus o la Virgen de Fátima, nuestro planeta enfrenta verdaderos problemas que podrían convertirse en catástrofe: proliferación nuclear, terrorismo, la destrucción del medio ambiente, el cambio climático, y muchos etcéteras.

Si queremos seguir creyendo ideas absurdas, estoy seguro que nuestro Apocalipsis no llegará en la forma de cataclismo cósmico: será una consecuencia inevitable de nuestra propia estupidez.

Una versión de este texto apareció originalmente en Vértigo.

Breve tratado sobre la menstruación

El rechazo social hacia la menstruación no responde a ningún tipo de lógica, sino a un sistema ideológico apoyado en la opresión masculina y en la estructura patriarcal sobre la cual se funda nuestra sociedad.


Texto por: Juan Pablo Delgado Cantú

¿Cómo hablar de la menstruación sin caer en la ignominia pública? Esa es la pregunta que me ha perseguido en los últimos días, sabiendo que al escribir sobre el tema posiblemente me desplome en los desfiladeros de la ignorancia o la miopía masculina. 

Aún así, la pregunta es relevante: ¿Qué carajos hago escribiendo sobre menstruación, si éste es un tema (aparentemente) exclusivo de los círculos femeninos? 

La realidad es que hablar de la menstruación presenta interesantes aristas que impactan a todo el mundo, y no sólo a la mitad de la población. Y aunque pueda decirse que este tema ni me afecta personalmente ni me incumbe íntimamente, ¡pues me vale! Aún así considero importante hablar de esto.

Porque no estamos hablamos de algo marginal: la menstruación es algo experimentado por todas las mujeres durante gran parte de su vida. Y aún siendo un suceso tan cotidiano, la simple mención de la palabra “menstruación” (o la descripción gráfica de sus síntomas) sigue envuelta en un velo de misticismo. O bueno, si vives en algún país islámico o en alguna sociedad retrógrada, será entonces un tema tratado con absoluto repudio y asco.

La cuestión es la siguiente: ¿cómo es posible que una condición que se manifiesta en la mitad de la población siga siendo tabú en todo el mundo? Me aventuro a una respuesta: es porque la menstruación sólo afecta a las mujeres. Si fuera una condición masculina, seguro existirían distintos parámetros para tratar el tema.

Éste es precisamente el argumento que propone Gloria Steinem en su célebre artículo If Men Could Menstruate; escrito hace 40 años pero igual de relevante como si lo hubiera escrito ayer. 

Steinman nos invita a imaginar un mundo donde mágicamente las mujeres dejaran de menstruar, y fueran los hombres quienes tuvieran que experimentar este sangrado mensual. 

Sus conclusiones merecen ser presentadas a detalle:

Si los hombres menstruaran, dice ella, la menstruación se convertiría en una condición envidiable: sería un evento para presumir con amigos en la cantina o alardear con colegas en la oficina. Se harían fiestas de “primera menstruación” con la familia, anunciando que por fin un joven se convierte en hombre y entra a su adultez. 

Los militares y conservadores citarían a la menstruación como requisito para servir a Dios y a su país en una guerra (“hay que dar sangre para poder quitar sangre”). Los cristianos y otros fundamentalistas religiosos harían sus analogías metafísicas (“Similar a los hombres, Jesús dio su sangre por nuestros pecados”); y algunos sectores de la sociedad catalogarían a las mujeres como “sucias” por no tener la capacidad de purgar sus impurezas cada mes.

Los hombres presumirían que el sexo es más placentero en ese periodo del mes; los intelectuales argumentarían que sin la capacidad para medir biológicamente los ciclos de la luna, una mujer jamás podría dominar materias que exigen la comprensión del tiempo, el espacio y las matemáticas. Las mujeres estarían por siempre desconectadas de los ritmos cíclicos del universo.

Por su parte, las escuelas de medicinas limitarían el acceso a las mujeres, ya que “podrían desmayarse ante la presencia de sangre”. Y a las lesbianas se les acusaría de tener un repudio por este líquido y que probablemente lo único que necesiten sea estar con un hombre que menstrúe bien, para así rectificar su sexualidad.

Finalmente, la menopausia sería celebrada como el término de una serie de ciclos de aprendizaje en la existencia de un hombre, que finalmente llegan a su final tras una larga vida.


El mensaje de Gloria Steinem es clarísimo: el rechazo social hacia la menstruación no responden a ningún tipo de lógica, sino a un sistema ideológico apoyado en la opresión masculina y en la estructura patriarcal sobre la cual se funda nuestra sociedad. 

De esta ideología de dominación surgen los discursos que nos rigen. Muy similar a la creencia de que una piel blanca es superior a otras, (cuando lo único que causa es que seas más susceptible a los rayos ultravioleta del sol), de ese mismo discurso opresivo surge el rechazo a la menstruación. Insisto… a esto no hay buscarle lógica.

Una solución a este embrollo podría ser la siguiente: si la menstruación se presenta como un problema en la vida de millones mujeres, basta con utilizar un dispositivo intrauterino (DIU) para olvidarse –prácticamente- de la menstruación por años. Porque de acuerdo con el consenso médico contemporáneo, el uso de un DIU podría evitar la menstruación por completo, tomando en cuenta que realmente no existe razón médica para que las mujeres tengan que menstruar cada mes. 

Por lo tanto, la simple manipulación del sistema reproductivo con un pequeño aparato en forma de “T” no sólo protege contra embarazos por más de 10 años, sino que podría evitar la menstruación por completo sin ninguna consecuencia médica; ahorrando así a millones de mujeres tiempo, dinero, dolor y estrés.

Me queda claro que ésta es sólo una solución práctica, y que finalmente no resuelve el problema de fondo. Porque el rechazo hacia la menstruación se mantendría vigente en nuestra sociedad. 

Aunque bueno, es claro que hablar de la menstruación se ha liberalizado en las últimas décadas –y ahora podemos ver anuncios de la nueva Cotex con adolescentes felices, saltando en la cama, ligando en el antro o andando en bicicleta (¿qué no eran días terribles para ustedes?)-. Pero la realidad es que este mensaje sigue sin reflejarse en el discurso público o en las conversaciones cotidianas. 

Para resolver este problema, se requiere comenzar a hablar abiertamente de este tema, con la libertad y normalidad que exige un evento que no sólo es común, sino completamente natural.

Porque seamos realistas, esperar a que la sociedad cambie por sí sola su percepción hacia la menstruación sería como esperar a Godot. Y para que de pronto los hombres comprendan lo normal y natural que es esta condición, tendríamos que vivir en ese mundo distópico donde mágicamente comiencen a menstruar.

Y eso sí, compañeras… ¡Gracias, pero no gracias!

Este artículo se publicó originalmente en Púrpura